La posibilidad de un chantaje militar mayor contra la Federación Rusa puede funcionar ante la opinión pública occidental, que en realidad hace las veces de espectadora creyendo al mismo tiempo saber de antemano el final (siempre feliz) de lo visto, diseñado -parecieran creer muchos- en Hollywood.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) repitió durante algunos años que el escudo antimisiles en Europa iba dirigido a contrarrestar una "amenaza iraní" en realidad inexistente. Hoy, los occidentales ni se toman la molestia de contar nada. En agosto de 2014, Estados Unidos, secundado por Polonia y los países del Báltico, buscaron una declaración de la OTAN que estipulara sin rodeos que el escudo está orientado contra Rusia, aunque Alemania se opuso a esta especificación. Como sea, lo que hay actualmente es una campaña antirrusa, no antiiraní, y la tentación de dar un primer golpe nuclear que pudiera decapitar en cuestión de minutos el arsenal nuclear ruso, destruyendo los centros de comando de lanzamiento de misiles o los lanzadores de misiles mismos. No parece que Estados Unidos y sus aliados vayan a renunciar a este chantaje ni a la tentación de querer decapitar militarmente al Estado ruso.
Al apoyo viene la caricatura de una Rusia que supuestamente no controla su arsenal y que es un lugar peligroso por la radioactividad presente en varios lugares y por los riesgos tipo Chernobyl: incluso sitios más o menos serios como Global Post muestran a Rusia como un país de borrachines con armas nucleares en su poder, algo "fuera de control", como para atemorizar al clasemediero promedio de Occidente obnubilado por el control de todo y en todas partes.
Es tan falsa esta pretensión de control occidental que basta recordar que el preferido de Occidente era en los años '90 el presidente ruso Boris Yeltsin, probadamente borrachín, que asistía como tal a reuniones de decisiones importantes en su país y fuera de él, incluso quedándose dormido en asuntos protocolares, como sucedió en Irlanda. Es tan memorable la afición de Yeltsin al vodka como el grandioso apoyo que recibió de Occidente, sobre todo mientras Rusia se convertía en un bazar con un Estado en liquidación. Que Occidente quiera controlarlo todo no significa que sea responsable: si lo fuera, jamás hubiera festejado a Yeltsin. Como sea, la opinión pública occidental es hoy casi tan irresponsable como quienes la "dirigen" u orquestan
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