Recientemente, Liu Sivaya y Daniel Estulin, dos analistas rusos (aunque Estulin es nacido en Lituania) se enfrascaron en una acre disputa sobre Rusia. Estulin, quien acusó al presidente ruso, Vladimir Putin, de "traidor", fue acusado a su vez de "traidor" por Sivaya. Lo cierto es que Estulin dice algunas cosas falsas: al conflicto en el Donbás no le faltan sino algunos meses, por la necesidad de hacer caer Sloviansk y Kramatorsk, y Ucrania ya no da gran cosa desde que Rusia decidió atacar toda la logística de aquélla. Lo que sostiene a Ucrania a duras penas son sus fuerzas internas. Rusia ha demostrado su superioridad militar y, si avanza despacio para terminar de hacerse del Donetsk, es porque trata desde un principio de minimizar las bajas civiles.
Uno de los problemas es que la llamada "coalición de voluntarios" planteada por Francia, el Reino Unido y Alemania sigue con la idea de instalar, en caso de cese al fuego, una fuerza multinacional en Ucrania. En lo que tiene razón Estulin es que la Unión Europea (UE), y no es un secreto para la seguridad rusa, se está preparando para una eventual agresión a Rusia, lo que ya incluye misiles de carácter ofensivo. Este riesgo de guerra es un secreto a voces y, aunque Estulin diga que "nadie respeta a Rusia", el asunto es otro: a la UE le urge encontrar alguna salida de la crisis y los globalistas han considerado desde hace rato agredir a Rusia, de distintas formas, para hacerse de sus gigantescos recursos. Esto puede cegar a la UE, dada la superioridad militar rusa, y es poco probable que Rusia no siga trabajando en dicha superioridad. La UE busca una válvula de escape a su propia crisis. Como sea, Rusia ya se ha negado a admitir que, según un viejo guión, le sea plantada en las narices, en Ucrania, una fuerza multinacional, aunque sea dizque "de paz", y puede ser un detonante de riesgo. No es que no se respete a Rusia, sino que algunos líderes de la UE pueden por ceguera y ambición hacer errores de cálculo, si bien todavía hay que esperar lo que resulte de las próximas elecciones francesas, ahora que va de salida el patológico presidente francés Emmanuel Macron.
Por la duración, el conflicto en Ucrania ya tiene a medio mundo cansado, salvo al "presidente" ucraniano, Volodímir Zelenski, al parecer, quien sigue sosteniéndose en neonazis. Estulin no da la cifra verdadera de bajas y no parece probable por ahora que Rusia, encima, se vaya a "desintegrar", que es lo que esperan algunos europeos y estadounidenses desde hace mucho. El problema, cuando se dice que en Rusia ya no se sabe "qué hace Putin", es en parte la carga de la guerra, en parte el resultado de la adopción del capitalismo en su fase actual y en parte la proverbial inercia de la "maldita casta", la de los burócratas que dejan todo en el escritorio y no actúan, por lo que la posición económica de Rusia en algunos aspectos -no todos- es mediocre. La gente de arriba sigue enriqueciéndose a tontas y a locas, no sin escándalos, y hacia abajo no faltan comportamientos egoístas y de "quinta columna", en nombre de la crítica al gobierno (entonces no se ve más que por sí mismo y la famiglia). Estulin sostiene que Rusia es una "potencia en decadencia", y lo dice desde el punto de vista espiritual. Ciertamente, lo que se llama "Occidente" sigue siendo el anhelo de más de un ruso, y Estulin tiene razón aunque, como dice Sivaya, no haya riesgo de desintegración: Rusia no tiene rumbo ni sentido, más allá del reflejo de "gran potencia" en algunos y de defensa del país, algo muy arraigado. Estulin dice que "no hay ideología", pero lo cierto es que no se hace caso del llamado ya de hace algún tiempo de Putin a los valores. Es como en México cuando se habla de "revolución de las conciencias" o de "humanismo mexicano": ni quien se detenga mayormente. Es, en todo caso, la parte de que tomó en cuenta Sivaya: la "Rusia del negocio" y su efecto social corrosivo. La caída de la Unión Soviética no podía no tener efectos de largo plazo. Es en parte indiferencia a todo, al menos lo que no sea "pasotismo" (irla pasando lo mejor que se pueda).
Estulin remite a una Rusia de "mil años de historia", pero no es de interés, porque ni siquiera es cierto. Lo que ha sucedido es que, tan mal que bien y pese a pobres espectáculos como el del Centro Yeltsin en Ekaterimburgo (criticado por el realizador Nikita Mijalkov), no se ha entendido el sentido de las reformas "a lo Stolypin" de Rusia y siguiendo las enseñanzas de más de un antiguo emigrado, como Iván Ilyn. Se trata de crear sentido capitalista, pero se entiende como libertinaje y corrupción, lo que es parte del pasado y del zarismo.
Para entender mejor de qué se trata, recientemente Putin y el ministro de Defensa, Andrei Belousov, dieron cortos discursos ante graduados de la Academia Militar. Putin habló para el exterior, y es su logro desde hace rato, y con la gloria con la que pueda quedar. En cambio, Belousov le dijo a los militares (para que dejen la corrupción, que no falta): "lo que ustedes acaban de conseguir no es un privilegio, sino un deber, el de servir". Todo está dicho: no se trata del privilegio de hacer absolutamente lo que se quiera, hacerse servir y mirar por encima del hombro por "ser alguien", en este caso militar, sino del deber de atender, en este caso, a la seguridad de Rusia y de su gente concreta. Es el sector al que se debiera dar paso, y no al de los "señoritos del capitalismo", que por el menor cargo se "marean" o, como se dice en México, "hasta por subirse en un tabique", porque no existe el sentido capitalista de igualdad ante la ley. La parte de Stolypin (alguna vez ministro del zar) es crear respeto a la propiedad privada y aminorar tradiciones comunitarias mal entendidas (todos al pachangón con vodka a raudales). En rigor, suponiendo que lo que dice Estulin tenga su parte de cierto, no es el respeto internacional lo que falta y los "de la fuerza" (militares), los siloviki, han hecho en parte su trabajo. Los burócratas, chenovniki, van atrasados por una historia "no tan milenaria" de Estado para una "casta" que se siente privilegiada y que desde hace rato lo ve como cosa de no atender y sí en cambio llenarse los bolsillos -de modo además aparatoso- mientras, cosa también usual, el país está en la inercia y aletargado. Y no es cosa de espiritualidad, sino de tomar lo mejor del capitalismo, que no es el financiero y sus lujos. Así se está Rusia con el cambio capitalista mal y a medias (da click en el botón de reproducción).