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sábado, 13 de abril de 2013

SOVIETISMO QUE SOBREVIVE

Como lo explicó oportunamente en su blog Alexandre Latsa (Dissonance), no es mucho lo que los llamados "oligarcas" pueden conseguir en Rusia, y el actual presidente ruso, Vladimir Putin, no está dispuesto a ir a rescatarlos en Chipre.
     Mijaíl Projórov, el rico, no fue muy lejos en las elecciones presidenciales rusas del año pasado: cerca de 20 % de los votos en Moscú (hoy en parte convertida en ciudad de "moscoburgueses") y alrededor de 15 % en San Petersburgo. La segunda fuerza detrás de Putin sigue siendo el Partido Comunista de la Federación Rusa, que da visos de estancamiento y es ante todo otra variante del sovietismo. El rechazo al enriquecimiento rápido, tonto y ostentoso -a los nuevos ricos- no es menor: existe.
      Si el comunismo no entusiasma mayormente en Rusia, otra cosa es el sovietismo. La Rusia de provincia y de las pequeñas y medianas ciudades -no del todo alejada del pasado aldeano- vota abrumadoramente por Putin, lo que es tanto como votar por la continuación del estilo soviético y los resultados positivos que tuvo -ya que existieron, aún en las dificultades y las contradicciones graves desde Jrushev. Es ciertamente un voto conservador, aunque no asunto de privilegios, puesto que esta Rusia ha sufrido los embates de la crisis. Es un voto menos urbanizado, a caballo entre el campo y la ciudad, y también un voto de la "clase media", muy extendida (70 % de los centros urbanos rusos se crearon a partir de los años '30 y suelen estar bastante sovietizados). Es igualmente un voto con un ingrediente popular. Lo que parece esperar este voto es que Rusia se mantenga bien, pero sin medrar, ni nada parecido: algunos valores perduran. No hay que buscar mucho para encontrarlos en este sector entre rural y citadino, no demasiado europeizado ni americanizado, aunque la agresión pseudocultural estadounidense está presente. Todo parece indicar que el sovietismo sobrevivió a los terribles años '90, a los errores de Gorbachov y al festín-agarra-el-botín de Yeltsin. No parece que toda Rusia haya seguido el rumbo de los parásitos que buscaban imponerse en los '90.