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lunes, 6 de mayo de 2013

OH SWEET HART

Armando Hart, pontífice de la cultura martiana en Cuba, supo, como tantos latinoamericanos, estar a la vanguardia y deshacerse de lo que nunca conoció bien, ni se esforzó por entender, mucho menos de buena fe. Hart escribió alguna vez que "la política de Stalin durante la gestación de la II Guerra Mundial y su pacto con Hitler es uno de los procesos más turbios de su larga carrera".
    Según Hart, Fidel Castro no se cansó de preguntarles a los soviéticos por el Pacto Ribbentrop-Molotov. La versión prosoviética fue sin embargo sencilla: se trató de ganar tiempo ante una inminente agresión.
    El pacto Ribbentrop-Molotov es de agosto de 1939. En 1936, violando los Tratados de Versalles, Hitler procedió a la militarización de Renania. Nadie le dijo nada. Rearmó al ejército alemán también contra la letra de esos tratados. Ni una crítica. El primer ministro británico, Neville Chamberlain, era partidario de la llamada "política de apaciguamiento", que consistía en hacerse de la vista gorda ante los desmanes del nazismo.
     En 1936, varios países europeos optaron por la no-intervención en la guerra civil española. El primer ministro francés León Blum, con Chamberlain, fue uno de los artífices de esta decisión. Sin embargo, Alemania se inmiscuyó en España con la Legión Cóndor, e Italia también se fue a meter. Londres y París no hicieron nada. Moscú sí: ayudó a los republicanos. Lo que recuerda la extrema izquierda y el laborismo a lo Ken Loach no es el orden de los factores, sino el producto que convenga, aunque ese orden deba ser alterado: importa regodearse en el asunto Orlov, el oro de Moscú y la lucha soviética contra el POUM, Partido Obrero de Unificación Marxista.
    Ya encarrerados, Chamberlain y Daladier firmaron en Munich la entrega de los Sudetes checoslovacos a Hitler. Fue en Munich en septiembre de 1938, cerca de un año antes del pacto Ribbentrop-Molotov. La anexión de Austria (el "Anschluss") tuvo lugar en 1938: también era algo contrario a los Tratados de Versalles.
    Así, los hechos prueban que en reiteradas ocasiones Gran Bretaña y Francia se hicieron de la vista gorda (por decir lo menos) ante las agresiones hitlerianas: sucedió desde años antes del pacto germano-soviético. Fidel nunca se apersonó a ninguno de estos países occidentales a reclamarles una política por la cual Hitler pensó que lo podía todo. Los amigos -incluyendo a nuestros adorados socialistas franceses- pueden hacer las cochinadas que quieran; los enemigos, "ésos" no pueden ni tener intereses. Quienes le dieron alas a Hitler no le importaron a Hart, otro enemigo del sovietismo, como tantos en la cúspide cultural del proceso cubano.
    Y la guerra de España...ah, ésa también fue culpa de Stalin, que planchó a Nin. Lo que hagan los nuestros es gratis, sea o no ético. Al enemigo se le cobra hasta el último centavo, puesto que en la izquierda también se hacen negocios -y nadie en este mundo se pone a lo que no sea rentable. Nuestros amigos sí nos rinden; los otros, "ésos" nos salen caros, así que es preferible devaluarlos.