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miércoles, 21 de enero de 2026

HAREMOS COCHINERO

 En el Foro Económico Mundial de Davos, después del amado del presidente estadounidense Donald J. Trump sobre Groenlandia, más de uno se ha descubierto una nostalgia por el "orden basado en reglas", a nivel internacional, algo que ya había mencionado hace algún tiempo ya el presidente ruso Vladimir Putin. Otros, como el ex vicepresidente boliviano Álvaro García Linera, se han referido a lo mismo.

        Esta creencia es en parte cierta, a raíz de los más diferentes acuerdos logrados al final de la Segunda Guerra Mundial, y las instituciones que surgieron, desde Naciones Unidas hasta el patrón oro-dólar (el sistema monetario de Bretton Woods) y el FMI (Fondo Monetario Internacional), entre otras formas de regular las relaciones internacionales. La entonces Unión Soviética faltó dos veces a la regla de Naciones Unidas, al intervenir en 1956 en Hungría y en 1968 en Checoslovaquia, si no es que también al actuar con imprudencia durante la crisis cubana de los misiles en 1962. Es posible que fueran más muestras de anquilosamiento e ineptitud que de capacidad ofensiva, salvo en Cuba, ya que Hungría y Checoslovaquia formaban parte del Pacto de Varsovia.}

       Para quienes como García Linera se quejan hasta hoy, durante el "orden basado en reglas" de la segunda posguerra Estados Unidos intervino en reiteradas ocasiones en América Latina: en 1954 en Guatemala, causándole a este país un daño de décadas; en 1961 en Cuba (Bahía de Cochinos/Playa Girón), de la mano de la dictadura nicaraguense de Anastasio Somoza, y en una incursión de mercenarios derrotados en poco tiempo; y, de manera brutal, en 1965 en República Dominicana, con otro daño duradero que desembocó en el autoritarismo de Joaquín María Balaguer. Lo hecho en Cuba en 1961 y en República Dominicana en 1965 fue con presidentes estadounidenses Demócratas (John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson). Recientemente, se ha documentado como actuó Estados Unidos en 1964 en Brasil para derrocar al gobierno de Joao Goulart, que no era radical. Siempre durante el mismo periodo "basado en reglas", Estados Unidos metió sus narices en el conflicto armado interno colombiano y vejó a estudiantes panameños el nueve de enero de 1964 (Día de los Mártires). Salvo en Cuba, en ningún otro lugar se trataba de movimientos radicales. Por lo demás, a Estados Unidos no le hizo problema apoyar a dictaduras como las de los Somoza en Nicaragua, los Duvalier en Haití -que hasta hoy tiene secuelas- y la de Alfredo Stroessner en Paraguay, también con secuelas hasta hoy. La regla, con Republicanos o Demócratas, era que Estados Unidos podía hacer lo que se le viniera en gana en "su" esfera de influencia: no era la Doctrina Monroe, pero sí el panamericanismo. De lo que eran capaces gente como los Duvalier, los Somoza, Balaguer o Stroessner no tiene nada que ver con las muy supuestas "dictaduras" que se atribuyen o a tal o cual, incluyendo Nicaragua y Venezuela, donde más bien fue la derecha proestadounidense la que recurrió al paramilitarismo (como con las "guarimbas"). La regla, a lo sumo, es que en contraparte la Unión Soviética podía entrar a tiros en Hungría y Checoslovaquia, en la "esfera de influencia" propia, por lo establecido en los Acuerdos de Yalta (1945). Esto ocurría pese a que, gracias a Yalta, se había buscado que los conflictos se resolvieran lo más pacíficamente posible a través de Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad.

         Así, sí se ejercía la ley del más fuerte y se violentaban soberanías que, para muchos, fueron difíciles de conquistar. Como parte del derecho a la soberanía y la autodeterminación (que no son exactamente lo mismo), en la segunda posguerra se dió la descolonización en Africa y Asia: baste recordar cómo desde mediados de los '60 entendió Estados Unidos el "orden basado en reglas" en Vietnam, para no hablar del tipo de régimen instalado en Corea del Sur, brutalmente dictatorial, o las narices en gigantescas masacres en Indonesia por Suharto a mediados de los '60. Si acaso, a partir de Yalta, el acuerdo era no escalar al grado de que las dos súperpotencias -Estados Unidos y la Unión Soviética- llegaran a las manos. Era la regla que culminó ya en los '70 con la MAD (Destrucción Mutua Asegurada) y la llamada "distensión". Pero en perspectiva, ese "orden basado en reglas" fue más violento que el mundo actual, y no siempre por la creencia china de la relación entre los más grandes como dispuestos a servirse del Tercer Mundo, al menos no hasta los '70. En el momento actual, los conflictos locales y regionales son mucho más limitados: no hay equivalente de la guerra de Biafra o de crisis como la de Suez en 1956. Al mismo tiempo, el riesgo nuclear es hoy más alto: por por la "amenaza Putin", sino por la amenaza que se llevó a las fronteras rusas.

