Como ya se ha observado antes, lo que existe actualmente en las relaciones internacionales es, a muy grandes rasgos, una pugna que, en rigor, no es del interés de los que trabajan: entre globalistas y "soberanistas", como división de la clase dominante sobre el modo de intentar salir de una crisis que se inició a finales de los años '60, y que no ha desembocado en ningún periodo de relativa estabilidad y prosperidad -también relativa- similar al de la segunda posguerra, que es el referente de quienes pregonan el "bienestar" o el "orden con reglas". Cuando una crisis dura tanto y no tiene más que momentos episódicos de "recuperación", cabría pensar en algo más que la coyuntura: ¿qué puede estar sucediendo a largo plazo, si la crisis tiene ya casi 60 años de duración, y se inscribe en una comprobada larga baja tendencial de la tasa media de ganancia (no lineal, con esporádicas recuperaciones)? Hasta ahora, contando lo sucedido entre los años '70 y 90 del siglo XIX y los años 30, es, de lejos, la crisis más larga del capitalismo, el mismo que se presenta como vencedor, pero que no atina a nada equivalente a la "Edad de Oro" de los 50-60. ¿Para adelante, qué? Desde 1991, algunos pronostican un "orden mundial" a la vuelta de la esquina, otros la "decadencia de Estados Unidos" -que no es más que relativa-, y algunos un "mundo multipolar" que no llega.
El mundo de los trabajadores se hundió, cuando menos desde los '80, si no es que desde los '70, cuando apareció el desempleo estructural en los países centrales. La deslocalización se aceleró en los 80, entre otras cosas con la apertura china desde 1978. El remate vino en 1989-1991: como hay, ciertamente, un vencedor en términos sociales, cualquier alternativa está desacreditada por "terror y escasez", y no puede haber por lo demás tampoco alternativa mientras persista la creencia en que el capitalismo puede "derramar" o "redistribuir", junto a la nostalgia de la "sociedad de los tres cuartos" de posguerra en Estados Unidos, cuando se consideraba que la gran mayoría de la sociedad estadounidense era de "clase media". Si bien suele persistir esa "nostalgia del pasado", idealizado, salvo excepciones, más allá de proyectarlo al futuro no hay alternativa social, sino a lo sumo remiendos, por temor instintivo a un desbordamiento de descontento. No hay mayor teoría, ni capacidad para detectar contradicciones y tendencias de estructura, que muchas veces ya no puede ser pensada, en particular en materia de Estado: los "soberanistas" piensan más en materia de nación, y Estado y nación no son lo mismo. No toda derecha es "soberanista": algunas derechas están en realidad muy asociadas al capital transnacional y a Estados Unidos. El globalismo actúa de varias maneras y, a diferencia del "soberanismo", haga lo que haga creer perdió toda medida del límite, como está perdida en la alta finanza y en parte en el sector militar, junto a la creencia en que las nuevas tecnologías lo pueden todo. La nación ya no existe más que como lugar para hacer negocios. Como lo advirtiera en su momento el estudioso francés Michel Clouscard, lo más parecido a una salida "fascista" a la crisis es el globalismo, aunque pese a sí mismo es en realidad una utopía.
