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viernes, 15 de febrero de 2013

MAÑANA

La cultura es para mañana.
    Al gringo no le interesa. El quiere divertirse. Vende espectáculo o incluso circo, pero el criollo se compra basura de marca creyendo que es cultura y de altura. No lo es.
     Al intelectual tampoco le interesa. Quiere prestigio y cree que cultura es el nombre del ornamento con el cual se adorna. ¿Ya viste mi cultura?
     Si no hay "factor subjetivo" para cambios radicales (es decir, de raíz), es en la medida en que son décadas de desprecio por la cultura. Al revolucionario no le interesa: él está en "la grande" y la cultura es para después, cuando la abundancia permita las pequeñas cosas. Entretanto, lo que cuenta es "movilizar a las masas", denunciar o sermonear, y meterse a la Historia con mayúscula - todos, es decir, "moi et mes amis". La cultura es como la academia: cosa de "pequebús" aburridos, el tedio, nada de trascendencia. No es "lo que hay que tener". Es preferible el gag o la boutade, pero de alto impacto.
     Como las revoluciones del siglo XX se hicieron casi todas en el Tercer Mundo (al que nunca perteneció Rusia), la política siempre fue más importante que la cultura. Al grado que Mao le llamó Revolución Cultural a una medida que, además de política, era anticultural. La política es "la grande". La cultura es el lujo del pequebú y su triste cotidianeidad sin masas ni musas (las del intelectual, ese gran chulo de musas). En Cuba se hace poca cultura: los intelectuales suelen hacer una política con citas interminables de Martí, el Che y Fidel, dirigidas al líder y/o a la clientela de fieles y al cargo. Política cultural, hasta el presupuesto, siempre. Cultura política, no. El resultado es la poca o nula cooperación del intelectual cuando se trata de abordar los problemas culturales: que lo haga Raúl, pues el intelectual está en la gran fibra sensible que es la poesía, esa forma trascendente de mirarse el ombligo, o de enseñarlo a la que lo desee.
      Incluso en Rusia, país con muy buena educación (al menos hasta generaciones recientes), con artes y ciencias envidiables, se paga el precio de remplazar cultura por política, lo que fue agitprop. El régimen del actual presidente ruso Putin, aunque positivo, da más de un tumbo cuando de orientarse "culturalmente" se trata: no sabe y va de la idealización de un pésimo Solzhenitsin a la de una religión ortodoxa que no resuelve gran cosa.
      Así que hay de dos sopas: o economía (al estilo estadounidense), o política (al estilo tercermundista, donde la revolución es asunto de "echarle muchas ganas"). Si no hay "factor subjetivo", pero tampoco lo que una derecha todavía sensata llama a veces "valores", es por el más absoluto desprecio por la cultura que es un saber. A la derecha o a la izquierda, la incultura da en "no saber": no saber vivir, ni saber convivir, ni saber gobernar, ni saber formar, ni saber educar. Y no es asunto del número de libros por leer. El presidente estadounidense Barack Obama tal vez pueda citar tres libros que marcaron su vida, pero cultura, no tiene ninguna, aunque hace chistes medio chistosos sobre los perros en casa y los gustos de Michelle.
     Las cosas están en que, sin educación ni cultura, no hay mucho por construir. A lo sumo, con técnica, se puede garantizar que las cosas fluyan. Que circulen. Pero que cambien, no. Suponiendo que se quiera cambiar.
      Está de pensarse...
      Ay no, ahorita no...