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martes, 14 de diciembre de 2021

MÉXICO: PROVINCIANOS EN ACCIÓN

 Algo está pasando con la intelectualidad que no queda claro qué significan para ésta ciertas palabras. El poeta mexicano Javier Sicilia, por ejemplo, escribió recientemente algo que parece querer buscar alguna forma de "trascendencia": "guardando las debidas proporciones", según las propias palabras del señor, resulta que el tipo de relación del mandatario Andrés Manuel López Obrador (AMLO) con "la masa" es semejante a la de Adolfo Hitler. Bueno, "ciertamente AMLO no es Hitler", dice el poeta, pero al final, pues ya no se aguanta, demostrando de paso una mala lectura de Elías Canetti: "ciertamente AMLO no es Hitler, dicta Sicilia, y prosigue -carece de su genio y de la disciplina de masas del nazismo-, pero tiene su psicología y hay que temerla". Y prosigue: "creer que las elecciones le pondrán un alto a la Cuarta Transformación, esa versión mexica del Tercer Reich, o que la izquierda podrá enderezar su intoxicado sueño, es no haber entendido el horror que vivimos". Después de todo, está demostrado que uno puede hacer cualquier correlación, como la siguiente: si aparecen sapos después de la lluvia, es que llueven sapos. Lo que pudiera ocurrir es que, como buena parte del lópezobradorismo ("Juntos haremos Historia"), y por momentos como el mismo López Obrador, Sicilia no resiste la tentación de querer trascender anticipándose al dictado del tiempo, para lo que necesita cubrirse de alguna gloria: seguramente, la de un tipo de heroico luchador antifascista, a menos que nada más esté haciendo performance para los amigos.

      En este clima sale el siempre dudoso Sergio Aguayo en el periódico Reforma con un "Ecos del 68": por el problema suscitado con el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), Aguayo primero dicta que "hay ecos del 68 por el menosprecio a estudiantes y académicos, en los modos autoritarios y en la negativa al diálogo". Pues puede ser, de la misma manera en que, en rigor, no es lo mejor, siguiendo a Sicilia, la pasión de AMLO ya presidente por dar informes anuales en un mítin en el Zócalo capitalino, como activista. Pero Aguayo, a fin de cuentas, tampoco puede aguantarse las "ganas": tuitea que el gobierno mexicano actual replica los modos practicados "por Gustavo Díaz Ordaz", presidente mexicano en el 68. Digamos que el paralelo está un poquito fuera de lugar. No hay nada en López Obrador que lo asemeje a Díaz Ordaz, ni la cara (para suerte del tabasqueño, digamos), ni el tipo de amantes, ni de vínculos con la embajada estadounidense y la Central de Inteligencia Americana (CIA), ni con el Estado Mayor Presidencial, absolutamente nada: la policía, es más, cuida las protestas de miembros del CIDE, según lo reconoce alguien que las encabeza, felicitando a la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, quien por lo demás hace ya rato que disolvió el cuerpo de granaderos. Cabe preguntarse, como en el caso de Sicilia, si Aguayo quiere también decir "algo muy trascendente" y "glorioso", o si quiso quedar bien parado ante algún grupo de amigos, puestos en coro a demostrar que AMLO es la antidemocracia ambulante. O el último de los tontos, a partir del momento en que Aguayo niega su tuit y pide de AMLO comprensión lectora.

     La epopeya no acaba aquí. Entrevistado por Carlos Loret de Mola, cuya nueva barbita lo hace lucir como el delincuente que es (practica el fraude procesal a sabiendas de que no se castiga en México lo que en Estados Unidos representa 20 años de cárcel, por perjurio), el académico del CIDE, Jean Meyer, más intelectual que académico, cree ver en los problemas con ese centro de enseñanza la mano de los "duros" del lópezobradorismo alineados con Cuba, Venezuela, Nicaragua y el Foro de Sao Paulo, aunque muy a lo sumo está la "línea" de otro intelectual, Lorenzo Meyer, de lo más moderado, e incapaz de salir a la calle sin citar a algún autor estadounidense. Hay que tomar nota: Meyer (Jean), especialista en este tipo de cosas, dice ver "ideología" en la "agresión contra la inteligencia" y ver igualmente a un "grupo compacto ideológico" detrás del "ataque".

     Loret adivina de qué se trata y busca imaginarse un "movimiento estudiantil" por el asunto del CIDE, a ver si hay rating el año próximo, desde que la derecha le ha robado a la izquierda sus banderas. Loret a las barricadas; Loret defendiendo al mundo -lo dice- del "macartismo" del gobierno mexicano.  Loret anti autoritario, libertario y cualquier día de estos incendiario, como para pasar por revolucionario.

     Meyer es igualmente "fino", y el tipo de extranjero que hace rato ha comprendido que jugando ciertas reglas se puede lograr el apoyo del malinchismo, mientras la xenofobia se reserva para quien no las juega (es decir: la extranjería es tan solo otro pretexto más para ubicarse ante el poder y saber quién es fregón y quién está fregado). Basta con ver el curriculum de Meyer: incluye como mérito a la persona con quien está casado, y 72 libros. Dado que nuestra gloria ambulante tiene 79 años, puede suponerse que comenzó a escribir a los siete años, o si no, que su ritmo de escritura deja pensar que el mundo no es muy serio en sus cosas. A decir verdad, este hombre al que Fernando Benítez llamara "panegírico de los cristeros" no debiera tener el monopolio sobre cierta etapa de la historia de México que incluye otros intérpretes, valiosos.... "La Cristiada" ni siquiera es una expresión correcta, como lo hiciera notar Benítez. No es el único hit de Jean Meyer: en el momento de la caída de la Unión Soviética, logró colocarse como especialista en el tema y, desde luego, como acérrimo anticomunista, lo que ya dejaría suponer cierto grado de ideologización, salvo que los comunistas sean los únicos que hagan ideología, en cuyo caso se la confunde con propaganda. Muy hábil: el sistema triunfante no hace propaganda; simplemente hace publicidad. El hecho es que el libro Rusia y sus imperios, del mismo Jean Meyer, está lejos de ser una gran obra. Difícilmente pasaría en Francia.

