Hasta los años '70, parte al menos de la medicina mexicana pública tenía buena reputación, en campos como por ejemplo la cardiología o la neurología. No es un secreto que, a partir de los '80, más de un médico se puso a lo que se conoce coloquialmente en México como "dobletear", dado el relativo estancamiento del sector público y, consolidada después, la apertura de oportunidades en el sector privado, a la larga bastante concentrado y con algunas cosas sorprendentes, como abrir cafeterías, restaurantes, hoteles y hasta bares dentro o muy cerca de un hospital. Después de todo, era costumbre de señoras y comadres hacer visitas al hospital. Para socializar. Con los cambios, en los hospitales públicos se hizo frecuente el ambulantaje alrededor como otra forma de sacar ventaja de la desgracia ajena (ah sí, el Sur global), o incluso la extorsión ("viene viene") para encontrar cerca del tal hospital un lugar de estacionamiento. Parásitos acomodados y parásitos pobres (sí, el Sur global y sus dependientes).
Salvo excepciones reservadas con frecuencia para "recomendados", el sector público terminó de perder calidad y se lo dejó al garete, con la salvedad de que, con frecuencia, el sector privado no es garantía de buena medicina, por definición "arte y ciencia": se trató de atender a toda prisa para hacer "rendir" los consultorios (¿rentados al hospital?/, con citas breves, de enriquecerse -codicia- y de perder la capacidad de atención. Permaneció en ambos casos la creencia ("entre médicos y abogados te veas") de que ser médico es, por tener conocimiento y "un lugar", reales o supuestos, licencia para dominar y no admitir ni preguntas serias. Esto es grave en un país donde es costumbre la impunidad y la ley no protege realmente contra negligencias médicas (como el aparato judicial sigue sin proteger contra muchos otros problemas), a pesar de la existencia de una Ley General de Salud. El médico suele ser el caso de enfermo patológico que, en vez de atenerse a la ley, considera que a la suya propia -"yo me rijo por mis propias leyes"- debe atenerse el mundo entero. Sin que importe pasarse por el Arco del Triunfo el juramento hipocrático ("curar sin dañar").
Tan es así que no es propio de simples de espíritu caer en situaciones de iatrogenia. Hay cadenas de hospitales que prácticamente la garantizan porque si no hay negocio, es como si las cosas no estuvieran funcionando. Una persona puede llegar con la Dra. JULISSA MARTÍNEZ MONTER con una angina de pecho y ser diagnosticada con un infarto y una arritmia suficientes para hospitalizar y proceder al protocolo y la "medicina de evidencias" -lo que diga una máquina- sin individualización, y todo con el trato desenvuelto del mundo de los negocios: alguien que no necesita sino un medicamento de precaución puede ser recetado por MARTÍNEZ MONTER -que además recomienda lo que de su propia boca son "laboratorios de unos narcos"- con 9 medicamentos, uno de ellos muy riesgoso: el arte y la ciencia está en pasarse algunos meses en cama por cuenta propia y ayuda de médicos no negociantes tratando de sacudirse el bombardeo. Desde que se inventó el trabajo en equipo, hay hospitales repletos de pasantes que no se hacen responsables de nada. El menor síntoma no se indaga, sino que se registra para lanzar un medicamento más. Con una angina de pecho, se puede lograr, además de supuestos infartos y arritmias, problemas del hígado y los pulmones y, además, tiroideos. No tiene mayor secreto: si alguien no tiene nada, o casi nada, es un paciente menos para el hospital, el consultorio, los laboratorios y farmacias y farmacéuticas que hacen su agosto, por lo que una enfermedad, así sea de fantasía, "detona" actividades que representan una "derrama". Aunque económicamente explicable, como el PIB (producto interno bruto), es el parásito que empieza a carcomer al huésped.
Y por accidente se descubre un problema real (por ejemplo, un aneurisma). Después de negarse a escuchar un problema de iatrogenia y sin atención, pero sí por protocolo, por ejemplo un cardiólogo intervencionista, pongamos por caso el Dr. FROYLÁN PORTILLO (ESTEBAN FROYLÁN PORTILLO URBINA), se precipita no al proceso de rutina, que incluye remitir a un angiólogo y a vigilancia, sino a encontrar en el protocolo el pretexto o "evidencia" para operar, sin ponderar nada, ni tomar en cuenta la Ley de Salud: ni el protocolo ni la máquina pueden fallar. Es del tipo de piloto aviador que no sabe operar un avión manualmente si falla la navegación computarizada. "La computadora dijo", y la codicia empuja a precipitarse sin ponderar. Falta el remate: la persona cansada de tanto experimento que se va en otra dirección, la de terapia natural, por ejemplo de CONCHA BEZARES, que trata dolores de espalda pero trabaja "al margen". Abundan los médicos y otras profesiones liberales "al margen": ninguna prueba de nada, con la creencia de que algo así, muy natural, si no cura, al menos no daña. Así que una fuerte presión de masaje y láser en la columna es suficiente para que, por ejemplo, se rompa el aneurisma y un buen día el paciente se vaya al otro mundo por una iatrogenia tras otra. Dinero, atención de pocos minutos sin escucha (salvo para entrar a hacerse masajear), "equipos" sin responsables, trabajos "al margen" ("libres de polvo y paja"), ningún expediente médico, ningún seguimiento individualizado: al hacer dinero se suman empresarios que no capacitan al personal, pese a lo que exige la Ley Federal del Trabajo, y terapias naturales "de entrada por salida". Una vida menos es poca cosa ante el "bienestar para tu familia" logrado a fuerza de hacer dinero y que "rinda", que es donde está la MALA VOLUNTAD: porque medicina es arte y ciencia, no negocio. Lo demás lo pone la ignorancia - la época, aunque está cambiando: MALA VOLUNTAD E IGNORANCIA- del que no ve a ninguna persona, sino a la máquina y el protocolo y todo lo que sea beneficio propio (y nada más). Una vida segada, una forma de homicidio culposo y varias "pequeñas delincuencias" multiplicadas t con coartadas de "evidencias" mal leídas y peor interpretadas. (da click en el botón de reproducción).