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sábado, 21 de febrero de 2026

YA SE SUPO

Es probable que algunos rasgos señoriales y oligárquicos de la sociedad latinoamericana se estén yendo, sobre todo que el mundo colonial ha terminado por volverse, en gran medida, "patrimonio" para el turismo. Como ya se ha observado, esos rasgos se fueron mezclando en el siglo XX con elementos capitalistas de cálculo de conveniencia: por ejemplo, al servicio de lo que quedó de tradiciones casi "clánicas", reanimadas en parte por la descomposición social. Al mismo tiempo, ya no hay mayor sucesión, digamos en términos de oficio: más de una raigambre oligárquica se perdió en el mundo del "arte", confundido con frecuencia con espectáculo y entretenimiento. Baste con ver la evolución de los vástagos de los "señores" o las "señoras" de la universidad pública: no escasean los aspirantes a "artistas". Asimismo, algunas generaciones intermedias aprendieron a trepar lisonjeando, pero sin que se les haya transmitido oficio. Se mezcló el antiguo carisma con el ánimo protagónico de los medios de comunicación, siempre con la misma creencia: la de estar "dentro" y no "quedar fuera". El ánimo de gloria de antaño con el de estrellato de hoy.
     El clientelismo ya no encuentra como antes cómo arraigar, aunque se siga creyendo a veces que tiene de "humano", e incluso más que el capitalismo. En la clientela se es "de alguien", lo que aparece como "personal" y, además, por la dependencia, "protector" y hasta cálido, salvo que se olvida que el origen es endogámico y no está permitido salirse sin pagar un altísimo precio: hay que aceptar quedar en deuda sin poder pagarla, como forma de servidumbre, bajo coerción siempre latente: el individuo como tal no es tolerado, en lo que pueda tener de propio, sino integrado mediante favores que se tienen que devolver y, para simplificar, enseñándose al amiguismo, el tráfico de favores e influencias y la confusión de lealtad con incondicionalidad. Si acaso, trepar da permiso para traicionar al "de afuera", y no falta quien, a fuerza de incondicionalidades, tráficos y traiciones "inevitables" -poniendo precio-, espere "llegar", con la creencia en que "estar arriba" es impunidad y omnipotencia. Basta con ver a gran parte de la oposición mexicana: la relación cuenta más que el objeto de la misma, en parte, y se cree o se quiere hacer creer que absolutamente cualquier cosa que haga el "mal gobierno" es por fuerza imposición y búsqueda de impunidad por omnipotencia. Al mismo tiempo, se aprovecha para actuar así a la sombra de una completa libertad de expresión. No pasa nada. Con la salvedad de lo que recuerda el resentido: "hoy estás arriba, mañana abajo". El mismo sistema clientelista que encumbra si va a haber "reparto" puede pasar al ritual del "chivo expiatorio" si en el reparto "no le toca". Y entonces se trata de la contraparte: "resistir" por "principio de cuentas". He ahí lo humano de la "gran familia": imposición y resistencia como forma de relación privilegiada, sin apertura a la igualdad.
     Es lo que una parte de la izquierda, aunque quede por saber hasta dónde, pretende llamar "cultura", como algo propio: la predilección del poder, con endogamia, del "grupo", recalcando la "pertenencia" en nombre de la identidad como mismidad. El "afuera" como algo que tampoco puede ser visto como igual: o es "superior" por el solo hecho de serlo, o es el chivo expiatorio para la reproducción del grupo sin que se vean sus fisuras. Condena para el que no es endogámico, incluso bajo forma de presión o de gueto, salvo que ofrezca "derramas". Es el Sur. Pero no es cultura. Es hábito social que se quisiera hacer pasar por natural y asunto de gustos, para el "pues si no te gusta, así son las cosas y quedas fuera". Si se agrega el cálculo de conveniencia que se subordina, con las espaldas cubiertas y estimando beneficios y pérdidas de servirse del otro, es en la transición fuente de patologías reiteradas y de delirio: el de pasar al acto de lo que se reprueba. Se reprueba cuando es contra uno, pero si "todo el mundo lo hace" -puesto que no hay individuos, sino seres gregarios-, entonces llega el momento en que parece permitido. Si se estuvo abajo, se sabe qué hacer arriba, para pasar de "resistir" a imponer. Al punto de la ceguera de no reconocer el derecho a la igualdad y de ser brutal con el libre. Ese es el Sur, aunque hay dos tendencias en juego.
