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viernes, 15 de enero de 2021

CHINA Y LOS MAULLIDOS

 Las expectativas puestas por académicos e intelectuales en China no son algo nuevo, ni que tenga que ver forzosamente con los logros económicos recientes del país asiático. En términos sociales, sin duda la mayor conquista ha sido la de erradicar la pobreza extrema. La admiración por China surgió con todo en los años '60 como alternativa en el Sur a la "fría", "dogmática" y "represiva" Unión Soviética, pese a los desastres del maoísmo con el Gran Salto Adelante y los de la admirada Revolución Cultural. Hasta cierto punto, dicha admiración no deja de ser sesentaiochera. El segundo proceso mencionado tuvo lugar entre 1966 y 1976. La historia personal de Mao no siempre fue brillante ni ejemplar para un comunista. No queda tampoco claro cuál es la gracia de reiterar en "los horrores del estalinismo", sin reparar siquiera en los desmentidos de la historiografía y los archivos recientes, y pasar por encima de ciertas formas de represión no muy loables en China. Es lo que hace no nada más la izquierda, la latinoamericana incluida, sino también el Occidente capitalista: las sanciones a todo galope son contra Rusia, y no lo han sido contra China (una "guerra comercial" es otra cosa) a raíz de los sucesos de la plaza Tiananmen en 1989, por lo demás magnificados, o de los problemas más recientes con Hong Kong. Rusia puede ser acusada de lo más fantástico, China no. China está de moda y al parecer la frivolidad occidental siempre implica seguir modas, lo que, insistamos, no le resta algunos méritos al país asiático, sobre todo en sacar a gente de la miseria e incluso en ámbitos como el tecnológico.

    Más allá de ésto, China tiene problemas insoslayables, pero cuidadosamente ocultados y negados o desconocidos por la izquierda progresista, que no se plantea contradicciones. Cuenta ciertamente el efecto demográfico, pero el hecho es que un régimen que se reclama del socialismo, con frecuencia sin mucha precisión, tiene el mayor número de millonarios en el mundo después de Estados Unidos. Mientras sucede ésto, es Rusia la que es acusada de tener un régimen "oligárquico y mafioso", lo que no es exacto. ¿Quién integra la clase media china, que llega a estimarse en unos 671 millones de seres? Los profesionales y gerentes del partido. Entre los hombres de negocios, hay que decirlo, gran parte son descendientes de familias acaudaladas de antes de la Revolución (1949), y los demás, descendientes de las primeras familias revolucionarias en los años '50. Un campesino, un llamado "itinerante", un desempleado o un trabajador manual migrante no tienen mayores posibilidades de ascenso social en China. Quienes tienen abiertas las puertas de la movilidad social son la gente del aparato burocrático y del partido oficial: lo que se criticaba en la Unión Soviética (y que estuvo limitado a un periodo específico, en los últimos años) se silencia en el caso chino. Para hacer negocios también hay que estar ligado al Estado y al PCCh (Partido Comunista Chino), sobre todo si son grandes negocios, lo que no excluye privatizaciones dudosas de bienes públicos. 50 % de los "emprendedores privados" trabajan en el partido-Estado antes de convertirse en empresarios, y los demás son en realidad integrantes del llamado "sector precarizado". A la gente de negocios se le ofrecen membresías en el partido, bancas en el Congreso y lugares en el gabinete de asesores políticos, o membresías en cámaras comerciales administradas por el gobierno. Aunque se ha propuesto luchar contra la corrupción, el líder chino Xi Jinping ha dejado ver que es preferible no tocar los privilegios descritos, ya que se crearía inestabilidad política. Por lo demás, no hay ninguna consideración por las tentativas de democratización soviéticas de finales de los años '30 (en particular del año 1936), aunque ciertamente existe traducción al chino en el 2015, algo muy reciente, de la obra de Grover Furr sobre el caudal de mentiras del líder soviético Nikita Jrushchov. El aprendizaje de esta experiencia es más o menos nulo con tal de no arruinar carreras partidarias y estatales que desembocan en buenos negocios.

      Ideológicamente, China se ha metido a reivindicar su "historia milenaria", un confucianismo que es menos popular de lo que se cree (a diferencia del taoísmo), y el resultado es la tendencia del pueblo chino a naturalizar las desigualdades y la obediencia a jerarquías no siempre legítimas y que no son lo mismo que la autoridad. No hay mayor valoración de la igualdad ni de lo que algunos llaman la "religión secular del mérito". China, más allá de cierto palabreo, no tiene una vocación universalista como la de Rusia (pese a cierta tendencia a enfrascarse en "lo específicamente ruso"). Por lo demás, no hay clara definición sobre el hecho de que en los países socialistas prosigue la lucha de clases y se manifiesta en peleas acérrimas por cuestiones de estatus y de sensación de poder-las heredó Rusia de la Unión Soviética- . La prestidigitación para hacer aparecer a medio mundo como de "clase media" (durante el mandato de Jiang Zemin, presidente chino entre 1993 y 2003), algo tampoco ausente en el mundo capitalista y que terminó avalando la Academia China de Ciencias Sociales, suprimiendo la diferencia entre clase y estrato,  no oculta el mismo tipo de problemas que le legó a la Federación Rusa la "supresión por decreto" de la lucha de clases en la Unión Soviética. Los reformistas chinos han llegado a la creencia de que la clase media es "universalizante" y garante de una sociedad "contenta y satisfecha" y sin conflicto, aunque en porcentaje de la población (no en números absolutos) no haya crecido demasiado desde 1950. En China hay, por así decirlo, una "clase alta" (hasta un 3 % de la población), con propiedad privada de medios de producción, y gente de clase baja de la que se dice poco, tratándose de socialismo, en principio destinado a que primen los trabajadores, no los funcionarios administradores. Una de las cosas más simpáticas consistiría en criticar el "capitalismo de Estado" soviético, que nunca fue tal, y en alabar el "socialismo" chino, de contornos difusos. Por lo demás, en la Rusia de hoy los oligarcas están llamados a no intervenir en política, un pacto claramente establecido por el mandatario Vladimir Putin. En cambio, en China la simbiosis de negocios y política tiende a cierto descaro.

