Es muy pronto para saber si lo que se diera en llamar "globalización" desde los '90 es algo terminado o no, y si habrá repliegues nacionales fuertes, considerando que el presidente estadounidense, Donald J. Trump, extravió el rumbo.
La "globalización" es internacionalización del capital, sobre todo, y con acento financiero y de cambio tecnológico. Algunas cosas ya estaban latentes desde los años '80, como podía verse en la universidad pública en la tendencia a viajar, y bastante, entre los académicos, y al poco rato a colocar a sus vástagos en el exterior y en ámbitos "culturales"/artísticos. La nación se desdibujó en parte de la sociedad, lo que en el caso de México y su capital ya era notorio en los '80, y al rato también el Estado y el sentido de lo público, hoy muy mermado. Hay algunas generaciones en México, por ejemplo, que están desconectadas de la realidad nacional, salvo por algunos lazos familiares, y son pocos los hijos de universitarios que optaron por quedarse, pese a las dificultades existentes y la falta de oportunidades en muchos aspectos.
El fenómeno ocurrió no solo en México, sino que se dió a su manera en lo que fuera la Unión Soviética (recuérdese que el ascenso del líder Mijaíl Gorbachov es de mediados de los '80, aunque muy a la mexicana podría decirse que ni tuvo tiempo de montar en su caballo, cuando pistola en mano se le echaron de a montón y a la vuelta de muy pocos años todo se derrumbó). Al rato, lo que vale también para el actual presidente ruso, Vladimir Putin, Rusia -y no sólo ella en la ex Unión Soviética- también se entusiasmó con reforzar vínculos con el exterior, "apostándole" a la Unión Europea (UE), y con una oligarquía, nacida del saqueo del erario, a la que hasta hoy -y en esto tiene razón el analista Daniel Estulin- le cuesta creer primero en Rusia antes que en una supuesta "abundancia" de una parte de Europa Occidental, Estados Unidos y lugares como Canadá y Australia, antes de que, encima, después de la súper limpia Singapur, se pusiera de moda Dubái. Para algunos, España se puso de moda y Alemania no perdió del todo interés. Pese a conocidas barreras, desde los '80, sino un poco antes, no faltó quien quisiera irse a alguna parte de Escandinavia, igual de limpiecito, ordenado y aséptico (no: no se trata del vídeo que tiene el Cochiloco de una sueca con un burro). Antes a veces que Suecia, se pusieron un poco de moda Noruega y Dinamarca. Y hasta alguno de Panamá creyó que el mundo le alcanzaba para sentirse maorí o koala en Nueva Zelandia. En realidad, no todo tan nuevo: algunos países "semi-vacíos", como Canadá y Australia, ya tenían cierto hábito de hacerse de inmigrantes de no muy buen ver, digamos colaboradores de los nazis, por ejemplo, y ya había tradición -hitleriana, para más señas- de migración en masa de ucranianas a trabajar en Alemania. Ucranianas, no rusas. Alguien dijo que el "sálvese quien pueda" (agregando el "sí, pero yo primero") empezó en los '80 con los ajustes estructurales en el otrora Tercer Mundo, a lo que uno más agregó: "las ratas huyen del barco", porque para los '80 ya era el síndrome TINA (There is no alternative).
Los años previos a los '80 y de Leónid Brezhnev se conocían como los del "estancamiento" en la Unión Soviética, donde el ideal de la vida en la "abundancia" y el entretenimiento ya estaba en el mercado negro y en la tendencia a la corrupción de algunos burócratas que ya paseaban en yates frente a Leningrado o seguían el poco edificante tren de vida corrupto de Galina Brezhneva: lujos, contrabando de diamantes y divisas, matrimonios con militares (como Yuri Churbánov) que eran dados a aceptar sobornos y toda una escuela de verdadera delincuencia, no de desayunos a lo Monreal, Mario Delgado o Andy en el extranjero. No: no solo era a lo grande, sino que con enorme entretenimiento. Pero había más cosas: la televisión, en particular, para contrastar el estancamiento con "lo bien que se vive" en el capitalismo. Así que de lo primero que promovió la apertura en una revista de los '80 fue irse a broncear en playas del Adriático, como lo sugería la revista Sputnik.