     Así pues, Jean Meyer ha sabido hacer lo que el poder podía esperar de él y obtener a cambio privilegios. Tiene en su haber años y más años de dirigir la revista de Historia del CIDE, Istor.  Cualquiera que haya seguido la trayectoria de esta revista puede darse cuenta de que Meyer es por completo ajeno a la pluralidad y dado a crear un "grupo compacto" con una clara dedicatoria ideológica. No es que todo sea rechazable, pero la "línea" difícilmente puede negarse. De este modo, Jean Meyer, el hombre que se queja de "la ideología", no se inmuta cuando hace la suya, salvo que se quiera considerar el anticomunismo sistemático como ciencia pura y dura, en cuyo caso el senador Joseph McCarthy debe ser considerado seguramente un gran científico. Otros hechos apuntan a pensar que Meyer está lejos de ignorar lo que hace, sino que ha decidido jugar las reglas del poder: así se cuelan artículos como los de Gilles Bataillon sobre Nicaragua en la misma línea de ataque, pero con flagrantes problemas para conseguir la mínima labor imparcial que debiera ser la de un científico social. De repente, puede pensarse que Bataillon es un protegido de Meyer que al mismo tiempo la emprende contra las costumbres clientelares nicaraguenses. Puede seguirse: negando toda fuente alternativa de información seria, basada en investigación de archivos, Meyer por aquí y Meyer por acá se presenta en el Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México a expectorar, siempre con el anticomunismo por delante, supuestas verdades sobre la masacre de Katyn. No es difícil, siguiéndolo en su columna en el periódico mexicano El Universal, darse cuenta de que a Meyer el anticomunismo le impide reconstituir hasta hechos y cronologías obvias. Como sea, el tipo ha comprendido las reglas del juego y ha aceptado jugarlas, tal vez creyendo "adaptarse culturalmente": sabe prestarse, cualidad tan apreciada en la corrupción. Digamos en todo caso que su manejo de Istor, entre otras cosas, no tiene mucho de democrático y sí en cambio de elitista. Siendo boomer, es posible tener el espíritu de McCarthy y salir a la calle a movilizar estudiantes contra el autoritarismo. Es su verdad: una persona de convicciones, aunque totalmente ideologizadas y al servicio de poderes corruptos, al grado de ser capaz de celebrar a un periodista de la calaña de Carlos Marín, tal vez para conjuntar, como es habitual, la más refinada mala fe con la grosería maliciosa. Se trata de cinismo.

      No debiera rechazarse todo lo hecho por la intelectualidad de la oposición mexicana. No faltan cosas valiosas y no se puede reducir a Enrique Krauze a plagiario, a Jorge G. Castañeda a converso o incluso a Héctor Aguilar Camín a chayotero mayor del seductor de la patria. Sucede con todo que tiende a imponerse entre esta gente lo que tanto ha criticado el mismo Krauze, y con razón, puesto que también está presente en la izquierda y en el lópezobradorismo intelectual: el hábito del "coro de los amigos" que, llegado el momento, puede más que la inteligencia o el talento, y que, sin que aparezca forzosamente como tal, no deja de ser maniobra de poder dispuesta a pasar hasta sobre las evidencias. Es a fin de cuentas una inteligencia propia del subdesarrollo, pese a su megalomanía, y sale a relucir desde Sicilia hasta Aguayo, pasando por el ubicuo Meyer. Sigue siendo inentendible que López Obrador se enrede en discusiones con gente que no es representativa más que del poder de su pequeña clientela, y al margen de lo que pueda ser de interés para la mayoría de los mexicanos. Si después de la lluvia aparecen sapos, es que llovieron sapos. Así que he aquí otra versión de la República Amorosa (da click en el botón de reproducción).



lunes, 13 de diciembre de 2021

HAITÍ: MESES DESPUÉS...

 Poco a poco y sin que importe mayormente se han ido aclarando las posibles causas del asesinato del presidente haitiano Jovenel Moise, en julio pasado. Moise fue elegido no tanto por el pueblo haitiano como por la mano de su antecesor, Michel Martelly, imposibilitado para un nuevo periodo presidencial, pero que piensa ahora en volver a competir. Para la mujer de Martelly, Moise era "una propiedad". Y resulta que el cuñado de Martelly, Charles Saint-Rémy, Kiko, es considerado hasta hoy como uno de los grandes narcotraficantes de Haití. Este país se ha convertido en una ruta importante de trasiego de estupefacientes de Sudamérica hacia Estados Unidos.