     El tema de los números debería tomarse con más cuidado y menos eco ante un Occidente que por momentos ve otra "amenaza" donde tampoco la hay. China, la primera economía del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo, nunca ha tenido una economía pequeña, simplemente por el tamaño de su población. Hasta 1830, fue la primera economía del mundo, pero no por ello la más y mejor desarrollada. China nunca ha sido menos que la cuarta o quinta economía del mundo, aunque hasta hoy ocupa un lugar bajo en calidad de vida, por ejemplo si se considera del Indice de Desarrollo Humano (IDH: puesto 85 en el mundo). Quienes se han beneficiado del alto crecimiento reciente han sido los funcionarios "reformistas" del partido y del Estado y los tecnócratas, junto con los hijos de los funcionarios. No vaya a ser que la admiración por China sea en parte algo de gente de negocios, lo que parece fuera de duda, y también de "nomenklaturistas" del Sur, como no faltan por ejemplo en Cuba y los procubanos, que por cierto, haciéndose valer como "hijos del XXavo Congreso" (del Partido Comunista de la Unión Soviética), no pueden ni fumarse un habano sin citar a "Fidel", como le ocurre al presidente de Casa de las Américas, Abel Prieto, o al mismo líder Miguel Díaz-Canel. No se puede hacer mucho si para beneficio de funcionarios se decide suprimir contradicciones existentes, no esclarecer qué valores se proponen (Rusia sí los ha mencionado), y meter a todos en el mismo saco a sabiendas de que ni caben, pero China se volvió una de las "grandes ondas" de la izquierda no comunista hace ya un buen rato. Para maullidos locales, da click en el botón de reproducción.



miércoles, 13 de enero de 2021

COCO WASH

 La periodista franco-estadounidense Diana Johnstone acaba de recordar lo que puede ser una "insurrección" o "sedición", palabras que empleó el Demócrata Joseph Biden para describir lo sucedido el 6 de enero en el Capitolio de la capital estadounidense, Washington D.C. También es válido para el supuesto "asalto a la democracia" del que habría sido víctima la súperpotencia. Las imágenes filmadas del 11 de septiembre de 1973 en el palacio de La Moneda en la capital chilena, Santiago, dan cierta idea de lo que acontece cuando la sedición viola muy gravemente la ley, se "insurrecciona" y asalta sin tapujos la democracia. Unos tipejos tomándose selfies en el Capitolio en medio de una provocación es algo que se parece más, como lo ha hecho notar Johnstone, a ciertos aspectos de las "revoluciones de colores" que tuvieron lugar en Serbia o Ucrania. Al parecer, con Biden vamos a volver al superlativo, también llamado "comparativo de excelencia". El hecho es que el-asalto-nunca-antes-visto-a-las-instituciones-democráticas-en-la-historia-de-Estados-Unidos e instigado por quien Biden designó como "autócrata" y "dictador" fue una buena ocasión, como lo recuerda la periodista ya citada, para ir culminando con el Proyecto de Integridad de la Transición: si iba a haber debate en el Congreso y renuencia de senadores Republicanos ante el fraude de las elecciones de noviembre, fue una  forma de acallarlo todo. Como lo hace Johnstone, cabe recordar que desde antes de las elecciones se regó la especie de que el mandatario Donald Trump se iba a negar a dejar el gobierno. Así que resulta que los hechos del Capitolio fueron un intentona de "autogolpe". No importa que la versión no se sostenga: Trump llamó a una manifestación pacífica (está con esta palabra, por lo que no se le debería acusar de instigar a nada), cuando fue ocupado el Capitolio llamó a sus simpatizantes a "volver a casa", pero lo más significativo es que, como lo recogió por ejemplo Bloomberg, fue el mismo presidente en funciones quien ordenó desplegar la Guardia Nacional en el Capitolio para detener lo que estaba sucediendo. No es todo: Trump ordenó horas después el estado de emergencia en Washington hasta poco después de que asuma Joseph Biden el 20 de enero y para garantizar la seguridad del acto. Habría que saber por qué esta noticia no fue reproducida en los medios de comunicación occidentales. De igual forma, como todo es excesivo, la legisladora Demócrata Alexandria Ocasio-Cortez decidió hacer una declaración muy agraciada: "pensé que iba a morir", afirmó, pero no quiso dar detalles "por motivos de seguridad". "Tuve un evento muy traumático", declaró, según un reportaje de Página 12 reproducido por el arribista y megalómano Guillermo Nils Castro Herrera en su cuenta de Twitter(por su boca se comunica José Martí con la Tierra en algo digno del mejor espiritismo) . El relato de Ocasio-Cortez es un auténtico show y da cuenta de lo que es el ala izquierda Demócrata, que podrá seguir esperando al infinito que le den el cargo de secretario del Trabajo a Bernard Sanders (ya se lo dieron a otra persona).

     Habría que saber por qué Trump fue censurado en redes sociales en las condiciones antes descritas, aunque al mismo tiempo él las escogió para expresarse y cualquiera que las utilice sabe que no están exentas de riesgos (como el de este blog de ser bajado en los motores de búsqueda en coyunturas muy específicas después de unos cuatro años de tener paz: ¿o no es sabido que por lo menos desde el mandatario Barack Obama hay que atenerse a la vigilancia generalizada, luego de disposiciones tomadas con la anuencia de Biden?). Lo simpático es la nueva forma de la lucha ideológica: no se argumenta nada, no hay el menor apoyo en hechos, sino que se decreta que tal o cual presidente está simple y llanamente fuera de la realidad, es decir, que está loco. El profesor Heinz Dieterich Steffan puede salir en su portal de Aporrea con que Trump es "imprevisible" porque no es "racional", como si no pudiera saberse que, desde luego, el sistema capitalista tiene "su" racionalidad, la de la ganancia, lo que no quiere decir en ningún momento que sea "la" racionalidad.