      Una es la de la gente de transición, con aspiración a los beneficios de ambos mundos, el señorial y el capitalista del privilegio de la alta finanza, que se toma por "aristocracia". Y otra la de quienes ya no conocieron tanto del mundo señorial, y sí de un capitalismo de doble faceta: de dura competencia entre individuos, obligando a ser tales, pero también de igualdad formal entre "dueños de sí" y sin los privilegios propios de las aristocracias, las reales o las pretendidas y en el fono ilegítimas. Señores y señoras ilegítimos, por tratarse de mundos en decadencia, y egoísmos de aristocracia financiera de corte "lumpen".
      "Se formó" en los '80, antes de 1989-1991, y con antecedentes previos. La descomposición en Cuba ya estaba, por ejemplo, junto con el acomodo de los "lobitos" que no supieron más que de "poder" y de la seducción del mismo, como "el mejor afrodisíaco", según decía Henry Kissinger; en algunos casos, como México, desde los '70 y sus intocables, o en Centroamérica desde las negociaciones del Grupo de Contadora. No fue nada más el impacto "externo" de 1989-1991, para cuento de los colgados de la aristocracia financiera. En los '80 se fue instalando, junto a "la vida cotidiana", con el impulso libertino previo y "las pequeñas cosas" y "fidelidad a mi modo de ser", la negativa creciente a hablar de valores (no de moral: de valores), mientras se iba entre ambos mundos, el feneciente de antaño -pero aún con las espaldas cubiertas como garantía para la conveniencia y la traición afuera- y el nuevo de egoísmo, del goce, el usufructo de intereses cuales privilegios -también en parte de ciertas burocracias socialistas y otras populistas en retroceso- y la trepadera que para los 90 fue "sálvese quien pueda". Salvo por algunas cosas, restos de antiguos proyectos,  los "quedados" tal vez alcancen a ver cómo "la cultura" es, por querer presentarse como "esencia", el último momento de acomodados y privilegiados que se hacen pasar por lo que nunca fueron, gente culta (y ni siquiera realmente educada). Es en parte hacerse de un dizque "patrimonio" para seguir en el negocio y hablar desde la trascendencia -muy arriba. Otra cosa es la supuesta "batalla cultural": desde una parte de la derecha, más que asunto de cultura es en realidad de valores, y hace ya muchísimo tiempo que la izquierda, la comunista incluida, abandonó los suyos, para ir a dar en los ya mencionados de transición. Ahí se acabó, entre otras cosas, el latinoamericanismo. Valores en pugna son los de la discriminación positiva y todo lo que conlleva de contrario a la igualdad y a la meritocracia, tomada erróneamente por "neoliberal"; y valores "tradicionales" en parte "puritanos" o lo que se parezca, salvo en el problema obtuso de confundir con marxismo o comunismo ("marxismo cultural") lo que no es más que la otra faceta del puritanismo.
    No todo pasado fue mejor, pero tampoco es garantía de nada no estarse más que a la "gestión del presente" -bajo dos formas- incluso formateada ("vive el momento"). Como no hay trabajo que no tenga que "anticipar" lo que aspira a hacer -trabajo, no cultura-, el mundo no se detuvo en el "fin de la Historia" ni es nada más de quienes no tienen más traducción que el reparto (la desigualdad) para seguir en el consumo, la especulación de toda índole y "la sensación del momento", trepando para privilegios. Una cosa es la capacidad para el universalismo en la igualdad, cuando menos formal: de "lo nuestro", como coartada para compadrazgos y asuntos "de cuates", y de "relaciones" ya se tuvo suficiente, como de la creencia en América Latina como excepción a la regla, es decir, como FUERO, en nombre de sabrá Dios qué "maravilloso" o "mágico", dizque "barroco", etcétera: quede como el cuento arcaico para justificar lo que, en términos de valores, no es justificable, como no lo es en la clientela el trato dispensado al "exterior al grupo". Es de poder, y no de idiosincracia, porque hay espacios en evolución, distancia local frente al "poder por el poder" y más de uno que no actúa porque "no hay de otra". La competencia capitalista es ruda, pero entre formalmente iguales y formalmente libres de toda coerción violenta. Si les toca, ni aunque traten con privilegios de quitarse. Y ni aunque sigan con el carril izquierdo para rebasar. Es "su" América y "su" renta o negocito. Y muy "sus" valores en los que no cabe la humanidad, porque la igualdad humana más elemental no es posible: no la hay en la clientela, ni aunque se "globalice": ni si se viste de SEDA. Mona se queda (da click en el botón de reproducción).


LA PEQUEÑA DELINCUENCIA

 Hasta los años '70, parte al menos de la medicina mexicana pública tenía buena reputación, en campos como por ejemplo la cardiología o ...