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miércoles, 6 de diciembre de 2017

TOLERANCIA

Izquierda y comunismo no son lo mismo, porque el segundo, a diferencia del primero, supone una ruptura radical con el capitalismo. En la actualidad el comunismo prácticamente ya no existe, aunque en algunos países (como China, Vietnam y Cuba) gobiernan partidos comunistas (el más cercano al ideario comunista es el gobierno de Raúl Castro en Cuba, aunque en este país el fidelismo/Movimiento 26 de julio/ dejó una huella de profundo anticomunismo). En otros países existe oposición comunista: la más fuerte, aunque ideológicamente desorientada, es la de la Federación Rusa (Partido Comunista de la Federación Rusa, PCFR o KPRF), todavía con Guennadi Ziuganov a la cabeza. En América Latina los partidos comunistas fuertes, donde los hubo (por ejemplo en Chile y Uruguay) se colocaron a remolque de la Revolución Cubana, que hizo mucho por marginarlos, como lo hizo con las guerrillas que no eran pro-cubanas (las Fuerzas Armas Revolucionarias de Colombia, FARC, por ejemplo). En el Tercer Mundo los gobiernos nacional-populares han solido ser duramente anticomunistas, y Cuba no ha sido la excepción, así se llame nominalmente "socialista". Esto quiere decir que no hay equivalencia izquierda=comunismo, de la misma manera en que no la hay entre izquierda=populismo y menos aún entre izquierda y terror, escasez y antidemocracia. Desafortunadamente, en América Latina los partidos comunistas se colocaron a la cola del guevarismo, perdiendo autonomía y pensamiento propio. Por lo demás, cuando un partido comunista como el chino hace una política capitalista, es perfectamente bien tolerado por el mundo capitalista. Norcorea es otra cosa, ya que sigue con extravagancia la idea "Juche" de Kim Il Sung, su fundador.
     La izquierda surgió con la Revolución Francesa (los parlamentarios que se sentaban a la izquierda en la Asamblea), el comunismo bastante después, con Marx, Engels y posteriormente Lenin. La izquierda no-comunista ha sido bastante bien tolerada por el capitalismo (lo fue durante la segunda posguerra), porque sirve de "indicador" -según tenga fuerza o no la tenga- para orientar la "gobernabilidad" y detectar los puntos en los cuales hay que hacer el ademán de ceder o soltar algo, para cooptar el descontento y canalizarlo dentro del mismo capitalismo, si es necesario con gobiernos o con posturas socialdemócratas, es decir, de centro-izquierda. A su vez, el comunismo opositor, donde lo hay, es tolerado hoy simplemente porque no significa riesgo de ruptura, dada su mínima representatividad.
     Después de haber pregonado la "tercera vía", incluso en el estilo de un Anthony Blair (hoy ex primer ministro británico), el capitalismo, que a lo sumo admite "en la izquierda" -dizque- al  partido Demócrata estadounidense (sin Bernard Bernie Sanders), se ha vuelto menos tolerante con la izquierda en general, incluso con gobiernos socialdemócratas como el venezolano (ya abandonó toda idea de "socialismo del siglo XXI"), hasta donde pretende ser nacional-popular y ésto molesta. Desde antes del desplome del bloque socialista y la Unión Soviética, el capitalismo ha venido siguiendo la "estrategia de la rodaja de salami" (segmentación mediante alianzas o amenazas) para debilitar a la izquierda, después de haberse deshecho del comunismo occidental. Es esta nueva incapacidad del capitalismo para tolerar a la izquierda, incluso hacia el centro (la izquierda reformista, partidaria de reformar al mismo capitalismo) la que ha orillado a muchos electores hacia la derecha -el dizque "populismo"- del conservadurismo imperante. Sin comunismo, la izquierda está reducida a sobrevivir como una variante "redistributiva" de este conservadurismo, por más que se haga llamar "liberal", cosa que en la práctica no es, porque no lucha contra los privilegios. La otra variante es la ultraizquierda o izquierda infantil, que puede darle al conservadurismo ganador tintes e incluso prácticas fascistoides.
     Dado que la izquierda, a diferencia del comunismo, nació con el capitalismo (y no por oposición a éste), serrucharla -cuando no se serrucha sola- es volver aún más conservador al mismo capitalismo, de tal modo que corta la rama en que está sentado y arriesga seguir llevándose cuesta abajo en la descomposición a quien se deje ilusionar.