     El hecho es que el censor, anticomunista y mentiroso serial Jorge Fernández Menéndez salió en las páginas del periódico mexicano Excélsior a justificar la censura contra Trump en nombre de la ley, olvidándose de la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos. En fin, que el periodismo de Fernández Menéndez pasa por "...dicen que en esta estrambótica despedida, Trump tenía en sus planes realizar un ataque sorpresa contra Irán". Ahora, para comenzar, el periodismo se basa en "dicen que...". Resulta que no valieron "los derechos y las libertades", sino que sacar a Trump de las redes sociales no fue contrario a la libertad: "muchas leyes en cualquier democracia -escribió este señor "periodista"- lo hacen priorizando el bien común y el beneficio social, de lo que se trata es de no darle instrumentos a quien está proponiendo la destrucción de las propias instituciones democráticas". ¿Entonces por qué Trump mandó la Guardia Nacional a "limpiar" el Capitolio y permitir que el Congreso siguiera su trabajo? Después de todo, habló lo que se conoce como un burgués cualquiera: dedicado al provecho propio, saca para reprimir el bien común que le importa un bledo . A este ritmo, cabe recordar que es así que aparecen algunos dictadores. Es más, según escribió el columnista: "no se trata de coartar libertades, se trata de proteger a la sociedad de grupos y personas que conspiran contra ellas". Exactamente: es lo que alega cualquier dictadura. De remate, Fernández Menéndez, quien no sabe ni por qué se refugió en México, al parecer, dijo: "muchos de estos movimientos están manejados por servicios de inteligencia externos". Muy bien: entonces fue algo así como "la mano del Kremlin" la que hizo que algunos se abalanzaran al Capitolio como si se tratara de entrar a un concierto de Beyoncé, misma actitud con la que actuaron los policías presentes. No faltó quien hizo notar, puesto que se saca provecho de todo, la contradicción del mandatario mexicano Andrés Manuel López Obrador: criticar la censura contra Trump y "prohibir la libertad de expresión en la prensa mexicana". ¿Hay un solo caso, uno solo, en el que se haya prohibido (prohibir: "vedar o impedir el uso o la ejecución de algo") la libertad de expresión en la prensa mexicana? Si lo hubiera, hay muchos que no podrían estar aprovechando espacios para ulular cualquier cosa. Pero están, como en la lengua del Tercer Reich, en la fascinación del superlativo: esperémonos a que la asunción de Biden sea, desde luego, "histórica" y a ser convocados a saber qué creer y qué no según lo que nos metan en la cabeza por nuestro propio bien quienes no se interesan más que en sus ventajas privadas. ¿O es que no se ve a qué intereses han servido los integrantes del gabinete de Biden? Si alguien quiere confundir sus intereses con los de quienes le verán la cara, adelante.

En la foto, el próximo presidente de Estados Unidos. A la izquierda o la derecha, como se prefiera.



domingo, 10 de enero de 2021

EU: CUANDO LOS HECHOS ME DAN FLOJERA...

 En estos días se armó la alharaca por la "toma del Capitolio" en la capital estadounidense. En México, y mientras el presidente vasallo argentino Alberto Fernández salía a lamentar el hecho, no faltaron los pseudoperiodistas que festinaron que se le hayan cerrado las redes sociales al mandatario de Estados Unidos, Donald Trump, sobre todo Twitter, aunque también en menor medida Facebook e Instagram. Se dice "pseudoperiodistas" porque no indagan jamás por cuenta propia y para beneficio del público (compinches aparte), y esta vez agasajaron a los lectores -si los tienen más allá de sus amigotes- con sus opiniones sin respaldo y su aprobación de la censura. Entre ellos hay gente que en ningún momento ha sido censurada por el gobierno mexicano de Andrés Manuel López Obrador, pese a que lo atacan de una manera no muy limpia que digamos. Ningún chile les embona y parecen dispuestos a pasarse todo el sexenio así, un día sí y el otro también, pero aspirando además a que no haya derecho a réplica.

       El día de los hechos del Capitolio, le había correspondido a Trump dar la orden de que la Guardia Nacional vigilara Washington, la capital estadounidense. Se iba a dar en el Congreso, no sin cierta discusión, el último paso para que el Demócrata Joseph Biden quedara como presidente electo de Estados Unidos. Algunos se iban a oponer, como parte de un debate totalmente legal, y son los mismos que el pseudorefugiado salvadoreño-cosmopolita en Canadá, Leo Arguello, delató como "sediciosos" con nombre y fotografía en su cuenta de Twitter, siguiendo a The New York Times. No había nada de ilegal en que quienes así lo quisieran se manifestaran contra Biden en el debate y la votación del Congreso. "Sedición" e "insurrección" fue lo mismo que alegó Biden ante hechos mínimos que en todo caso sirvieron, vaya casualidad, para volver a acallar las discrepancias ante quienes se han eregido en "La Democracia" (y por cierto que también en "La Ciencia" e incluso "La Realidad"). Hasta ahora, nadie ha podido probar en los hechos que Trump haya cometido actos fascistas -fuera de aquéllos yo me puedo declarar el marido de la reina de Inglaterra, y lo podemos discutir sin problema- .

      Quienes pudieron acceder al Capitolio para hacer desmanes, condenados tanto por Trump como por su hija Ivanka, de manera totalmente explícita, lograron extrañamente burlar la seguridad del lugar, que corría a cargo de la policía y agentes federales. Ya dentro del Capitolio, quienes entraron a comportarse como vándalos fueron guiados  hacia áreas designadas por quienes custodiaban el lugar. ¿Por qué? El resultado fue una muy buena manera de impedir mediante la intimidación que se diera cualquier discusión en el Congreso. Si se trataba de provocar para acallar, funcionó. Curiosamente, coincide con la manera de delatar ya descrita. ¿O es que acaso no hay coincidencia?