     Martelly protegía al narcotráfico, como lo probó el caso de Evinx Daniel. Haití permitía el paso de droga en pistas de aterrizaje como las de Savane Diane, en puertos y lavaba dinero a través de la industria de anguilas. Moise, favorecido en un principio con el gobierno de Martelly para la agroindustria del banano, parece haber ido descubriendo el alcance del entramado en torno a Martelly y los oligarcas y grandes políticos haitianos. Incluso Dimitri Hérard, jefe de seguridad de Moise, era hombre de Martelly y estaba involucrado en negocios turbios, incluyendo el gran tráfico de droga a través de la capital haitiana, Puerto Príncipe. Como ocurre en casos similares, los estadounidenses estaban metidos a su manera, por lo que llegó a llamar la atención la ineficacia de la DEA (Drug Enforcement Agency, o Agencia para el Control de Drogas) en el país caribeño.

      Moise se quejaba de los oligarcas haitianos. Por lo demás, había tenido roces indirectos con Martelly, apodado Sweet Micky, ya que también es cantante. Moise también había tenido roces con Hérard.

      La noche del crimen, los asesinos pudieron entrar sin ser incomodados a la residencia de Moise. La seguridad estaba a cargo de Hérard. Los mismos asesinos, en su mayoría colombianos, luego de matar a Moise y creyendo muerta a su esposa Martine, que los oyó, hurgaron la residencia "en busca de algo", hasta que uno gritó "!aquí está!".

     Lo que ya se sabe es que Moise confió a allegados estrictamente suyos la confección de una lista de los principales traficantes de droga y de armas de Haití, con la idea de entregarla a Estados Unidos. Sería entonces esa lista lo que buscaban los asesinos, además de castigar a Moise por su intento de independencia. Los mismos arrestados han confesado qué era lo que estaban buscando. Moise estaba entre otros tras Saint-Rémy y su tapadera de industria de anguilas. Moise quería igualmente expropiar un puerto de gente cercana a Martelly y donde había tráfico de armas. Moise quería que los puertos inspeccionaran y pusieran impuestos a las importaciones portuarias de Saint-Rémy.

     El actual primer ministro haitiano, Ariel Henry, fue colocado por voluntad del llamado Core Group (Estados Unidos, Canadá, Unión Europea, Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos), y contra el anterior primer ministro, Claude Joseph. Joseph Félix Badio, uno de los jefes del grupo que asesinó a Moise, antiguo informante de la DEA, llamó en varias ocasiones a Henry pocos días y horas antes de que el mismo Moise fuera ejecutado. Henry está rodeado de gente sospechosa de narcotráfico, como Berto Dorcé.

     Lo que se desprende de lo anterior es, en toda lógica, decir desde la izquierda y hasta el cansancio que "Haití fue el primer país latinoamericano en dejar de ser colonia",  y desde los "demócratas liberales", obviando incluso las ramificaciones del crimen que llevan hasta la Colombia del presidente Iván Duque, que es hora de la libertad en Cuba y Nicaragua. Los dejamos con Sweet Micky (da click en el botón de reproducción):


 

   

viernes, 10 de diciembre de 2021

HERENCIAS POPULISTAS

 Una de las características del populismo clásico estriba en cooptar a la gente, la "masa", de tal forma que que ésta tiende a instalarse en la apatía y, en sectores de clase media, a llegar a la indiferencia.

     La ex presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, llegó a observar algo atónita que los brasileños pobres que habían dejado de serlo gracias a programas gubernamentales no se sentían comprometidos con el gobierno: preferían dar gracias a Dios y al esfuerzo personal. Rechazaron la candidatura de Fernando Haddad en las últimas elecciones presidenciales, pero pareciera que, al margen del Partido de los Trabajadores (el mismo que postuló a Haddad), estuvieran dispuestos a volcarse en un apoyo casi ciego a Luiz Inácio Lula da Silva, si volviera a presentarse.

      En Argentina las cosas no van mejor, dado que la derecha de Mauricio Macri ha ido recuperando terreno al mismo tiempo que el peronismo lo pierde, más en su versión moderada con el actual mandatario Alberto Fernández. La "razón populista" de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe no parece del todo convincente.

     En México, el lópezobradorismo ya tiene en contra a buena parte de la clase media que lo encumbró en 2018, sobre todo en la capital, la Ciudad de México. El "pueblo", así de indiferenciado, recoge programas sociales pero, como ha ocurrido a raíz de las nuevas leyes laborales, tiene la vieja incapacidad de organizarse en provecho propio, al grado de ni siquiera saber servirse de leyes que le benefician, por ejemplo para crear sindicatos independientes.

      Los populismos clásicos suelen dejar una estela de corrupción que permea a distintas capas de la sociedad, y aquéllos se han caracterizado por un castigo durísimo a la acción independiente. La diferencia entre el populismo mexicano, surgido con el presidente Lázaro Cárdenas entre 1934 y 1940 (Cárdenas tomó la "precaución" de deshacerse de todos los criterios independientes, desde el del ex presidente Plutarco Elías Calles hasta el de Francisco J. Múgica, pasando por Tomás Garrido Canabal), y los populismos argentino y brasileño es que el primero fue producto de una revolución desde abajo, la Revolución Mexicana, y no de golpes desde arriba, por lo demás con fuertes ingredientes fascistoides y anticomunistas. En Brasil, Getúlio Vargas entregó a la Alemania nazi a Olga Benario, la esposa judía del militar y líder comunista Luis Carlos Prestes. Los coqueteos del argentino Juan Domingo Perón con el nazi-fascismo son imposibles de ocultar. Y con todo, en México se proscribió a los comunistas y a movimientos independientes como el de los ferrocarrileros. No es con todos estos antecedentes que se sientan las bases de una sociedad democrática desde abajo (no por decreto desde arriba), ni de competencia de ideas.

