En los medios masivos de comunicación mexicanos perdura un clima de libertinaje en el que ya cualquiera tiene el derecho y la libertad de decir lo que sea, en nombre de la libertad de expresión, sin hacerse responsable de lo dicho ni de las consecuencias.
Dos antiguos grupos de poder en "las letras" están cuesta abajo, con ciertos recursos menguados, pero con "genio y figura hasta la sepultura": los de Nexos, alguna vez beneficiados del dinero del seductor de la patria, y los de Letras Libres, crecidos a la sombra de Octavio Paz. Ellos sabrán cuál es hoy su alcance real, y en el pasado, el que tuvieron en gran medida gracias a la televisión (Baste recordar el penoso espectáculo de quien fue conocido entre el alumnado como "Rollando" Cordera, por su peculiar arte de hablar para no decir nada, y casi como a propósito). Hoy, Héctor Aguilar Come in ya no tiene nada del pasado, cuando alguna vez investigó (La frontera nómada) o esbozó literatura considerada como tal (Morir en el Golfo). Se le lenguó la traba (!) y se dedica al lavadero para buscar mostrar en crónicas que el antiguo presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador no sólo no es nada, sino que se inventó en 2006 un fraude porque también se dió cuenta de que el país es una gran corrupción en la que hay que saber hacer buen uso de ella y "perdonar al que se atonta, pero no al que abusa" (o sea que se roba, pero poquito, y nada más para no quedarse atrás). Crónicas de dimes y diretes en medio de la cual se le cobra a López Obrador hasta el último centavo partido por la mitad: se es magnánimo con los cómplices, pero el peor de los mezquinos con quien difiere. Del estilo me dijeron que López Obrador le dijo a Patricia Mercado que no hubo fraude, no queda claro si el dicho fue directo o dicen que le dijeron y no falta el "a mi me lo contaron" porque dicen que ella dice que se lo dijeron porque él dijo, a lo cual Aguilar suma las palabras que dice que le dijo "Chemita" y ahí nos vamos: "dicen". Ni siquiera tomarse el trabajo de rebatir La cocina del diablo, libro documentado de Héctor Díaz Polanco sobre el fraude, o siquiera considerar el papel de Hildebrando o el supuesto algoritmo del tres por ciento.. Tal vez no sea cierto, pero una prueba no es lo que digo que me dijo "Chemita" o que dicen o me dijeron que le dijo López Obrador a Mercado.
En cuanto a los de Krauze, a los que inexplicablemente no persiguió Tatiana Clouthier por la "Operación Berlín", hasta donde la hubo o no (más sencillo irse contra el socio de Giselita), ya es Estados Unidos y el numerito de moda sobre "la captura criminal del Estado", la "gobernanza criminal" y así, para quedar bien, ganar audiencia o creer lograrlo y porque una parte de la sociedad ya no logra hacer la diferencia entre allá y acá.
En medio de lo anterior, algunos se apuntan al chisme -del tipo "Andy" era el candidato- o dan por buenas muy supuestas pruebas estadounidenses contra "narcopolíticos", o sobre "narcocracia". Primero, antes de proseguir: en más de una elección favorable a la derecha y a los intereses estadounidenses, ha quedado la sombra de la duda, como sobre el conteo de votos en el extranjero en las recientes elecciones peruanas o la tinta de las boletas y la militarización en las últimas elecciones ecuatorianas, tratándose en todos los casos de cuasi empates. Sería mejor que la derecha gane sin sombra de duda, que es a final de cuentas lo que seguramente hubo en México en 2006 (de algún lugar salió el "haiga sido como haiga sido").
Lo segundo, por ejemplo en "el programa de Aristegui", es una periodista de investigación que analiza y otra que se lanza ya a fiarse de lo que sea que le cuenten, para lo que es necesario mostrar que el tan legalista Estados Unidos deja de serlo -permitiendo cualquier cosa- cuando se trata de lo que algunos llaman "ligas mayores". A veces ocurren errores, como el del narcotraficante ecuatoriano capturado en España al que desde Estados Unidos se le ofreció rebaja de la pena a cambio de fabricarle algo a Rafael Correa, resultando sorpresivamente que el narco se negó.
