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sábado, 6 de julio de 2013

YO APEDREARE EN LAS CALLES NUEVAMENTE...

Di-vi-nos.
La verdad es que nuestros hijos se ven di-vi-nos cuando salen a la calle a protestar.
Ellos, los jóvenes, son también "cosa nuestra".
Nosotros andamos tan bien que no heredamos ni transmitimos nada. Estamos extasiados porque son los jóvenes los que "nos brindan un legado". Los ancianos aprenden de los jóvenes. Aquí, allá y en todas partes.
Ellos son la chispa de la vida. No proponen gran cosa, no se organizan mucho, no tienen idea de casi nada, pero, la verdad, son refrescantes.
Si salen a equivocarse en Túnez o en Egipto (donde, dicho sea de paso, hay más de ricos y clase media que de "pobres" en las manifestaciones), qué alegría: no estamos para analizar nada, ni siquiera las maniobras que se parecen a las hechas en el pasado en Yemen, o la represión en Bahrein.
Si salen a las calles en Francia, y además, los nuestros suelen ser inmigrantes, los haremos "antisistémicos", no importa que destruyan escuelas y hospitales, además de incendiar automóviles.
Si se plantan en Madrí, pues olé. Indignémonos con ellos. Si los que se plantan son mineros de Comisiones Obreras, importa un cacahuate. Ni son jóvenes ni tienen "clase".
Si ocupan Wall Street, mejor. Aunque no tengan nada qué decir de serio.
Si le revientan la campaña a un candidato opositor mexicano, obligado a pronunciarse ante un grupito que no pasa mucho de 132 ni de la high society, es una maravilla. Como dicen nuestras esposas: acuérdate, Pepe, tú también fuiste joven. Que los 132 se desinflen y sean incapaces de articular un discurso, no importa. No estamos aquí para pensar, sino para darnos un baño de pureza.
Si hay cerveza sin alcohol o café sin cafeína, se puede hacer una protesta social sin contenido social. Es requete-top, papi.
Y lo de Brasil ha sido lo mejor. Tampoco es un movimiento popular. Cierto, la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, los está oyendo. Pero que alguno de los graves problemas estructurales de Brasil vaya a ser atacado, no parece, salvo la corrupción en algunos aspectos.
Ellos nos sacan del tedio neoliberal. Lo que cuenta no es político, ni social, ni económico (salvo para una que otra andanada contra banqueros). Es terapeútico. La calle es como Diván el Terrible: está ahí para poder expresarse. Es espontáneo y con derecho a la asociación libre.
Es una catarsis. También lo es cuando otros salen a "mostrarse" en sus preferencias. Que dame una L, que una G, que una B o que una T. ¿Qué diceeee?
A terapia, no a política.