     A juzgar por Agenda Argentina, Fernández llegó sin demasiadas ideas claras a la presidencia. Era hora de "correrse hacia el centro" para ganar electorado. Hace rato que Lula hizo cosas similares, al grado de ser hoy candidato de la socialdemocracia del Parlamento Europeo. Con el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, falto de equipo profesional y con visión de país, hay de todos modos un matiz: la idea es acabar con el típico Estado latinoamericano del siglo XX y principios del XXI, que sirve de principal vehículo para enriquecerse al no poderse empezar desde abajo dada la estrechez del mercado interno (nacional). Esta perspectiva es compartida con el presidente salvadoreño Nayib Bukele. La idea probablemente haya sido entendida a nivel intuitivo por parte no desdeñable de las sociedades de ambos países, aunque tienen circunstancias algo distintas.

     El problema suele seguir siendo el heredado del populismo clásico: la carencia de voces independientes, mal vistas, como si una contradicción fuera una ofensa o el riesgo inminente del estallido de un conflicto, y la incapacidad entonces para un verdadero debate democrático que rebase el nivel de pleito de verduleras, de lo que para nada está exenta una oposición como la mexicana, totalmente incapaz de levantar un programa para la nación. El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, es el "histeriquito" que tampoco se conduce mejor, y Macri en Argentina ya demostró que no conoce "de otra".

     La democracia no es un decreto desde arriba, una oferta estadounidense o algo monomaniaco sobre "los derechos y las libertades": es un proceso desde abajo y que implica no la "tolerancia en la pluralidad", de tal modo que cada quien se suelte el monólogo que más le plazca, sino la búsqueda de la verdad en el debate de buena fe (completamente ausente en la oposición mexicana y en prácticamente toda la intelectualidad lópezobradorista), realmente abierto a la escucha y no en medio de la apatía y la indiferencia de muchos. Se trata de deliberación: difícilmente puede haberla cuando se busca más bien "quién grita más fuerte" o es el mejor para los sombrerazos y las imposiciones, como ocurre con los medios de comunicación masiva, parte de las redes sociales y los poderes económicos que están detrás y no tienen más que ventrílocuos. No es con una herencia de "hablar para acallar" -o "marear el punto"- que se está en democracia, ni con lo que el ex mandatario ecuatoriano Rafael Correa ha llamado el "estado de opinión", en el que cualquiera puede decir absolutamente cualquier cosa.



miércoles, 8 de diciembre de 2021

SER ALGUIEN EN LA VIDA

 No es un secreto para quien haya leído textos marxistas que los valores dominantes de una época suelen ser los de la clase dominante. Dicho así, el asunto es de lo más general. Lo que no debiera dejar mayor lugar a dudas es que los valores dominantes de la época actual son en buena medida los del hombre de negocios, por lo demás satisfecho de sí mismo luego de la caída del sovietismo y la apertura de China.

      Se trata de valores particulares, porque, pese al imperio de los medios de comunicación masiva y las redes sociales, no toda la sociedad comparte aquéllos, aunque sea porque cualquiera que pase necesidad y/o explotación puede darse cuenta de que no tiene para sí demasiados "derechos y libertades", más que en abstracto. Ya se ha dicho, se trata del derecho y la libertad de hacer lo que más convenga, y no todo el mundo puede regirse por su estricta conveniencia: de manera muy simple, una cajera de supermercado o una trabajadora de una industria maquiladora no pueden dejar de trabajar a la hora que más "les convenga" o, para decirlo más chuscamente, cuanto el esfuerzo y el salario han alcanzado su "punto de equilibrio en el margen". Tampoco tienen muchos derechos que digamos.Hay gente que acusa al marxismo de libresco sin percatarse, al parecer, de que el comportamiento humano no se rige por la microeconomía y la elección supuestamente racional. Tal vez más de uno, al seguir los dictados de su sacrosanta conveniencia, no se haya dado cuenta de que está aplicando un modelo sin entender por qué choca con la realidad y de ésta brotan hasta "populistas", "neofascistas" y otros...síntomas.

     El hombre de negocios goza de derechos y libertades, sin duda (hasta derechos a la impunidad, llegado el caso), actúa a su conveniencia, porque le parece lo más "obvio", y ello implica que haga pasar todo lo que pueda por el filtro del análisis costo/beneficio, traducción de la conveniencia: ganar lo máximo perdiendo lo mínimo, otra "evidencia", que llega sin mayores dificultades a : recibir lo máximo dando lo mínimo. Esta forma de calcular, que no significa pensar, pasa bajo muchas formas de "adaptación" y de lo que se entiende por el "magnífico" pragmatismo, desde el cual se dicta la sospecha de que es preferible cuidarse de cualquier "ideal", más si pretende ser "superior". Es de suponer que ya se ha dicho hasta la saciedad que en estas gloriosas condiciones, no puede pretenderse que haya nada superior a lo que hay actualmente, por lo que no vale creer en "utopías" socialistas, comunistas, etcétera, que como lo indica la palabra misma, "utopía", significan "en ninguna parte". No queda más que hacer esfuerzos titánicos por seguir sermoneando e inculcando el "sentido común": fuera de "la democracia", los "derechos y las libertades" y la "racionalidad" del mercado no hay salvación. Seguramente ni quepa recordarle a Letras Libres la exquisita cercanía de Isaiah Berlín, el gran adalidad de "la libertad", con la Central de Inteligencia Americana (CIA). Poco importa si de lo que se trata es de defender, a fin de cuentas, la libertad de sacar el mayor beneficio de todo.