La costumbre es antigua, como lo muestra el juicio que se le siguió en Estados Unidos al líder militar panameño Manuel Antonio Noriega. Como en el caso de lo que se avienta Anabel Hernández -mientras otra habla de pruebas inexistentes y simples dichos-, contra Noriega no faltaron testimonios sin pruebas de respaldo, es decir, puros dichos, y hubo agravantes. En efecto, ya que el líder panameño era acusado de vínculos con el cartel de Medellín, más de uno fue usado por el cartel de Cali para inventar y hundir a rivales. Fue tal andanada de testimonios comprados que hasta se habló del "desfile de los fantasmas", como el del narcotraficante Carlos Lehder que jamás vió a ningún Noriega, todo lo dijo "de oídas" y en vez de 135 años de cárcel a la vuelta de los años quedó libre. No faltó el perjurio pese a estar duramente sancionado en Estados Unidos, ni quien se contradijera sin tener por ello problemas, hasta el guardaespaldas Luis del Cid que se inventó maletas llenas de dinero para su jefe por 25 años con tal de salvarse y conseguir libertad condicional de tres años en vez de 70 años de prisión. Una porquería de la que Noriega salió con 40 años de prisión y Estados Unidos con los secretos bien guardados. Como dice sarcásticamente un personaje del filme "El infierno", el presidente quiere hacer del país un lugar de soplones. Era tan burdo cuando el juicio de Noriega que hubo que introducir mecanismos de corroboración.
Los dichos de Anabel Hernández no tienen pruebas "duras", sobre "El Grande", Sergio Villareal Barragán y el supuesto dinero para la campaña de López Obrador en 2006, pero el mismo narco está libre y no se ve por qué cambiaría de decires si con estos logra beneficios y reducir costos, es decir, convertir la mentira en un negocio como cualquier otro. Si la periodista más inteligente del programa dice que se trata de "armas" estadounidenses para intervenir en procesos político-electorales de México, cuando menos hay que cuidarse de la "gente que coopera" inventando como "Maru" (María Eugenia) Campos en Chihuahua contra Andrea Chávez, de la misma manera en que el góber precioso de Sonora, Alfonso Durazo Montaño, ha explicado con suficiencia como ha regresado la tranquilidad a la entidad federativa. ¿Qué pruebas?¿Si es cercana o lo fue de Adán Augusto López Hernández es que llega el crimen organizado de "La Barredora" a los chihuahuenses? No hay ninguna prueba de nada contra Chávez ni el otro candidato de centro-izquierda chihuahuense en Estados Unidos. No es que "dice Maru", o la que algunos llaman "conversación pública"; es que "dice Anabel" que la presidentA Claudia Sheinbaum se mete mota, según "fuentes anónimas" -puro bienestar- o López Obrador se pasaba noches de lo más divertidas "y deliciosas" con "Monsi". La "conversación pública", claro: entiéndase el muy pueblerino chacoteo, el palique, el cotorreo, la cháchara y el hábito añejo en la misma oposición que cree ver hoy en el gobierno un remedo del antiguo régimen: armar el relajo para hacer caer al incauto que se crea que es fiesta entre cuates.
Llegó la "judicialización de la política" en espera de que se sepa discriminar entre algún problema existente y lo que ya es, entre ciertas generaciones, por lo demás dadas a acaparar, incapacidad para aceptar que, como para todos, el tiempo pasa: los últimos tiempos del antiguo régimen y el tiempo de Acción Nacional se perdieron en unas tres décadas al ritmo de la delincuencia -ya preparada un tiempo antes- que hoy se cree estar "revelando" en el oficialismo, y todo por fetichismo del poder propio de personalismos y creencias en incondicionalidades de "grupos". Algunos van a ir saliendo, y pasando de la gloria, ya se sabrá si duradera y merecida o no (éso lo decide el tiempo), a la bajeza o, para decirlo de otro modo, a la pobreza moral, por más que se vista majestuosamente de "democracia" y otras "grandezas". Para darle la apariencia al de abajo, mientas se habrá sido servil con quien espera de México que encuentre cómo atomizarse entre el 2027 y el 2030. Eso no es ningún programa, ni mucho menos constructivo (da click en el botón de producción).