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domingo, 22 de enero de 2017

SONORA PERDIO A MARIO ALMADA

En octubre pasado falleció a una edad avanzada el actor sonorense -nacido en Huatabampo- Mario Almada.
       Hay quien dice que los hermanos Almada explican la decadencia del cine mexicano. Ciertamente, la violencia estaba en los filmes de los Almada y con ella, además, el problema del narco. Es más: pareciera que en una película de los Almada de 90 minutos, por decir algo, 88 eran de violencia, 1 minuto de créditos y 1 minuto para que Mario dijera alguna frase del estilo: - es bueno confiar, pero es mejor desconfiar.
      La reputación llegó hasta chistes como los siguientes, que reprodujo Taringa! en la Web:
      -en el séptimo día, los hermanos Almada mandaron a "descansar" a Dios y tomaron el cargo
      -los Almada no rezan a Dios para ir al cielo. Dios reza para que ellos no vayan.
¿Pura violencia? En las películas que llegaron a ser tomadas por westerns mexicanos ciertamente eran tales lo nutrido y lo duradero de las balaceras que uno podía quedarse dormido a esperar que amainara. Incluso la película "Maverick" llevaba también por título "Lluvia de sangre". Pero en "Maverick" como en otras (pongamos por caso "Cabalgando con la muerte", con la actuación de Blanca Guerra), en realidad las sempiternas balaceras no duraban tanto y Mario Almada tenía algo especial. No era vulgar. No hacía cine de ficheras ni películas cómicas de pésima calidad y peor humor ("La risa en vacaciones", etcétera...). No hacía tampoco miserabilismo para redimir a los pobres y de paso salvar a uno que otro heredero rico. No hacía alardes de mujeriego ni era el actor que acompañara a mujeres de mal gusto ("Juana la cubana", "Lola la trailera", etcétera). Violencia sí la había y mucha en los filmes de los Almada: corrupción no, muchos menos sutilmente exaltada (a modo de invitación), de tal modo que Mario Almada creía en la justicia. Pese a la decadencia en sus películas, Almada era muy sonorense. Digamos que en una hora y media o dos horas de balacera, Mario Almada no perdía el sentido de la justicia (no hacía apología del delito), pero además tampoco perdía la calma ni el estilo, insistamos, para nada vulgar.