      El asunto podría quedar como "teoría de la conspiración" en la cabeza de quienes ahora ejercen como censores implacables y como delatores,  si no hubieran otros elementos. La gente que entró al Capitolio no fue sino una mínima parte de la que estaba en una manifestación pro-Trump, que se daba de manera pacífica (como todas las anteriores), según quedó fotografiado y filmado en vídeo, a pesar de que, extrañamente, Facebook se las ingenió para borrar estas pruebas, después de un anuncio explícito de que lo haría. ¿Por qué? Si las cosas estaban transcurriendo de manera pacífica, por cierto que a diferencia de las formas de protestar de Antifa o Black Lives Matter en Minneapolis, Chicago, Detroit, Seattle, Portland o Atlanta (la gente que es reivindicada por el lópezobradorista John Ackerman en Russia Today, para que no haya modo de perderse), ¿entonces qué sucedió? El problema es que está filmado: aparecieron entre la gente agitadores que empujaron a algunos a entrar al Capitolio. Está filmado, insistamos, y dada la censura, la filmación quedó resguardada en manos del profesor Mark Crispin, de la universidad de Nueva York, por seguridad. Lo extraño, también, es que quienes aparecieron para agitar lo hicieron, atención, insultando a los seguidores de Trump, por lo que en realidad se suscitaron enfrentamientos verbales. Según las descripciones y filmaciones disponibles, así fue como los agitadores, a modo de anzuelo, fueron atrayendo a una parte de los manifestantes pro-Trump hacia el Capitolio, donde finalmente se encontraron. Por cierto, no hubo destrozos en el Capitolio, pese a que, nótese bien, gente pro-Trump hizo notar que había personas que no eran simpatizantes del mandatario llamando a cometer desmanes, contra la voluntad de los partidarios del presidente actual. Hay testimonios de que partidarios de Trump declararon abiertamente no estar de acuerdo con lo que estaba ocurriendo.  De distintas maneras, seguidores pro-Trump estaban siendo instigados con el anzuelo de insultarlos y al mismo tiempo azuzarlos al desquite hasta llegar dentro del Capitolio. Aún así, los seguidores de Trump no dañaron el lugar. Todavía se puede esperar al infinito a que la Oficina Federal de Investigación (FBI, por sus siglas en inglés) haga algo mínimo contra el vandalismo y las muertes que provocaron Antifa y Black Lives Matter. Estamos hablando de cómo sucedieron las cosas, no de si nos gusta o no Trump.

      Repitamos: a final de cuentas, fue Trump quien llamó a la Guardia Nacional para terminar de "limpiar" y pidió a quienes estaban dentro del Capitolio que se fueran a casa. Lo que desemboca también en lo extraño es que muchos de quienes opinaron llamando a seguir con el linchamiento de Trump no se hayan apoyado en una reconstitución de los hechos. Hay más, puesto que se sabía que, librado el escollo de la Corte Suprema, el Proyecto para la Integridad de la Transición, destinado a bloquear a Trump como fuera, lo estaba esperando en el Congreso, en particular con Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes. En efecto, llamó al Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas estadounidenses a "quitarle el botón nuclear a Trump" (¿cree Pelosi que el presidente lanzará la bomba atómica en los jardines de la Casa Blanca el día de la asunción de Biden?) y la mayoría Demócrata volvió sobre el tema del impeachment. Es posible demostrar que ésto ya estaba planeado desde antes de las elecciones y el tema fue tratado en este blog. De nueva cuenta, cabría preguntarles a quienes llamaron a la censura, como el "mexicano"-cosmopolita y megamalinchista "periodista cultural" Ariel González Jiménez, si son los dueños en exclusiva de la democracia -o creen en el fondo que lo son del poder, lo que es muy distinto- y piensan seguir en este tenor, sin apegarse a los hechos y amenazando con actos concretos a quienes discrepan o contradicen, o incluso a quienes refieren los hechos mismos: porque, que se sepa,  no se le impide a este grupo de compinches decir lo que se les pegue la gana, y Trump, salvo que alguien tenga el tupé de querer mostrar lo contrario, no persiguió a nadie (Noam Chomsky, pongamos por caso, para la embrutecida izquierda progresista, considerando que González Jiménez y el rotativo mexicano de izquierda La Jornada dijeron exactamente lo mismo sobre Trump y el asunto del Capitolio). La censura, con todo, no está mal, ya que obliga a pensar lo que se dice y a tener un mínimo de cuidado al escribir, más si se tienen enemistades (lo cual tampoco está mal). Con la libertad de expresión absoluta, en cambio, cualquiera, sin tomarse el esfuerzo o el trabajo de fundamentar lo que dice, se cree con el derecho a transgredir los límites, suponiendo que los conozca,y a tener garantizada la impunidad. ¿Es lo que viene con Biden, y por qué habría que callar ante quienes llaman a taparle la boca a quien discrepa o incluso contradice? ¿Es un llamado al vasallaje?¿La democracia es unanimidad, o una conformidad con lo existente que autoriza a descalificar de entrada a cualquiera que no acepte dicha unanimidad, e incluso a llamar al linchamiento de quien intente el menor cambio?Tal vez para algunos no sea más que la manera de "ser alguien en la vida" dándoselas de interesantes. No son representativos de nada, ni de su propio esfuerzo, porque no es opinión bien fundada,  pero debe quedar claro que no se detuvieron a la hora de pasar de la amenaza a la censura, como antes al linchamiento,  para lo que les bastó hacer una caricatura de mala fe del contrincante, tratándolo como violento - promotor del "odio", etcétera, según el semanario mexicano Proceso que incluso habla en nombre de "El Mundo"- al margen de los hechos. Esta forma de proceder, no exenta de ingredientes protofascistas, es violencia y es legítimo advertirlo. No es ninguna muestra de tolerancia en los actos, y sí de un modo de escudarse en el poder, real o supuesto, para hacer cosas como acallar o delatar, cuando no de llamar a la represión contra la "sedición" (Biden) o el "terrorismo" (Pelosi). Queda la advertencia para quienes permitieron que ocurriera y no dijeron nada. ¿Se van a estar el sexenio y los años Demócratas a hablar en nombre de la propiedad en exclusiva de La Democracia, La Realidad, El Mundo, La Ciencia, etcétera, y diciéndole por lo demás a la gente qué sentir y qué no, como el funcionario de Biden que quiere proscribir legalmente lo que sea considerado "discurso de odio"?  (Siempre hay dos lados de una historia, dice la canción...da click en el botón de reproducción).



jueves, 7 de enero de 2021

¿AMOR O EXITO?

 Ya que vuelven en Estados Unidos los Demócratas al gobierno, es de esperar que sus seguidores en América Latina, los progresistas, no regresen a ciertas formas de discurso, destinadas a esquivar sistemáticamente las contradicciones. La contradicción es el principio del movimiento, en cualquier dirección: si no se la asume como tal, lo cual supone (por ejemplo para la misma izquierda progresista) tratar entre otras cosas con errores, el hecho es que aunque la Historia no sea teleológica (con una "causa final") no deja de tener leyes. Una de ellas puede conducir a la putrefacción justamente por no superar la contradicción. Es de lamentar la tendencia de la izquierda no comunista a no hablar de los problemas e incluso de los conflictos, o a reconocerlos apenas "en lo oscurito". No deja de ser extraño que una izquierda progresista en la cual no faltan ni la oratoria ni la retórica no consiga hablar. En estos años de retroceso en varios países, contados son los que lo han hecho algún examen autocrítico del progresismo, por ejemplo el religioso dominico brasileño Frei Betto, sin mayor eco.