     Así, resulta que el valor universal es el análisis costo/beneficio de todo, así se promueva entonces el egoísmo, alguna vez considerado un antivalor, entre capas enteras de la población. Se puede ir más lejos: sería al menos de esperar que algunos gobiernos progresistas, aunque no todos, no estén fomentando entre la gente pobre una mentalidad de conveniencia por quien concrete mejor la llegada de unos cuantos centavos al bolsillo (tampoco se vaya a creer que es mucho), y encima sin pedir nada a cambio: ni educación, ni organización, ni cultura, nada. Puro food stamp, sin conciencia de mayor cosa. Es el tipo de población que se voltea en países como Brasil mientras Luiz Inácio Lula da Silva sigue prometiendo "consumo", ni siquiera "satisfacción de necesidades mínimas" o algo así.

     De lo que se trata es de una suplantación, que consiste en hacer pasar valores particulares, los del hombre de negocios, por valores universales, es decir, válidos y cuasi-obligatorios para todo el mundo, so pena de pasar por un idiota digno de Dostoievski o una persona resentida, llena de odio y limitada, que claro, por lo mismo está dispuesta a lanzarse a cualquier aventura ideológica para llenar sus carencias con poder, por ejemplo (es encantadora la forma de proyectarse que tienen algunos lectores de Simon Sebag Montefiore, llamado erróneamente Montefiori, y su libro La corte del zar rojo). ¿Para qué si francamente no hay nada más delicioso que disponer de dinerales para gozar de los "derechos y libertades" más insospechados?

      La propagación lleva a perder de vista valores universales que pueden considerarse superiores al puro cálculo de conveniencia. Vamos: dejemos de lado idiotismos como la bondad, la generosidad, la solidaridad o, sobre todo para el mundo subdesarrollado, la justicia. Ya han nacido, muy al estilo estadounidense, los que llegado el momento pueden calcular cuál es el costo/ beneficio del respeto (que cualquiera se meta al tráfico de la Ciudad de México para comprobarlo), de la honestidad, la sinceridad, la modestia, la responsabilidad, del compromiso, la prudencia… Un buen cálculo de conveniencia puede llevar a olvidarse de la mínima prudencia, a evitar sistemáticamente responsabilidades porque conllevan consecuencias, a desconocer la modestia y hacer sentir inferior al otro (más en una cultura de señoritos), a quedarse callado sumisamente, desde luego que a no comprometerse para no perder la posibilidad de estar mañana más arriba, lo que un mal cálculo pondría en juego, etcétera. Todo puede completarse con operaciones exitosas de relaciones públicas y una sonrisa por delante -no cuesta nada el estilo estadounidense-. 

     La izquierda progresista en algunos lugares la puede agarrar con the pursuit of happiness (la búsqueda de la felicidad), una manera de entender el amor como si se estuviera en regalos de tarjetas de Sanborns, tu D.F. (Derecho a la Felicidad) y un clima de bienestar que se antoja como sentimiento oceánico, o como gran fraternidad universal. La suplantación es completa. Y resulta mejor cuando para las relaciones públicas se sirve de valores que no le dicen gran cosa al hombre de negocios, pero sí mucho a todos los herederos del 68. 

     Seamos pues egoístas predicando el amor universal, la Paz (o más bien: la no violencia) y el Bien, puesto que el egoísmo es el Bien y “ el juego que todos jugamos”, aunque algunos sean de closet: el amor es la recompensa, el mayor provecho propio. Como se trata de egoísmo, cada quien, sin dejar de estar al unísono con capas enteras de la sociedad, puede creerse además que es "un individuo": por fin, alguien en la vida. Y lo que sigue (da click en el botón de reproducción) es lo que sigue de la "honestidad valiente": Lulinha paz e amor, para no decir, por ejemplo, Orador.



martes, 7 de diciembre de 2021

EU: ¿BIDEN YA OPTÓ?

 Todavía hay por ahí alguna gente que cree en alguna guerra de Estados Unidos "y sus aliados" contra China y Rusia. Hasta hace poco, no se sabía bien a bien cómo se iba a decantar la política exterior del presidente estadounidense Joseph Biden. Es completamente normal que éste no haya invitado a China a una próxima Cumbre Virtual de las Democracias, por motivos digamos que "doctrinarios": el país asiático no  puede ser considerado democrático si es socialista (para un occidental se trata de una incompatibilidad), y si es de partido único. Es igualmente de rutina que China y Estados Unidos no cedan sobre la cuestión de Taiwan.

      Más allá de lo anterior, no hay enfrentamiento mayor entre China y Estados Unidos, más allá de lo que algunos creyentes en el supuesto "próximo hegemón chino" quieran ver. La verdad es que chinos y estadounidenses compiten tiernamente tomados de la mano, al grado que el asesor de seguridad de Biden, Jacob Sullivan, declaró tranquilamente en noviembre que "Estados Unidos y China intensificarán su relación para garantizar que la competencia entre las dos potencias no derive en conflicto". Lo que Biden quiere explícitamente aquí es "estabilidad estratégica".

