Ir al psicólogo es algo bastante estadounidense, junto al aprendizaje de cómo hacer negocios, todo lo que satura las librerías mexicanas, junto a unas pocas de carácter religioso. Desde hace décadas, tener un psicólogo es para las clases medias signo de distinción. Gracias a la progresiva difusión también de programas de radio, la psicología llega a distintos sectores sociales. Desde hace tiempo, para la gente de dinero es no ocuparse afectivamente de los vástagos si tienen algún problema, sino darse el lujo de remitirlos a un supuesto especialista. Parte del problema es que lo enumerado remplaza la educación ética y cívica. La psicología ya está incorporada a empresas y a universidades, en gran parte progresivamente desde los '80. Por su parte, el psicoanálisis es para círculos sociales algo distintos y no está reconocido académicamente, salvo excepciones. Aunque de pretensiones de mayor profundidad, el psicoanálisis tiene en común con la psicología un movimiento de captación ideológica bajo la apariencia de libertad (como la religión en el confesionario). Afortunadamente, a través de redes sociales han surgido alternativas.
Que la psicología y el psicoanálisis sirven de ideología se nota en la vulgarización y manipulación de ambas y el vaciamiento de antiguos contenidos humanistas, como los de Frankl o de Fromm, contra la alienación y por la búsqueda de sentido. El de criterio propio es declarado con cierta facilidad "loco"; la contradicción, tomada por "esquizofrenia"; la falta de una buena nalgada, por los "derechos superiores de la niñez", por "hiperactividad"; el descubierto como ágil convenenciero se protege o es protegido como "bipolar"; el de temperamento colérico está para "Doctor Jekyll y Mr. Hyde" y el que grita es "un neurótico"; el que persevera es "obsesivo" y así todo un repertorio para catalogar y, si es el caso, descalificar. El presidente estadounidense, Donald J. Trump, "está loquito". O el mundo es para algunos un asilo, o se trata de dos cosas: de "meter en cintura" formateando. El que no encaja en "el formato" -toda una lista moldeada de "estados" positivos, optimistas y de bienestar o incluso nirvánicos, en lo cool y lo light -"llévatela relajada"- queda etiquetado.
Aunque hay excepciones, psicólogos y psicoanalistas no son charlatanes, sino especialistas en manipular para formatear, lo que se llama ser "funcional", como una pieza de algo "funciona" o no, así de mecánico. Mejor dejarlo en sacerdotes de hoy que en mecánicos de la subjetividad para hacerla arrancar. Dentro del psicoanálisis, los más fantásticos cobran "las perlas de la virgen" por decir "esto es muy importante" al cabo de quince minutos o por suspender la sesión a los cinco por algún problema entre el inconsciente y el lenguaje del paciente, sirviéndose del psicoanalista francés Jacques Lacan. Los que hurgan en la obra de Sigmund Freud son, efectivamente, los "maestros de la sospecha", como habría dicho Paul Ricoeur: lo ideal para que quien se cree imbuido de algún poder se de licencia de proyectar cualquier cosa sobre papá y mamá, al margen de los hechos de historias reales, con tal de meter "en el molde". El inconsciente da para encontrarle cualquier cosa, y para que se le proyecte cualquier problema, así sea ajeno y no el propio. En algunas sociedades, psicólogos y psicoanalistas pasan por gente peligrosa y que extorsiona porque también es buen negocio. Lo mejor de ciertos trasfondos en psicología es "no es el mundo el que nos afecta, sino cómo lo interpretamos". A quien lo atropelle un coche, que se de por enterado e interprete. Cualquiera puede ser fakir y no sentir el dolor gracias al "poder de la mente". Cualquiera puede dar un salto cuántico y crear su propia realidad; en suma, el anzuelo publicitario: con ciertos libros o ciertas terapias, cualquiera puede, si no busca hacerse monje y vender su Ferrari, seguir el último de sus deseos -aunque nunca se trate de sublimar- y hacer realidad, de la cama para afuera, cualquier fantasía. Ni al caso hablar de lo que es "ser interpelado" por la ideología o, si se prefiere, por quien hace su agosto vendiendo creencias. Cada uno lo suyo: como el gran especialista en "medicina psicosomática" que interpreta todo efecto secundario como "somatización". No faltará quien agregue: "es muy importante", o quien pregunte "¿es papá?", o quien crea que trata con Uri Geller (el que doblaba cucharas con solo verlas) al decirle a un internado: "es que usted destruye las medicinas con su mente", por lo que el Tofranil lo dan escondido en el pollo de la cena. Todo con un sentido agudo de la dominación o, como escribiera el colombiano William Ospina, de "rugirle a la víctima" antes que reconocer un error o hacerse una pregunta.