     Lo ocurrido con el presidente estadounidense Donald Trump deja más bien otra impresión: quienes se hacen llamar "demócratas liberales" ponen o dejan intactos los mismos grandes intereses, desde los económicos hasta los mediáticos, mientras la izquierda progresista, en algunas de sus versiones (por ejemplo, la del mandatario argentino Alberto Fernández), ayuda con la "marca" que los otros necesitan para vender y dar la impresión de que están en movimiento, cuando en realidad son ultraconservadores y no les importa más que la conservación del statu quo y la idea que se han hecho de él. La contradicción parece así resuelta: los "libertarios" se han reconciliado implícitamente con quienes, siendo conservadores a ultranza, se dicen "liberales". En ambos ya no hay que moverse: se está en un mundo feliz.

     Uno de los primeros en desbarrar en este sentido, algo penoso para un obrero metalúrgico, fue el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva cuando, para forjar alianzas y ganar su cuarta postulación en el 2002, decidió promoverse -con el apoyo de un publicista, Duda Mendonca- como "Lulinha paz e amor", cosa que quiso repetir en 2016 en apoyo a la presidenta Dilma Rousseff. Otro que tuvo que seguir una ruta algo parecida fue el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, que pasó de la "honestidad valiente" de 2006 a la "república amorosa", la "fraternidad universal" y "el fomento de la felicidad" al estilo de la Constitución de Estados Unidos  -explícitamente, según el texto "Fundamentos para una república amorosa", cuyo título no es fácil de tomar en serio. Digamos que el progresismo comenzó a extraviarse mimetizándose con el "buenismo" estadounidense y adoptando una versión local, la beatitud, es decir, la bienaventuranza eterna. Supone justamente la desaparición de todo conflicto, todo problema o toda contradicción. Ni siquiera el comunismo fue planteado así, sino apenas como el "comienzo de la verdadera Historia", pero puede verse lo que ocurrió cuando muchos de los gobernantes socialistas creyeron haber llegado a los caudalosos ríos de leche y miel en esta Tierra (era la promesa del líder soviético Nikita Jrushchov, que amagaba con superar la abundancia estadounidense en 20 años).

      Pareciera haber una confusión del amor y la felicidad con un estado de éxtasis (que es exaltación emocional y mística) o de nirvana (liberación completa del sufrimiento y cese del ciclo de renacimientos). No ha faltado quien desde una perspectiva nacional-popular proponga "perder el miedo a ser feliz", como no faltó en México la Alejandra Barrales que tradujera DF (Distrito Federal, antes) por DF (Derecho a la Felicidad). En realidad, la felicidad no es un estado beatífico: es un estado de satisfacción (y no de bienaventuranza eterna) por una meta alcanzada. Felicidad viene de la palabra "fértil": es cosechar lo que se ha sembrado y por lo mismo se tienen que renovar reiteradamente la meta y el esfuerzo, en vez de instalarse en otra cosa que es el goce. El ser humano es siempre imperfecto, por lo que tiene lo que el psicoanalista Jacques Lacan llamaba "falta en ser" (y no "en tener"), de tal modo que normalmente siempre resiente que "algo falta", y se ve llevado no nada más a nuevas metas, sino a aprender una y otra vez, para lo que son deseables una educación y una cultura que lo acompañen en el crecimiento.

     En la forma de acercamiento entre el conservadurismo y la "marca cultural progresista" (comparten los mismos intereses en más de un tema), puede estar además un defecto adicional: la reducción de "tu DF" a una materialidad más o menos colectiva (la "felicidad del mayor número" de Jeremy Bentham a principios del siglo XIX) desprovista de toda dimensión de aprendizaje espiritual o, si se quiere, de sabiduría para la vida, algo que se logra a través de la experiencia, muchas veces ardua,  y de caminos que no dejan de ser con frecuencia individuales y que deberían ser reconocidos como tales, por mérito.En el izquierdismo progresista no comunista se ha insistido demasiado en una falsa oposición entre comunidad e individuo: contra la enajenación capitalista, una buena comunidad debiera ser la capaz de permitir el florecimiento pleno de las individualidades y de la individuación de cada quien (hasta llegar a comprender la singularidad, lo único e irrepetible de cada uno, y no la uniformización de las conductas), sobre todo si se predica el amor. Este no es nada más una forma de comunión, sino el reconocimiento y el respeto a la interioridad única, individual, de cada uno, y la recompensa a su florecimiento propio.

     En este mismo orden de cosas, en el cual López Obrador en México se ha visto orillado a pregonar cosas de las que no estaba convencido (como le ha ocurrido también en cierto modo al ex presidente ecuatoriano Rafael Correa), una cosa es que el Estado cumpla con sus obligaciones sociales y otra embrollarse en discursos sobre el "bienestar" que, otra vez, corren el riesgo de quedarse en la aspiración material colectiva (y el mismo López Obrador lo sabe), sin educación ni cultura que satisfagan lo que algunos han llamado "deseo metafísico". No sólo de pan vive el Hombre. En la ambiguedad, sin verdadero trabajo educativo y cultural (cultura viene de "cultivo"), es decir, sin "cultivar" nada, puede interpretarse erróneamente el anhelo de bienestar con el simple "bienestar para tu familia" del presidente mexicano Ernesto Zedillo, a cuya sombra creció más de uno del gabinete de López Obrador (Esteban Moctezuma, Olga Sánchez Cordero, pero también Juan Ramón de la Fuente). Hay una dimensión que falta y que más de uno cree que es para después, cuando todos estén saciados: es probablemente una visión errónea del Hombre y, a fin de cuentas, prueba de que a la época actual le falta el humanismo que en la Historia ha sido el precursor de cambios de trascendencia. Lo fue del advenimiento del capitalismo, por ejemplo. Se puede seguir en busca de la utopía, quijotescamente: como se sabe, está "en ninguna parte" y ni siquiera vale la pena sacrificarle la individualidad y el amor concretos. Poner el ejemplo de alguna espiritualidad antes que de la acumulación material era para ayer, incluyendo a los funcionarios y simpatizantes lópezobradoristas que desconocen la honrada medianía y estafan así al mandatario y al servicio público.