      Es notorio el contraste con Rusia. Empieza por el hecho de que el occidental promedio encuentra de lo más natural agredir a Rusia, y tiene mayor dificultad en reconocerle algún valor, a diferencia de lo dado a China, algo que viene de lejos: la intelectualidad aprendió a adorar a China desde los años '60, luego de que ésta rompiera con la Unión Soviética, y se está en otro caso más de coincidencia entre izquierda y sectores "duros" del capitalismo. Lo que existe dentro de China no se discute: nadie lanza sobre el líder chino Xi Jinping las sabrosas acusaciones de "autocracia" o "amafiamiento" que le caen al presidente ruso, Vladimir Putin. China puede haber pactado hace rato con los grandes millonarios del partido comunista local: el criticado será el supuesto "oligarca" Putin. Agredir a Rusia es algo así como un reflejo condicionado, un ritual tribal o una actitud deportiva; en todo caso, algo en lo cual regodearse.

      Así que, digamos, Estados Unidos no ha estado molestando con Hong Kong ni demasiado con los uigures musulmanes del Xinjiang. Más bien se trata en estos días, luego de armar una crisis en la frontera entre Polonia y Belarús, hacia donde se movilizaron provocativamente tropas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), de anunciar con bombos y platillos una "inminente invasión" rusa a Ucrania. Mientras los primeros en desmentirla son militares ucranianos, Biden aprovecha para seguir profiriendo amenazas de sanciones. El mismo señor Sullivan cambia entonces de tono, y habla de seguir buscando cómo torpedear el funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2 entre Rusia y Alemania, mientras que Victoria Nuland, subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos de Estados Unidos, carga con la idea de tomar medidas que aíslen a Rusia del sistema financiero internacional, incluyendo la posible exclusión de los rusos del sistema de transferencia de dinero SWIFT. Entretanto, para repeler un ataque inexistente, el presupuesto de Defensa estadounidense para 2022 incluye 300 millones de dólares en ayuda "de seguridad" para Ucrania (es apoyo para las fuerzas armadas ucranianas). Además, hay que darle cuatro mil millones de dólares a la Iniciativa Europea de Disuasión, dirigida contra Rusia. El muy medido secretario estadounidense de Estado (cuando se trata de cooptar a la izquierda latinoamericana, lo que no funciona tan mal), Antony Blinken, se pone más bien bravo cuando se trata de salir en defensa de una Ucrania para la cual no hay "inminente ataque" probado.

     Es pueril, pero el asunto de la "amenaza rusa" funciona de tal modo que nadie muestra mayor solidaridad con Rusia, a diferencia del grito en el cielo permanente y las alertas prendidas cuando se trata de China. Otro indicio, por menor que pueda parecer: hay vacunas contra la Covid-19 de fabricación china (Sinopharm y Sinovac) aprobadas por la Organización Mundial de Salud (OMS) mientras que Moscú, capital rusa, sigue a la espera de la aprobación de la vacuna Sputnik V.

     Hablando de izquierdas, al parecer no se solidarizan con pueblos, sino con el poder, al menos en América Latina, salvo contadas excepciones: así, no importa demasiado el maltrato de China a su propio pueblo en algunas cuestiones, como la laboral, y el pueblo ruso parece haber dejado de existir en los años '30 del siglo pasado, o incluso antes.El asunto no pasa muchas veces de "cómo maniobramos entre potencias" al margen de un mínimo conocimiento de lo que son. Un poquito de lo que sobrevivió a la Unión Soviética (da click en el botón de reproducción).



miércoles, 1 de diciembre de 2021

A SEGUIR GOZANDO

 Los "demócratas liberales" de hoy poco tienen que ver con el liberalismo de principios del capitalismo, y ni siquiera con Adam Smith. El valor básico de dichos "demócratas" es la libertad en abstracto, la de hacer y escoger lo que se prefiera sin "dañar a otros" ni "imponerle a otros". Desde luego, el asunto no acaba aquí: suele tratarse de la libertad de hacer "lo que mejor le convenga a cada quien", lo que ya suena un poco distinto, y a fin de cuentas, de buscar el mayor beneficio personal. Parece una gran obviedad: nadie buscaría el perjuicio para sí mismo. No debiera extrañar que, como ocurre clásicamente con la ideología, se esté en la "evidencia", a tal grado que se llegue entonces a darla por algo universal o universalizable: dada su "naturaleza" o "condición", todos los seres humanos buscan de uno u otro modo el mayor beneficio individual y ahorrarse perjuicios o pérdidas.

      De aquí se desprende que no puede hablarse de ningún interés que trascienda al de la búsqueda individual ya mencionada. Se critica a Marx, pero no se sale del muy decimonónico Jeremy Bentham, para quien la "felicidad del mayor número" es desde luego deseable a condición de entenderla como la suma de la felicidad individual de cada individuo al haber logrado el mayor beneficio para sí mismo. Anótese que ni la izquierda puede con esta "evidencia": no le pasa por la cabeza que la felicidad de cada individuo y su sumatoria pueden dar en un desastre. Que se haga muy feliz a cada individuo con un automóvil particular puede terminar en unos atascones de tráfico de horas perfectamente inolvidables e insoportables. Bentham es anterior a Marx.

      Lo siguiente es que, a partir de los años '20 del siglo pasado, el "neoliberalismo" ya no apunta al Estado feudal, a diferencia de Adam Smith por ejemplo, sino a todo lo que huela a "socialismo", con mucha manga ancha, al grado de evitar aportar al bien común. ¿Por qué? Pues por lo mismo. Quien hable del bien común no deja de ser no una persona, sino un individuo que, como todos los demás, y dada ni sé qué "naturaleza" y "condición", busca su beneficio personal. No cabe más que desconfiar, entonces, de cualquiera que busque "trascender" (no en el sentido religioso) la simple búsqueda individual: no se tratará más que de un embustero que, se insiste, buscará su mayor beneficio así sea en nombre de ideales irrealizables, "porque las cosas y la realidad no son así", sino como las dicta Bentham, o como las sugiere Isaiah Berlín en sus pésimas definiciones de la libertad (como la de la libertad negativa, y las errores que pueden derivarse de una mal entendida libertad positiva, el "individuo como su propio guía", sin salir nunca del tal individuo).¿Lo demás? Pérdida de libertad y "camino de servidumbre".

