De modo alegre, simpaticón y fantástico, más de uno se puso a discurrir hace poco sobre "el fin de las elecciones" en Nicaragua, algo de lo que nadie habló, pero que sirvió para volver a la cantaleta sobre "la dictadura" en el país centroamericano y cosas por el estilo, que sirven para dárselas de demócrata-liberal para los amigos, los medios y todos los que sigan dispuestos a seguir sirviendo no al pueblo, del que no se trata, sino a un puñado de privilegiados y a quienes, como la familia Chamorro, se creen los dueños de la casa y pobres víctimas de desalojo por vándalos advenedizos.
De acuerdo con el portal Tortilla con sal, se trató, ante todo, de una adición a la Constitución nicaraguense (artículo 12), que dice: "ninguna ley, reglamento o normativa, emitida por otro Estado, grupo de Estados u organismos internacionales que pongan en riesgo la independencia, la soberanía y la autodeterminación nacional, la seguridad y la paz del pueblo y la nación nicaraguense surtirá efecto jurídico en el territorio nacional". Nótese que no se prohíbe celebrar distintos tipos de acuerdos internacionales, ni la inversión extranjera (no menor en Nicaragua), pero sí los que sean lesivos en los términos descritos, entiéndase los que (seguramente en nombre de "la lucha contra la dictadura", por ejemplo) se propongan desestabilizar Nicaragua, como sucedió de modo no muy espontáneo en 2018. Dicho de otra forma, no hay ley que pueda invocar algún tipo de "extraterritorialidad" para entrometerse en la vida política del país centroamericano. Nótese también que, en esta adición, no hay referencia al sector privado. En suma, ni Estados Unidos ni la OEA (Organización de Estados Americanos), porque tampoco son muchos los aludidos. Cada quien que haga la ley en su casa.
Como seguirán las elecciones, aunque con un año de demora, y con un alcance de hasta siete años en los cargos, no podrán participar partidos políticos constituidos con financiamiento extranjero, ya que no se les reconocerá personería jurídica. 452 opositores políticos no podrán intentar regresar por la puerta trasera (o el patio trasero) si participaron en una intentona de golpe de Estado o en un golpe consumado; ni quienes pidan intervención militar foránea; ni quienes propongan, gestionen o respalden bloqueo económico, comercial o financiero o sanciones contra Nicaragua, sus instituciones y sus ciudadanos". Así hasta noviembre de 2027 en una precaución clara y un mensaje no muy difícil de descifrar. Ni con la fachada de "nombres" del jet set literario como Gioconda Belli o el señor Sergio Ramírez. No, Margarita. No está linda la mar. Ramírez siempre ha tenido un dejo de molicie prepotente, y ya fue vice en los '80. Como sea, bajo disfraz de nada, ni de libertaria "espontaneidad de las masas" o lo que José Joaquín Blanco llamaba "Mme la sociedad civil". Al menos no con las arcas estadounidenses, del tipo conocido "tiro la piedra y escondo la mano". A juzgar por lo que dijo el "co-comandante" Daniel Ortega, hubo información suficiente para "pillar con los dedos en la puerta" a quienes estaban preparándose, seguramente en nombre de la democracia, de "todos los nicaraguenses" y cosas por el estilo, para volver por privilegios sirviéndose de palabrotas sobre el bien y lo malo de "la dictadura". El interés de la medida está en el precedente que sienta: no se puede, en nombre de "todos" o de "la familia nicaraguense", dar por igual a un patriota que a un vendepatrias, no de palabra, sino de garrote, por más suave que hable. Es la línea divisoria que más de un progresismo no ha querido colocar, guardando el "todos" como resabio de una época nacional-popular que ya pasó. Entre "todos" no pueden estar quienes se cuelen a desestabilizar con tal de preservar o recuperar fueros. Sobre todo sin Nicaragua lucha contra la pobreza y hay quienes, por privilegiados que sean, no hicieron nada contra ella, salvo servirse de la ignorancia de la gente y de su proclividad religiosa.
Lo anterior no quita algunas pifias, ni el mal gusto de la "co" Rosario Murillo, ya que las medidas se aprobaron con el poeta Rubén Darío como "héroe nacional", lo que es una regresión -y una filia de la autora de los "chayopalos". Tampoco es especialmente positivo que parte -no lo es todo, en lo absoluto- del cálculo vaya a ser que, con todo y elecciones, el "co" y la "co" se eternicen sin ocuparse del relevo generacional y con los cables cruzados. Ningún "gustazo". Ni es posible saber si hay quien se aguante los lances líricos de la "co" con su "príncipe e infinito Rubén", etcétera. Entre lo trémulo y lo sublime, si va a ser "revolucionario y evolucionario", que así sea, y no para que se queden dormidos los asistentes que prefieren la paz al "bien" estilo Rubio, y tal vez también al etílico "héroe nacional". Sea por Dios (da click en el botón de reproducción).