Que no haya equívoco, el siguiente no deja de ser un himno empresarial, al proyectar sobre la decencia ordinaria el tan llevado y traído "éxito", de éso no se trata:

PD: pese a lo que está ocurriendo con este blog, creemos en la posibilidad de ser respetados y no ser relegados a las profundidades de los motores de búsqueda hasta desaparecer por la censura sutil (puesto que llegamos a distintos lugares del mundo) por no pensar "como es debido" para las empresas GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft) y los chacales locales que han instigado a cortar Twitter, Facebook o Youtube a quienes son designados como "enemigos de la democracia" o, como lo ha hecho el Demócrata Joseph Biden, "sediciosos"..


 

martes, 5 de enero de 2021

MEXICO: ESO NO SE HACE

 Como era en buena medida de esperarse, la Guía ética para la transformación de México, dada a conocer hace poco por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, no tuvo mayor eco (ni siquiera en el lópezobradorismo) y si lo tuvo, fue casi siempre para recibir críticas, que se hicieron notar sobre todo en periódicos como Milenio. La guía en cuestión no deja de encerrar valores contradictorios y responde en más de un punto, por extraño que parezca, a una visión más "libertaria" del mundo y clasemediera  que otra cosa. No se trata de religión, dicho sea de paso. Con todo, sin que se sepa bien cómo ocurrió en medio del relajo que armó la gente de Argos participante, se colaron algunas preocupaciones que llegan incluso a la raíz de la cultura mexicana, o en todo caso de muchas de sus costumbres.

      Se alegó que el Estado no tiene por qué inmiscuirse en asuntos que serían propios de cada quien, personales, pero el asunto es que los individuos viven en sociedad y no en cabañas aísladas. Desde luego que hay temas totalmente coercitivos si es que se quiere conseguir un mínimo de convivencia civilizada y otra cosa que lo que propone el capitalismo actual, que no es más que la competencia de todos contra todos y la ley de la jungla, llevando además a la desconfianza también de todos contra todos, aunque se la disfrace de "los derechos y las libertades".

     El capitalismo actual está destruyendo bases mínimas que han existido de larga data para asegurar no caer en la jungla. Así por ejemplo, y aunque parezca totalmente secundario, en realidad no es menor el tema de la gratitud que tocó la guía:    "la gratitud es un atributo que dignifica como ningún otro, y su contrario, la ingratitud, degrada como pocos". Desde tiempos muy remotos, el intercambio social se ha basado en el don, pero también en la gratitud (de saber recibirlo y saber devolverlo, reproduciendo el intercambio: saber dar, saber recibir y saber devolver). El capitalismo actual, en sectores enteros de la población, por cierto que no sin influencia estadounidense, ha cambiado las cosas: se ignora al otro (por lo que no hay don de principio), se toma del otro si aparece la ocasión, para ventaja o beneficio personal, se rechaza devolver y se guarda lo obtenido. Esta conducta cada vez más difundida no es más que depredación, así parezca la traducción de alguna elegante "toma de utilidades",  y, si se observa correctamente, tiene algo de animal (aunque hay animales que saben más de gratitud). No se nace humano, uno se hace humano, pero se está perdiendo de vista ante la muy fuerte presencia de esta conducta antisocial que no es otra que la del asaltante de microbús, aunque se crea que es estar in a la moda estadounidense del catch as can (agarra lo que puedas). No es ni siquiera vida, es mera sobrevivencia mal entendida (peor que entre muchos animales). Desde luego, en el estado actual de cosas no se puede obligar a nadie a hacerse humano, pero la conducta antisocial debería ser sancionada y no dejada a "los derechos y libertades" en abstracto (¿los derechos y las libertades del zorro en el gallinero?). La guía tiene toda razón de señalar que es asunto de civilización o barbarie.

     También hay cosas que la tradición popular mexicana condena severamente, aunque se den en el pueblo. "Una forma particularmente perniciosa de la falsedad -dice la guía- es prometer algo y no cumplirlo, o prometer acciones en un sentido y posteriormente actuar en sentido contrario, es decir, faltar a un compromiso adquirido. Existe la traición a la palabra propia , y aún más grave, la traición a la confianza de los demás.". Desde luego que el tema es muy anterior a la llamada "etapa neoliberal" y conlleva una reflexión sobre cimientos culturales basados en la naturalización del engaño. No es cosa de sermón y queda por esperar al valentón que explique lo contrario: éso no se hace, también porque destruye sociedad y hace que prolifere la desconfianza y, en la palabra, el pago con moneda sin valor, por lo que al final la palabra no compromete a nadie a nada Hay algo que Maquiavelo no perdonaba: la traición. Hoy tiene lugar las más de las veces por simple conveniencia y sin que se repare en el significado moral del acto. Pero no faltará desde luego quien se reserve "los derechos y las libertades" de actuar a la pura conveniencia, en simple beneficio propio, y sin reparar siquiera en que se comete una traición.

     Finalmente, lo siguiente: no se debe humillar a nadie. Eso no se hace aunque se considere naturalizado e incluso deseable para hacer gala de poder entre tantos arrastrados entre los fuertes y fuertes con los débiles, también como parte de un problema cultural. Que salgan entonces los de los "derechos y libertades" a decir que se vale no agradecer nunca nada (porque rebaja, porque por poder todo les es debido), faltar a la palabra y humillar. Hay respuestas populares, como la siguiente, lejos de la venganza o el rencor y simplemente por justicia (da click en el botón de reproducción): cualquier persona de pueblo entiende, aunque no tome por ello el camino correcto, muchas veces a falta de la educación familiar y escolar adecuada,  lo que es pasar necesidad y en vez de recibir apoyo ser humillado y engañado con la palabra, y no nos hagamos porque es de lo más común y parte del "folclore de la filosofía local". No es asunto de "preferencias individuales". Es que, en la decencia común, hay cosas que no se hacen, por mandamiento, y da igual que lo recuerde el Estado, más si en la familia y en la escuela se ha llegado a la permisividad total y a tomar la "decencia común", que manda no hacer ciertas cosas, por signo de debilidad y falta de "libertad". En términos de valores, los dizque "demócratas liberales" ya no tienen leyes que prometer: sólo sus "normas consensuadas" por imponer y que no consiguen ir más allá de Isaiah Berlin y lecturas sesgadas de Hannah Arendt, como le ocurre a la revista Letras Libres.