     Hay en todo ésto algo muy llamativo. Cualquier propuesta de cambio es sospechosa, puesto que implica que en nombre de lo que sea se "nos" pueden quitar "las libertades". Ni cambio a la derecha, ni a la izquierda, ni a ninguna parte, puesto que por lo demás se está en una democracia "sin adjetivos" cuyo papel es garantizar que cada quien pueda buscar su mayor beneficio individual. En este sentido, curiosamente, los "demócratas liberales" son los guardianes del bien, como lo entienden ellos, e ideológicamente hablando, "saben lo que hacen, y sin embargo lo hacen", en el sentido de no ceder ni un milimetro de sí mismos en aras de un bien común siempre riesgoso, puesto que es de lo que hablan quienes en el fondo no buscan más que su propio mayor beneficio personal. Para que la serpiente pueda morderse la cola sin mayores problemas, se está incapacitado de pensar que en nombre de la democracia, los derechos y las libertades no hay más que individuos que buscan su mayor beneficio personal (es decir, nuestro glorioso Instituto Nacional Electoral busca el bien de todos y cada uno y no el mayor beneficio para, muy concretamente, los muy engrosados bolsillos de un puñado de funcionarios que desconocen las leyes de austeridad del Estado. Y si este puñado se embolsa para su mayor beneficio individual haciendo además el bien, no hay nada más explicable y exquisito). Los periodistas "demócratas liberales" persiguen -y vaya que con gran celo- el bien, no el "chayote", o el "chayote" es el mayor beneficio individual natural por hacer el bien, etcétera y etcétera. En rigor, estas "evidencias" libertarias han calado tan hondo en capas enteras de la sociedad, de diversas posturas políticas, que ni siquiera se pueden advertir dos cosas: que estos "demócratas liberales" han suplantado valores universales por una visión estrecha de lo que creen que es el bien (únicamente "para particulares"), y caído, al sembrar el recelo de cualquier cosa hecha en común, en lo que bien se puede catalogar de franca conducta antisocial. Esta es la norma en nombre del bien, la libertad, los derechos y la búsqueda individual del mayor beneficio. Quien no disfrute esta ideología es o un potencial aprovechado, ambicioso de poder y candidato al "autoritarismo", o bien un tarado irredimible que no entiende que los problemas son para ser evitados, no para ser resueltos, si es necesario dando de sí. Lo mejor es que, como lo expresara alguna vez Martín Luis Guzmán, no faltan quienes no ven que su actitud es justamente la que lleva a que todo se deshaga. Desde 1832 estamos a la espera de la felicidad capitalista del mayor número. Bentham murió en 1832 (foto).





 


martes, 30 de noviembre de 2021

EFICACES O INCONDICIONALES

 Alrededor del año 1936, Stalin y varios de sus allegados intentaron, en vano, reformar de tal modo el sistema soviético que se evitara la corrupción y burocratización. Viacheslav Molótov había hecho llamados en este sentido desde 1934, y Andrei Zhdánov siguió por este rumbo. Las pruebas existen. De lo que se trataba era de luchar contra la "partidocracia", que hacía que se dieran cargos estatales no por saber, conocimiento, o experiencia para los mismos, sino por la "pertenencia al partido", en el que llegaba a operar la cooptación y se formaban algo así como "clanes", en particular alrededor de los Primeros Secretarios (regionales, nacionales, etcétera). Los cargos se daban así por criterios "políticos". No faltaban tampoco los veteranos de la lucha en tiempos difíciles (desde el combate contra el zarismo y la Guerra Civil hasta las colectivizaciones...) que, una vez instalados, ya no consideraban que debían mejorar. Esto contrastaba con el espíritu de Stalin y gente como Serguei Kirov (asesinado en 1934) o Lavrenti Beria, por citar dos casos: buscaban la permanente superación personal, al grado de estar dispuestos a "rehacerse a sí mismos" y no dormirse en sus laureles (Stalin dejó una biblioteca de 20 mil volúmenes, por ejemplo, y Beria llegó a pedir ser relevado de cargos partidarios para poder proseguir con estudios de ingeniería). En cambio, no faltaban quienes creían que "la causa" los dispensaba de una constante mejora. Pese a que el gobierno ruso en 1996 reclasificó algunos archivos, hay material suficiente, de primera mano, para saber que los partidarios de la "desburocratización", con Stalin a la cabeza, fueron derrotados, mientras el partido prefirió armar la de San Quintín poniéndose a cazar "enemigos del pueblo", en más de una ocasión inventados, aunque hubiera ciertamente también conspiraciones reales contra el poder soviético. Si se impuso este criterio "clánico", se puede colegir entonces que se reprodujo finalmente en el Estado soviético y el partido oficial una forma de arcaísmo feudal, exactamente de la misma manera en que no debiera sorprender entonces en izquierdas como la latinoamericana la existencia de prácticas oligárquicas y clientelares, por lo demás fácilmente reconocibles en la derecha o los "demócratas liberales" locales.