Si se remiten las cosas a su secuencia sin "editar", el globalismo ha provocado desde los '90 una guerra tras otra, sin contar la intervención de 1989 en Panamá; la primera guerra del Golfo Pérsico, la intervención fallida en Somalia, la guerra de destrucción de Yugoslavia, la segunda guerra del Golfo, la intervención multinacional en Afganistán, el bombardeo de Sudán, la invasión de Libia y la destrucción de Siria, a cada vez logrando anuencias y complicidades, en la izquierda incluida, lo que llevó a Domenico Losurdo a escribir La izquierda ausente . Se le podría agregar el silencio sobre la secuencia de lo ocurrido en Ucrania. Para más señas, ponerse a pegar de alaridos o hacerse el indignado por Groenlandia o porque el presidente Donald J. Trump "no es el de la paz como nos dijeron" es hasta ahora una falsedad y fariseísmo: en cinco años (primer mandato incluido), Trump, pese a más de un aspaviento, no ha desatado una sola guerra, ni siquiera por la operación quirúrgica de secuestro del ex presidente venezolano Nicolás Maduro, y la doctrina "Donroe" es DEFENSIVA, en el sentido de no querer ver en la esfera de influencia propia manos ajenas, a diferencia del OFENSIVO Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC) de George W. Bush, que llevó a meterse desde Medio Oriente hasta adentro de Eurasia y a concebir el Prompt Global Strike. Cabe recordar que una parte de los Republicanos coincide con los Demócratas en el ánimo de supremacía MUNDIAL, lo que "coincide" con no decirle nunca nada a China, que es globalista, con tal de no cambiar de "modelo". En cambio, Trump, sin ir a provocar a China (a diferencia de "Nancy la loca" Pelosi en Taiwán), para lo que debe recordarse por lo demás el entendimiento anterior con el gordito norcoreano (¿ya se olvidó?), no quiere que aquélla le coma la retaguardia y lleve la delantera tecnológica, todo en términos básicamente económicos. Como ya se ha observado, los Demócratas se estuvieron metiendo a fondo en varios lugares de América Latina, Sudamérica incluida, con el suficiente sigilo (como todo el avance hacia las fronteras rusas) sin que "los indignados" dijeran ni pío, además de que George W. Bush se alió tranquilamente con el ex presidente Demócrata Barack Obama contra Trump. Fue Obama quien amagó con el pivot to Asia.
Desde los '90, hay a grandes rasgos un consenso bipartidario Republicano y Demócrata. El problema con Trump es otro: su no pertenencia al "club" de la expansión "global", que es en realidad del capital transnacional entrelazado de las potencias de la Tríada (Estados Unidos Unión Europea Japón), en la que la Unión Europea (UE) acaba de mostrar toda su buena disposición hacia China, según lo demostró el presidente francés Johnny Halliday -perdón, Emmanuel Macron. Los globalistas controlan por lo demás los grandes medios de comunicación. No es seguro que los "soberanistas" puedan salir adelante, y los globalistas le apuestan al desgaste de Trump y a chantajearlo, lo que ya funcionó sobre Groenlandia para PERVERTIR la idea económica inicial de Trump y expandir aún más a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), según lo logrado por su secretario general, Mark Rutte, quien entiende muy bien la importancia de no fracturar a la Tríada. El segundo punto ha sido el sabotaje a Trump en el intento de arreglo en Ucrania, frente a la cual no reclama ningún "antifascista", salvo excepciones. Tampoco se trata de "péndulo" ni de "oleadas", como se desprende de que la "segunda ola progresista" no se produjo. Tampoco se trata de alianza con Trump, menos cuando algunos Republicanos son de cuidado, pero sí de ir un poco más allá de la captación de la atención en la coyuntura y considerar lo siguiente: hasta ahora, en perspectiva, la "línea Trump" (como excepción entre los Republicanos) es mucho menos belicista que el consenso Demócrata-Republicano y sus aliados en el armamentismo de algunas antiguas potencias europeas y en el desaforado Japón, y es preferible recuperar la escala nacional para hacer más, como recuperar parte del capitalismo, a carecer de la idea de límite y poner las cosas en una escala de gigantismo y desmesura -con "los mercados" orientando y mediando- que, luego de haber debilitado al Estado, también considera que la nación puede irse fragmentando en Lander federados, de donde en parte el sueño de Alemania (ya hace rato conocido, por ejemplo por el estudioso Pierre Hillard, pese a sus limitaciones ) o la creencia de algunos en que es para "ya" la "guerra civil" en Estados Unidos. Como no parece tampoco "el fin de la globalización", lo que apenas puede aventurarse es que llegará tal vez el día -si antes no se antepone la disyuntiva grave de la guerra y la paz- en que se vea la época como la de cualquier cantidad de apuestas de casino malhadadas, para el "orden" o La Gran Catástrofe.
Nada más podemos decir que, si Trump es majadero a la estadounidense, es preferible ubicarlo como tal y evitar hacerle el caldo gordo al interés "globalista" que, aunque tampoco pueda triunfar -hay crisis sin salida-, no entiende más que de lo que le atribuye al otro: la ley del más fuerte. Desde luego, hay crisis para largo y sin salida cuando se ha cancelado toda alternativa y se ha hecho el equivalente de cerrarla bajo llave para, además, perderla. La sensación claustrofóbica, en los medios, ya está: y todo por "no quedarse afuera" (da click en el botón de reproducción).