Ya con el fin de la Unión Soviética y la aparición de Internet, se promovió buscarse "chicas del Este", un poco como lo que se había buscado con la apertura y el fin del bloque soviético europeo: algo (igual que la mano de obra) en el mercado a la vez relativamente barato y al mismo tiempo educado (bien cualificado). En Ucrania, el negocio viró a otra cosa, con charters para "papás de azúcar" (sugar daddies) y el desliz hacia asuntos peores, como la trata (con involucramiento turco), y mujeres temerarias hasta para aprovechar la prostitución masculina turca. Desde otros lugares, como México y otros países latinoamericanos, no hubo tal viraje mafioso, y menos con rusas (pese a la llegada a América Latina de las mafias rumana y albanesa, pasada ya la rusa). Sin embargo, en una parte de estas generaciones quedó el negocio apenas disimulado, aunque no siempre, y algo que hace pensar que algunas generaciones rusas se echaron en parte a perder, "entrando al mercado": Internet es un lugar donde no faltan damitas chejovianas y temerarias con un agudo sentido del interés mal entendido y pésimo. En nombre de "las rusas", suele ser, además de una tendencia a denigrar lo propio, otra a tener exigencias y caprichos sin fin, como suele ocurrir en el resto del mundo entre quienes crecieron con el consumo, la finanza y el anhelo de salir de "es que éramos muy pobres", sin que se hable de miseria. Ucrania ya está empeñada. Pero a Estulin no le falta una parte de razón: en algunas generaciones, Rusia no tiene nada "civilizatorio" que proponer, y más bien es igual de "neoliberal" que otros, con encima la temeridad. "Las rusas" no es más que una marca, como "el latino"., y con gente lo suficientemente extraiada -aún creyéndose astuta- para salir a hablar no de persona alguna, sino "del producto". Como en otras latitudes, hay excepciones y cambios que llaman la atención en las generaciones más jóvenes, porque se trata en el capitalismo de algo -como todo-contradictorio.
Como parte del acto de marketing, ya no es muy cierto el "todos los hombres son borrachines", ni "todas las rusas son unas muñecas" (también las hay para reality show), ni siquiera "hay mucho más mujeres que hombres", lo que ya no es verdadero entre los menores de 30 años (hay más hombres que mujeres). Si una parte de los hombres rusos se pone exigente en materia estética, suele ser porque el grado de imitación de los países centrales no es menor y hay influencia del estilo oligárquico. Hay algo más: no el "autoritarismo" en general, sino una historia hasta hoy marcada por la influencia militar frente a un exterior amenazante, y que hace un gran daño al impedir la evolución en paz del interior ruso. Como lo señalara una televisora francesa independiente, lo que hay en países centrales ya no es ni siquiera RUSOFOBIA: es RUSOPATÍA. Es lo característico de algunas generaciones -y también hay "quinta columna" en Rusia- y de la contraparte, la "marca femenina Rusia" que es la misma que, fuera de la marca misma, estereotipada, ya no tiene en realidad sentido de nación. Es simplemente la presentación propia del producto en la feria del cosmopolitismo. Es algo que se fue creando desde los '80, y es muy pronto para dilucidar el futuro de la tendencia, como saber si Putin -que hacia el interior no da mucho- conquistará para su país lo que le permitiría una evolución más igualitaria, la paz, para no sacrificar la evolución interna latente a la necesidad (por ahora existente) de evitar una agresión mayúscula. Esto se plantea en términos de nación y Estado, frente a una horda cosmopolita que ya perdió noción de ambas cosas y no tiene más creencia que la de una "zona de confort" para sí indiferente a lo que no sea una vida de pasota. Aspiración de más de alguna rusa extraviada, por extraviada y no por rusa, ya que es ideal de quienes desde los '80 y sobre trasfondo de boomers optaron por trepar e instalarse para "gozarla". Como Galina Brezhneva. (da click en el botón de reproducción).