La psiquiatría no está mejor. Ahí anda el que diagnostica: "lo que usted tiene da para todo" (tráguese todas las pastillas de la farmacia, seguramente), o "lo que usted tiene es más extraño que un perro verde" (diagnóstico a la mexicana para no mover un dedo). Claro, el que no sale de la "zona de confort" es...el paciente. Infalible: no existen los errores en psiquiatría, sólo los pacientes "idiosincráticos", y el amigo que abunda en que "cada organismo reacciona diferente", en cuyo caso no se entiende por qué no se fabrica una medicina por cada organismo (como el que hace negocio y, sin la menor idea, cree que entre un medicamento de patente y uno genérico no interviene nada de calidad-precio, aunque los precios sean distintos: es "como le cae a cada uno", porque el medicamento es como la gente, o sea que le "cae bien" o nomás "le cae mal"). El deseo -de ser intocable y quedar impune- proyectado como fantasía sobre el paciente "idiosincrático". Desde luego, el ego inflado: y la misión cumplida si el paciente es "resiliente" y sale con el ego redoblado. La "norma", debe ser una señora: hace rato que el psicoanalista ha dejado su obligación de psicoanalizarse a su vez (por precaución) y que el psiquiatra ha dejado de consultar bien qué receta. "Usted sabe, es una ciencia experimental". Nada mejor que ser objeto de experimentos con diagnósticos del tipo "lo que usted tiene da para todo" o "tiene algo más raro que un perro verde". Sin contar con el que cree que administra dulces: "usted, estoy seguro, no tiene nada. Quítese todo lo que toma". ¿Ah, tiene doctorado? Entonces debe ser emocional, lo que en ciertas sociedades se entiende -otra vez- como "lo suyo es mental", o "anímico", después de jugar a no distinguir siquiera mente de cerebro y no haber salido de la dualidad cuerpo-alma. Su problema es "del alma", que no funciona en relación con los neurotransmisores, sino con papá, mamá y sus amiguitos y su novia y jugamos a que le aventaba arenita en la playa y por qué mejor no se toma unas vacaciones y ya no trabaje tanto. Todo sin exámenes, diagnósticos precisos (¿con el alma?), ni recibos, ni pago de impuestos, ni sobre todo ningún familiar como testigo. Y ahí nos vamos, como dice la canción. Cosa de "echarle ganas". Y de desacatar por completo -vaya a acupuntura y tómese un té de tila- o de encomendarse a un médico como si fuera Dios ("sálveme, doctor"). De lo que se trata, desde luego, es de peregrinar por este mundo hasta que a alguien se le ocurra que lo que tiene es una profesión, no el poder ni deseos y fantasías ("porque yo me lo merezco"), claro, porque me costó este consultorio. En fin: la vida sigue igual, salvo que entre las nuevas generaciones hay cambios y "moditos" que por suerte van aminorando. Menos presuponen que el de enfrente tiene un ego del tamaño del propio. Si no era para tanto. Ni al tratar de ayudar para la mejora propia se trata de disminuir el ego de nadie ni de buscar llamar la atención. ¿De qué vivir? de inflar egos, formatear a todos -los que se dejen- y experimentar con ratones (da click en el botón de reproducción)