La diferencia entre una piedra y un ser humano, cuando la hay, es que la piedra puede durar muchísimo tiempo, siglos o más tal vez, pero no lo sabe; el ser humano no es gran cosa porque es un ser finito, mortal, que a duras penas llega a veces a pasar el siglo, pero es grande porque lo sabe y lo piensa (se supone). El Hombre es la criatura más grande del universo, y al mismo tiempo lo que sabe es que no es casi nada y se convertirá en polvo, menos duradero que la piedra. Para simplificar, el animal siente, pero no sabe ni piensa: la mascota se puede alegrar cuando vuelve a ver a su dueño, pero nada interno le dice "ah, qué bueno que volviste", asunto de conciencia y no de lenguaje, puesto que existe un lenguaje animal (y también hay seres humanos que mueven la cola de gusto, pero para qué meterse en Honduras).
A partir de aquí, el ser humano es capaz de cosas casi prodigiosas y de ser una sustancia innombrable, por reducirse a ella si no sabe (o no quiere saber) y si no piensa (o prefiere "ni pensarlo"), renunciando a su grandeza (que no es "inmortalidad"). Así por ejemplo, los que van hablando en nombre de "la vida", que no define al ser humano (muchos otros seres están vivos: don Juan Matus hasta le hablaba a las plantitas, aunque tal vez con ayuda de alguna otra). Un perrito faldero es un ser vivo, al igual que una víbora tepocata.
El último líder soviético, Mijaíl Gorbachov, que no tenía demasiado pensamiento propio ni sabía nada de marxismo o leninismo, se aventaba en cambio a decirle al germano-oriental Erich Honecker: "la vida castiga a los que llegan tarde". El otro no tuvo la astucia de contestarle que no por mucho madrugar amanece más temprano, y ya se sabe quién fue el de tamaño papelón. En nombre de "la vida".
Luego, en nombre de "la vida", a denigrar el pensamiento y el conocimiento. Hay que graduarse "en la universidad de la vida", no quemarse las pestañas, como si estudiar no fuera parte de la vida. ¿Entonces de qué? El trabajo transforma al Hombre, pero resulta que "los intelectuales no saben vivir". ¿Entonces qué hacen cuando trabajan? Aquí ya es el fin de la filosofía gracias al alemán Martin Heidegger y la agresión contra lo que distingue al humano como tal.
Parte del asunto es cuidarse de "la Razón": si no, véase como el tal Robespierre, en nombre de aquélla, se puso a guillotinar con frenesí. Así que ninguna Razón ni Verdad: todo es relativo. Otro casi fanático, Lenin, se salió -como la Rosario Robles en una clase - con que "ya se ha hablado mucho de Revolución, y mejor me voy a hacerla". Con los resultados consabidos: la Robles no la hizo y en cuanto al bolchevique, está en el origen de terrible matazón por sus "ideas", por lo que ni pensarlo. Mejor quedarse conversando, opinando y no tratando de llevar "ideas" a la práctica, salvo que sea para alguna patente, una innovación técnica y un negocio. Así sea de armas. Pero hasta ahí. En la punta de un cerro, en vez de contemplar el paisaje en plan budista y "presente", se dice que Lenin se ponía a discutir de la Revolución. Por algún motivo no lo tomaron simplemente por un tipejo de lo más aburrido e incapaz de entretenerse. Ah, "los intelectuales no saben vivir". Pero que tampoco pasen a la acción: vean las "cosas" de Fidel y el maltrato cubano a "los intelectuales", que para lo que debieran estar es para "criticar al poder". Como el disidente cubano Heberto Padilla, el lisiado que apenas liberado bajó del avión por su propio pie. !Lázaro!
Para más de un latinoamericano, ser "intelectual" es ser "conciencia de la nación" y al mismo tiempo, tan inútil y arrogante que ni la Preysler aguanta, porque hay que saber desdibujarse como la Lemus o Marijó. Si hay estereotipo, es que piedras lleva: será Beethoven, pero al genio no lo aguantan ni en su casa (salvo que se ponga como Amadeus a las payasadas). "Los intelectuales no saben vivir": cierto, cuando son creídos y se suman a las filas de los "pinches tiranos" o perversos narcisistas. Por éso esas dedicatorias del tipo "gracias a mi mujer y mis hijos que me soportan". !vaya especie! Poco se toma en cuenta que se quedan con lo grande y se olvidan de que no son nada, COMO TODOS LOS DEMÁS (menos los que se quedan en la nada para no ganarse problemas).
"Como todos los demás" se convertía, en América Latina, en que no había gran cosa de "razonable", porque, contra "la Razón" (europea: la instrumental estadounidense no se rechazó), la "vida" era mucho más maravillosa y mágica, miseria incluida, tal vez, como parte del paisaje. A su vez, estaba la sentimental Rusia de la que se decía que "no se podía entender con la Razón" (entonces: ¿con el trasero? contestaba otro ruso). Cosa de "te gusta o no", o lloras o no con la telenovela de Verónica Castro y vodka encima. El atraso o el subdesarrollo convertido en "la vida" y siempre al borde del extraño "asalto a la Razón" (que Carlos Marín, de grosería maliciosa, encontró también el modo de torcer).
No falta el que crea que, pensar en vez de ponerse a la oratoria y lo ornamental, conduce a cosas graves, como la que le ocurrió al filósofo francés Louis Althusser, que en una de esas estranguló a su señora. Ya no estamos nada más en "los intelectuales no saben vivir" y en las ideas peligrosas, sino en dos riesgos ante un intelectual: aburrirse a muerte o morir estrangulado. Eso no es pasarla bien.
Además, como lo probara alguna vez la universidad pública, pensar y "tomar conocimiento" (hasta de lo que se piensa) es una actividad solitaria (para el caso, mejor irse de dalai al Tíbet): no sirve para hacer amiguitos y salir con la novia a tomarse el helado. Y a fin de cuentas, para pensar hay que esforzarse cuando de lo que se trata es de enjoy y, como en la universidad pública, hacerse de relaciones en comidas, cenas, desayunos y eventos (si todavía dan galletitas y café) para trepar como en secretaría de Estado (o sea: el trabajo es el pretexto al servicio de las relaciones). Cría fama y échate al erario. Y son de entre los que salen con que saben vivir, porque la "carrera profesional" es la de oficio de sibarita. Con el parásito que sí sabe vivir: a costa del huésped, llámese erario o parecido.
Para simplificar, no meterse en las ideas, ni tener menos aún las propias: no saber gran cosa (ya ven la mafia: "sabía demasiado) y no detenerse mucho a pensar. Hasta llegar a la nada y buscar con antiintelectualismo destruir lo que no lo sea: si todos somos mortales, todos nos corrompemos e iluso el que crea que hay algo en tener alguna "idea". El verdadero arte de hoy es andarse por la vida con actitud de "ni idea" (ni me la pidan), salvo para hacerse el interesante ante un micrófono, unos reflectores o una pantalla. O de plano, a delirar: hacer lo que se critica y lo contrario de lo que se condena. Pinches corruptos que no se quieren caer con el chayote, o un aumento de presupuesto para la universidad, como si estuviera en la austeridad franciscana. Porque, claro, están "los que vivimos", aunque no en busca de saber o de pensar, sino de ilusiones de poder y de éxito; alienación, por letrada que sea, y aunque la mona se vista de seda. El partido dolce vita. "La vida" con su "chispa" y "el momento". La grandeza del Hombre en la ilusión del negocio y la ventaja a perpetuidad. !Si ya estaba en la Biblia! Like a rolling stone. (da click en el botón de reproducción).