Como Japón en los años '80, la Unión Europea estuvo de moda en los '90. Lo estuvo incluso entre figuras académicas estadounidenses como Lester Thurow y Jeremy Rifkin. Ahora es distinto: "inversores" como George Soros (es un especulador), "reformadores" como Joseph Stiglitz o académicos como Paul Krugman no dudan en dar gritos de alarma ante el "fin del euro", como lo hacen revistas del tipo "Newsweek". A Estados Unidos en el fondo nunca le agradó la idea de una Europa independiente, por lo que se sirvió de la guerra en la antigua Yugoslavia para hundir cualquier iniciativa militar europea común. Tampoco hay Europa política.
Así que los estadounidenses están metidos a darle consejos a Europa pese a que la crisis se originó en Estados Unidos, por especulación, según lo recordó José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, en la reunión del Grupo de los 20 en Los Cabos, México. Al frente del Banco Central Europeo está Mario Draghi, ex vicepresidente de Goldman Sachs para Europa. Como parte de la insolencia estadounidense, Paul Krugman no tiene empacho en escribir que "si España fuera un estado de Estados Unidos y no un país europeo, la situación no sería tan mala (...) Pero España no es un estado de Estados Unidos y, por tanto, está metida en un buen lío". Efectivamente, si toda Europa fuera como un estado de Estados Unidos, recibiría cheques de Seguridad Social y Medicare.
Ya ni siquiera el "modelo alemán" -el "capitalismo renano"- funciona demasiado, porque no hay necesidad de presumirle bienestar a los del Este. Alemania va a la cabeza europea en subempleo precario, con 25 % de la población en edad de trabajar (25 %), según datos de Rafael Poch de Feliú. A lo que se dedica Alemania es a exportar y a privilegiar las finanzas, no a ocuparse de los trabajadores.
Mientras desde Estados Unidos se apuesta al descalabro de Europa y a medrar en él (es decir, a medrar en el caos), Rusia tiene otro planteamiento: según el presidente ruso, Vladimir Putin, no dar pasos unilaterales contra el euro. Putin acaba de recordar en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo que el 40 % de las reservas de Rusia (son las terceras del mundo) están en euros, y una parte importante en obligaciones estatales alemanas. Unos especulan contra Europa; otros piensan apuntalarla.
No es nuevo, puesto que, desde la "perestroika", el líder soviético Mijaíl Gorbachov buscaba un "hogar común europeo" libre de conflictos militares y modelo para el orbe. En vez de lo anhelado, Europa paga su alianza con Estados Unidos: está a merced de los planes belicistas de Washington (el escudo antimisiles) y además, en graves problemas económicos, para los cuales la solución sería ser una estrella más del espacio de las estrellas, al decir de gente como Krugman. Hay economistas rusos como Alexei Kudrin que no ven prometedora la situación europea: pero no apuestan a "la anexión o la ruina". Lo de la "anexión" no está dicho por exagerar: un lugar como Kosovo es un cuasi-protectorado, cuya bandera -como la de la Unión Europea- dice mucho. Estados Unidos ha avanzado también bastante en el "cordón musulmán" de contención contra Europa, jugando la carta de los inmigrantes y pintando a quien se oponga como "fascista" (que viene Marine Le Pen y te comerá...). Saddam Hussein se granjeó una enemistad particular cuando poco antes de la invasión a Irak decidió cambiar sus reservas a euros. Irán ha seguido un camino similar, tratando de no quedar sujeto al dólar, y el libio Kadafi tenía importantes inversiones en el Viejo Continente, de Francia a Italia. Europa no sabe ni siquiera donde están sus amigos. Juega a la pura conveniencia.
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