      Lo que ocurre es que la Tríada (Estados Unidos Unión Europea Japón) sacó del "modito" del presidente estadounidense Ronald Reagan y de la caía del Muro de Berlín y la Unión Soviética la creencia exactamente contraria a lo que van a decir varios líderes europeos en Davós: los conflictos se resuelven por el chantaje, la extorsión y, si hay ocasión, por la fuerza. Se le atribuyen estas características a Trump, descubriendo tal vez el hilo negro, pero las principales potencias europeas no han hecho otra cosa hacia Rusia e incluso cuando menos desde 2014 en Ucrania (otra vez, con Demócratas a la cabeza de Estados Unidos). Ya se ha explicado aquí que lo propio del perverso narcisista es presentarlo todo al revés: es lo que hace la más refinada mala fe del presidente francés Emmanuel Macron al decir en Davos que rechaza la "ley del más fuerte", las "ambiciones imperiales" y el hecho de que el mundo se dirige ahora "sin ley", cuando es lo que hizo Francia con los Acuerdos de Minsk o es lo que hace al desconocer a la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), que prohíbe aumentar la seguridad propia a costa de la ajena. Ya no es la hipocresía burguesa o el tartufismo (el del falso devoto), sino la patología de quien quiere ponerse con otros a ver con Rusia "quién es más fuerte", creyéndola débil o haciéndolo creer para "el público", o hablando de "independencia" cuando se sacrifica a Francia a la UE a ciegas. Ya no es asunto de "reglas del juego", sino la presentación invertida de la creencia omnipotente en un mundo sin límites, pero además con la malicia de colgarse de errores ciertos de Trump para actuar en función de la Europa de la alta finanza. La coartada o licencia sirve en realidad, como lo ha hecho el presidente ucraniano Volodímir Zelenski, para chantajear a Trump y no ocuparse del problema económico del Ártico, sino del militar, como en Ucrania. Por lo demás, quejarse de un "intento por subordinar a Europa", creyendo en lo que no es, no suena bien cuando, si es con los Demócratas, la UE se apresura a ser el vasallo que se espera de ella y al que incluso se le grita "!fuck you!", como lo hizo -sin que nadie la criticara- Victoria Nuland en 2014 en Ucrania.

        El orden basado en reglas surgió de una guerra y del acuerdo por evitarla lo más posible cuando menos entre los antiguos dos grandes y en Europa: con antecedentes desde principios de la crisis, a finales de los '60 y en 1971 (fin del sistema monetario de Bretton Woods y del patrón oro-dólar), no hay reglas, salvo las que cree instaurar con "los mercados" la alta finanza: por lo mismo, de inmediato sale Úrsula von der Leyen, jefe de la Comisión Europea, a prometer no sólo invertir en Groenlandia (lo que no es del interés prioritario de Trump), sino a ofrecer mayor "seguridad y defensa" para el Ártico: el negocio de las armas por delante -ofreciendo de entrada rompehielos-, no una que otra acción para ampliar ante todo el negocio a costa de los competidores ECONÓMICOS.

       Por lo que respecta a lo que se dice, es del nivel primitivo de la Guerra Fría, cuando salirse así fuera un poquito "del huacal", como se dice coloquialmente en México, ya era ser "comunista". Moverse un poquito -y qué tanto es tantito- de la norma de la alta finanza es caer en todo un catálogo para evitar el menor debate y ser descalificado, que por "dictador", "autócrata", "populista" y lo que sea que se "desvíe", después de haberse creído la eternidad y la omnipotencia. Por éso no hay más que una cosa que tema el perverso narcisista, bajo diversas formas: perecer. Ante quien se cree inmortal, cualquier límite -como en el niño malcriado- es motivo de lloriqueos, berrinches (como se dice también coloquialmente en México), gritos y pataletas, además de chantajes. No es lo que se aprendió como "regla", sino como "natural" o "lo que corresponde". El "orden sin reglas" tal vez sea el que deja a más de uno quieto, que es lo que en más de una ocasión se necesita, además de saber detenerse. Ningún líder de potencia europea ha pensado recurrir a Naciones Unidas, por ejemplo: si el niño malcriado no cree en la autoridad, un negociante como Trump nada más calcula en cuánto le va a salir, y calcula pérdidas (da click en el botón de reproducción).



     

HAREMOS COCHINERO

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