 

     


domingo, 3 de enero de 2021

COSA DE DOS

 A la izquierda actualmente existente, incluyendo la latinoamericana, se le hizo fácil deshacerse del socialismo y el comunismo. No se defienden ni siquiera en Cuba, donde se prefiere seguir en la retórica antiimperialista. Ya se ha dicho, se creyó, sin pensarlo en realidad, que deshacerse del socialismo realmente existente debía salir gratis. El resultado es que quienes constatan que algo no va con el capitalismo no se atreven a mencionar una alternativa concreta. Intuyen que "no pasarán": se les dirá, si vuelven a hablar de socialismo o comunismo, que quieren lo peor para la gente, desde la escasez hasta el terror y la muerte de millones. Así que no salió gratis: no hay alternativa concreta qué levantar, por cierto que ni siquiera con China, país del que cabe legítimamente preguntarse qué tipo de régimen social tiene. En el fondo, es un lugar lleno de contradicciones.

     Y es que hay cosas por distinguir. Una es la experiencia socialista de décadas, por lo menos desde la Revolución de Octubre rusa de 1917. No sirve absolutamente de nada pintarla de rosa, como tampoco descartarla por completo porque supuestamente todo fue negro. No se hace éso ni con el capitalismo. La experiencia socialista fue contradictoria, y ahora hay más elementos para evaluar en qué lo era, a condición de atenderla y no negarla por completo, lo que un buen día el líder cubano Fidel Castro fue el primero en hacer, al decir en 1995 que "nadie sabía qué significaba exactamente la palabra 'socialismo'". Puede decirse que, en Cuba como en otros lugares, "socialismo" significa contradicciones, exactamente igual que ser de izquierda no exime de contradicciones (por ejemplo, declararse marxista y actuar como un señorito aristócrata, etcétera). Mientras no se quiera reconstituir lo ocurrido ni reconocer que la izquierda también está atravesada por contradicciones, no se puede ir mucho más allá de la reivindicación de lo que no sería en el fondo sino un "capitalismo con rostro humano".

      Como sea, nunca existieron regímenes comunistas. Hubieron países socialistas, con muchas contradicciones, encabezados por partidos que con frecuencia se hacían llamar comunistas (no siempre, por cierto). Como lo han sabido siempre en Cuba, no es lo mismo ser de izquierda que ser comunista. Un comunista no es "progresista", no es socialdemócrata, no es partidario del "buen vivir", no es cristiano ni seguidor del Papa Francisco. En 1961, un momento no especialmente bueno, se estableció de todos modos en la Unión Soviética un Código Moral del Constructor del Comunismo. No fue hecho para la felicidad de todos y ni siquiera del mayor número (éso es Jeremy Bentham, utilitarista, y no comunista): el código recompensa el trabajo consciente en bien de la sociedad, premia la ayuda mutua y al mismo tiempo el respeto recíproco entre los Hombres, la honradez y la sinceridad, la sencillez y la modestia en la vida social y privada, pero sanciona la injusticia, el parasitismo (la actitud antisocial), la deshonestidad, el arribismo y el afán de lucro.  No todos los seres humanos son iguales: no lo son el justo y el injusto.

      En realidad, estos valores no están tan alejados de lo que el escritor británico George Orwell terminara por llamar "decencia común", algo que permite "cifrar la esperanza en las personas comunes y corrientes que siempre han sido fieles a su código moral". Para Orwell, diríase que pese a 1984 o Rebelión en la granja, en la humildad y en el trabajo se forja una manera de vivir, un ethos. Se hace ley del trabajar, aprender, transmitir, desarrollar la solidaridad, la honestidad, la amistad, la hospitalidad, hacer el bien, no traicionar, no intrigar y poner estos valores por encima del dinero. Como en el Código referido antes, que habla por ejemplo de velar por la educación de los hijos, se trata en el fondo de lo que el capitalismo en su forma actual está haciendo desaparecer: la existencia de una deuda simbólica con los padres, los vecinos, los amigos, el prójimo, y con una dimensión constrictora, que fija, al igual que el Código, lo que no se puede hacer. Orwell creyó que esta decencia común seguía existiendo entre la gente común y corriente, con una percepción instintiva de lo correcto, pese a haber desaparecido de políticos y por cierto que también de intelectuales y gente en asuntos del "gran mundo", que cree que las cosas deben plegarse a su imagen y que la realidad debe ceder a sus deseos. Hoy, esa forma de "decencia" es algo que, por las características antisociales del capitalismo, ha desaparecido en estratos enteros de la sociedad, transgresores, para los cuales lo ordinario, sí, la decencia ordinaria (o lo que el Código llamó la sencillez y la modestia) no es más que alguna forma de tontería por despreciar. Atención, Orwell no postulaba una "superioridad de los pobres" y el Código Moral del Constructor del Comunismo indicó implícitamente contradicciones: para el escritor británico, se trata de que la gente que está dedicada al trabajo es más honesta que cuando ansía el poder y el reconocimiento. El Código no supone ningún reconocimiento al pobre si no trabaja, es deshonesto o parasita a los demás.

     En suma: no queda claro que todos vayamos en un mismo barco exento de contradicciones, ni siquiera por ser de "izquierdas", y sucede que, más allá de la igualdad formal, cuando existe (tampoco es la regla en el trato), el ser decente ordinario y el que busca poder, reconocimiento o estatus no son lo mismo, sino que se trata de opuestos, en conflicto, en resumen, en contradicción. Ni siquiera es asunto de ideología, aunque intervenga y mucho: lo es  básicamente de valores, aunque la mayor parte de las veces sean actuados sin ser dichos. Dentro de las izquierdas este problema debería ser planteado con toda claridad, y no en muy raros momentos de contrición. Igual para reflexionar (da click en el botón de reproducción).


 

viernes, 1 de enero de 2021

¿TRABAJO O CLASE MEDIA?

 Dado que se trata de proyecciones y del hecho de que el ser humano está facultado para actuar, aunque a veces o con frecuencia no lo haga, no es fácil adivinar el futuro económico, ni es de éso que se debería de tratar. Hay una crisis fuerte, sin duda, de origen previo a la epidemia del SARS-Cov-2 y que muchos califican como la más grave desde la Gran Depresión de 1929, pero hasta ahora no se habla de nueva Depresión. Falta por lo demás el intento del Foro Económico Mundial por echar a andar, so pretexto del virus, la "cuarta revolución industrial" de lleno.

