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lunes, 7 de agosto de 2017

DE LA INSINUACION A LA INTIMIDACION

¿Debate en la democracia? No parece tan seguro, menos cuando el foro-ágora, por el hecho de tener micrófonos y reflectores, además de permitir "relaciones" en el Facebook, hace creer a muchos que son vedettes intocables o que pueden parecérseles desde el anonimato.
       André Perrin explica en Scénes de la vie intellectuelle en France (Escenas de la vida intelectual en Francia) cómo se intimida para no debatir. No se lee a quien se critica, por cierto: agreguemos que no lo hacen ni siquiera dictaminadores ni evaluadores en las universidades, quienes se limitan en cambio a "husmear" la mundanidad del dictaminado/evaluado para pasar a descalificarlo si no es considerado in.
     La descalificación pasa según Perrin por buscar en el otro la supuesta baja pasión "inconfesable". Y hay algo más, lo "políticamente correcto". Según Perrin, esto adultera el debate intelectual que, a diferencia del debate político, no es un combate en el cual hay que abatir al otro, sino una búsqueda conjunta de alguna verdad, admitiendo de entrada que puede haberla, así sea relativa. Debería operar, según Perrin, el "principio de caridad" de Quine, por el cual uno es capaz de ponerse en los zapatos -en las razones-del otro. Pero lo "políticamente correcto" es, como está indicado, "político", por lo que sí se trata cuando menos de excluir al otro (descalificándolo como par en el dictamen y la evaluación académica, por ejemplo). Para descalificar se usa lo que, a juicio de Dominique Lecourt, es un procedimiento favorito de la tecnocracia: poner la moralina por delante. Según Perrin, desde el momento en que se hace esto, ya no hay debate, porque no se trata de saber si algo es verdadero o falso, sino de mostrar que está bien o mal. Lo mismo sucede con el dictamen no argumentado, que se reduce a descalificar el ejercicio académico como tal en el par ("no es un artículo científico sino un ensayo", etcétera...).
      Pongamos por caso que alguien quiera argumentar contra el matrimonio igualitario (de personas del mismo sexo): se le preguntará si "algún homosexual le ha hecho algo" (¿está resentido el interlocutor y habla desde la baja pasión?), o, en idioma "políticamente correcto", se le dirá de entrada que es homofóbico, lo que está mal y ocasionalmente sancionado. El debate se ha terminado.
       En México se presentan con mayor frecuencia estos casos de intimidación. El recientemente fallecido Marcelino Perelló afirmó en un programa de radio que "sin verga no hay violación", remitiendo, como lo precisó después, a la caracterización jurídica del hecho. Perelló se equivocó en el caso de la legislación mexicana, lo que admitió. Pero en vez de discutirse de lo cierto o falso de esta y otras afirmaciones, fue acusado de misógino y sexista, sentado en el banquillo de los acusados en las redes antisociales y expulsado de su programa de radio, además de ser, según él, invitado oficialmente a abandonar "por su seguridad" su clase en Ciencias. No se equivocó: hizo el Mal. Poco tiempo antes, Nicolás Alvarado tuvo que renunciar a un cargo televisivo por haber escrito que el cantante Juan Gabriel, era, palabras más palabras menos, malo y "naco", algo que podía entenderse de distintas maneras. También hizo el Mal. Las redes antisociales no dejaron ningún espacio al debate (pongamos por caso: ¿era vulgar o no Juan Gabriel?), sino que pidieron !el puesto de Alvarado! En ambos casos, la universidad aceptó la intimidación. Ya no queda claro, en este newspeak, si las universidades, por ejemplo, son lugares para elucidar con conocimiento lo cierto o lo falso de lo dicho o lugares para evitar el debate -mediante la mundanidad- de tal modo que no se vean afectados los intereses de ciertos lobbies  -neo-fascistas culturalmente hablando- ni las carreras tecnocráticas que están en el Bien, un Bien de "mucha clase".