      Lo que se sabe es que, hasta antes de la crisis, no había polarización económica entre el 1 % y el 99 %. Las cosas no son así, y hace no mucho lo que se llama por convención "clase media" se había convertido en poco más de la mitad de la población del planeta. El hecho es de 2018 y por ahora no es posible saber a ciencia cierta si la crisis afectará principalmente a dicha clase. Dato curioso, cerca de la mitad de esa clase media se encontraba concentrada en China (al mismo tiempo, este país tiene, después de Estados Unidos, el mayor número de multimillonarios y ya no tiene pobreza extrema -miseria-, aunque sí pobreza).

      Lo que la "cuarta revolución industrial" puede afectar es el mundo del trabajo, que muy pocos toman en cuenta, partiendo de una vieja idea del trabajo, confundido con el trabajo manual (y entonces el mundo del obrero o del campesino). El planeta tiene unos 7 mil 500 millones de habitantes. Dos mil 200 son niños (y los hay que trabajan). En el mundo existen 3 mil 300 millones de personas empleadas, por lo que, a simple vista y dejando de lado a los niños, el trabajo sigue siendo algo clave. Lo que llama la atención es que no haya más de mil 300 millones de personas con empleos formales (el 61 % de los empleados está en el sector informal, 2 mil millones de personas). Para quien crea que el avance tecnológico implica progreso social, no está de más señalar que lo que en 1970 se producía en 8 horas ahora se consigue en una y media, por lo que, en términos generales, la explotación de quienes trabajan no ha hecho más que agigantarse. Al mismo tiempo, se está cerca de tener el ejército de reserva (de desocupados) más grande en la Historia de la Humanidad. 188 millones de personas están desempleadas, 165 millones no tienen suficiente trabajo remunerado, y 120 millones han abandonado simplemente la búsqueda de trabajo. La presión sobre los trabajadores "incluidos" (formales) es muy fuerte, y es en estas condiciones que se quiere introducir la llamada "cuarta revolución industrial".

     No siempre debería partirse nada más de una clasificación por ingreso. Puede muy bien haber gente trabajadora, e incluso con trabajo formal, que forma parte de la clase media: hace rato que alguien como el filósofo francés Michel Clouscard explicó que "equipamientos" que llegan a considerarse propios de la clase media (el automóvil incluido) forman en realidad parte, en más de un lugar, de lo necesario para el trabajador explotado (un "chaleco amarillo", por ejemplo). Es probable que haya más explotados de lo que se piensa (pobres y explotados no son lo mismo), pero también menos productivos de lo que se cree, si se recurre a la distinción entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Más explotación, más carga sobre quienes trabajan, pero también más parásitos y un inquietante y muy grande mundo de antisociales. En estas condiciones, el abandono de los intereses de los trabajadores puede querer decir también el giro de las prioridades hacia los más acomodados, una parte de la clase media y hasta formas del lumpen. No se presenta directamente así, pero en muchos países basta con ver la formas de las votaciones, con frecuencia muy divididas, para constatar que algo está pasando incluso más allá de izquierdas y derechas, entre quienes caen en lo antisocial y quienes, más ligados al trabajo, aspiran al rescate de algo así como la common decency (decencia común) a la que se refiriera alguna vez el escritor británico George Orwell.

     No queda claro por qué que, partiendo del ingreso y no del trabajo (productivo e improductivo), se tendría que estar siguiendo a Estados Unidos, y en particular a los Demócratas, en pro de una política a favor del "alma", la clase media. Se puede muy bien abarcar al mundo del trabajo desde los empleados pobres y los de ingresos mejores hasta - dentro de ciertos límites - los empresarios con sentido del trabajo y ajenos por ende a la especulación y la ganancia depredadora y fácil. No queda entonces claro por qué la izquierda se ha extraviado: la reivindicación del trabajo decente da para una alianza amplia, y no es asunto, a la china (si ha de seguirse al siempre errado en sus pronósticos profesor Heinz Dieterich Steffan), de colmar a una clase media que en el país asiático está por cierto muy ligada a privilegios partidarios y burocráticos, con una bonanza dudosa. En momento, para evitar seguir cayendo en la decadencia, se dirime entre quienes pueden aspirar a esa "decencia común" y quienes creen que igual es válido ser antisocial: los especuladores, una parte de la clase media y los marginales y lumpen. Cierto es que el mundo del trabajo es más precario, sobre todo desde la no calculada ni muy mencionada consecuencia catastrófica del derrumbe socialista: ha sido la posibilidad para las corporaciones de desplazar empleos a países en remate (y habría que ver qué papel ha jugado China en este fenómeno, aunque ahora la mano de obra sea más barata en Vietnam o Camboya). Como no podía ser de otra manera, lo que buena parte de la clase media (y de la izquierda clasemediera) vivió después de todo como un alivio largamente esperado resultó en un verdadero quebradero de cabeza para el mundo de los trabajadores. Que estén "invisibilizados" no quiere decir que no sean quienes sostienen a cualquier sociedad, en mayor o menor medida. Quien crea que se vive de la familia y no del trabajo no hace más que cometer un error, por lo demás típico de sociedades mafiosas. El hecho es que lo planteado por el marxismo y el comunismo sigue ahí: es, básicamente, la diferencia entre quienes aspiran a vivir de su trabajo, de preferencia decente, y quienes le han apostado todo al culto de la actitud antisocial, preparada desde la segunda posguerra o incluso antes pero que floreció a partir de los años '80 y se considera hoy hegemónica. El show sobre la supuesta "hegemonía de la clase media" y su "alma" debería encontrar límites, y no es porque se vuelve mayoritaria que la conducta antisocial se justifica. No todo el mundo puede ser el Estados Unidos que se fuma el Demócrata Joseph Biden, ni la bonanza que se fuman los privilegiados del partido y el aparato en China. También hay otras formas de vivir. Y lo puede recordar esta canción de Victor Jara (da click en el botón de reproducción).



AQUÍ NO HA PASADO NADA

 Hablar de la caída de la Unión Soviética, en 1991, es un asunto tabú en lo que se conoce como "Occidente", y se reduce a reaccion...