      Cuba es ilustrativa. Raúl Castro puede criticar lo que quiera, como lo hizo severamente en el último Congreso del Partido Comunista de Cuba, cuando llamó la atención sobre algo así como un estado de taradez ideológica y de creencia, textualmente, de que "Cuba es el único lugar del mundo donde se puede vivir sin trabajar". No importa: los mismos hijos de la "desestalinización" y libertarios practican el culto a la personalidad de Fidel Castro, quien estuvo al frente del Estado cubano bastante tiempo más (medio siglo) que Stalin al frente de la Unión Soviética. Más de un funcionario cubano no puede moverse ni a la esquina sin citar a "Fidel" por cualquier nimiedad, o a José Martí, lo que muestra una concepción clientelista y personalista del poder, ajena a una institucionalidad sólida. La carrera de Miguel Díaz-Canel, actual presidente de Cuba, pone al descubierto por qué en la isla no se quiere publicar lo adelantado en Rusia sobre el pasado: el mandatario ni siquiera entiende, como tampoco lo entendía Fidel Castro, que el socialismo no es para el "pueblo" ni para "las masas", sino para los trabajadores del campo y la ciudad. Raúl Castro pareciera haberse inclinado por un "hombre del partido" que no garantiza empero una calidad de estadista u hombre de Estado, porque casi no tiene experiencia en el mismo, siendo por lo demás ingeniero de profesión. Ni siquiera hay mayor ideología: Cuba ha aportado mucha labia y retórica, pero un bajo grado de institucionalización y de eficacia para que las cosas funcionen para la gente (más allá de lo básico), sin culpar de todo al tan llevado y traído bloqueo. Los cubanos no compiten en ideas: monologan y se hacen de oídos sordos ante críticas internas como las de Raúl Castro (que no es el único).      

 No basta con haber sido heroico: en el Uruguay, José Mujica, con un pasado de "gloria" como guerrillero y víctima de la represión de la dictadura, no tiene oficio ninguno y el show de la sencillez difícilmente oculta una tendencia a un pseudo sentido común digamos que folclórico, sin que quede claro si este "folclore de la filosofía" -para quienes están fascinados por el marxista italiano Antonio Gramsci- equivale a capacidad para gobernar. Más de un dirigente salvadoreño del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) pudo haber sido bueno para maniobrar en una guerra y echar bala en el monte, en nombre de la causa justa: estando en el gobierno y no sin cierto acomodo en el tren de vida de algunos dirigentes, no era necesario ser un genio para percatarse de que el presidente efemelenista Salvador Sánchez Cerén era inepto, al grado de no parecer ni siquiera el maestro que es.

     Es una lástima que no se quiera considerar lo que se sabe ahora de la experiencia soviética de los años '30. El asunto terminó no en capitalismo de Estado, dados los límites muy marcados a la propiedad privada, sino en un espíritu clasemediero "de bienestar" mezclado con arcaismos feudales y una burocracia inepta, pero lo suficientemente capaz para sumir a la gente "del común" en la apatía.

      No es asunto exclusivo de la izquierda. En el gobierno mexicano de Enrique Peña Nieto, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray, sin duda se lució cuando, nombrado para la cancillería, dijo: "vengo a aprender", confesión de que no tenía ni la menor idea de la diplomacia. De profesión abogada, Claudia Ruiz Massieu Salinas desfiló por secretarías como la de Turismo y la de Relaciones Exteriores hasta llegar a la presidencia del PRI. 

     De origen priísta, el actual canciller mexicano, Marcelo Ebrard, da sin duda la idea de alguien conocedor de protocolos e investiduras, incluso más allá de la ceremoniosidad de la que más de uno puede tener nostalgia con el presidente actual, Andrés Manuel López Obrador. Ebrard tiene una muy buena especialización en administración pública (por la Escuela Nacional de Administración francesa,ENA) y es licenciado en relaciones internacionales, pero tal vez la "política" le gane: fue secretario de Desarrollo Social del Distrito Federal y secretario de Seguridad Pública (?) del gobierno de Vicente Fox. Es una trayectoria distinta de la "simplemente activista" jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, en un momento en que López Obrador prueba que el activismo, distinto por lo demás de la militancia, puede estar reñido con lo necesario para llegar a la altura de un estadista (y tampoco cualquier presidente lo es). El problema está en saber si, como en otras épocas, todavía existe espíritu de superación personal y "rehacerse a sí mismo" aprendiendo de los errores y con labor ardua lejos de los reflectores y las plazas de pueblo: es decir, si hay modo de colocar al trabajo por encima de una "política" habitualmente mal entendida, y destinada a la "gloria" antes que a la eficacia. Es de esperar que más de una toma de posición de López Obrador en materia de política exterior no proceda de la cancillería, para darle simplemente otra faceta al "anexionismo" dominante desde hace rato en México. No tiene el menor sentido proponer una unidad de todo el continente americano "como la Unión Europea (UE)", y es quimérico querer deshacerse de la Organización de Estados Americanos (OEA) para quedarse únicamente con una Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) cuya operatividad queda por ver. ¿Ebrard está en su cargo por su capacidad de trabajo o por sus "conectes" y lo que representan para "la alianza política más amplia posible"? 

     Si la dimensión del trabajo arduo -que supone saber retirarse por periodos importantes de los reflectores, los actos protocolares y las plazas de pueblo- no está tomada en cuenta, se superponen entonces mucho de la vieja "política" y algo de la actuación para los medios de comunicación masiva o una vaga opinión pública, pero probablemente sin entender siquiera lo que se está haciendo (por ejemplo, no se puede firmar al mismo tiempo un TMEC, Tratado México-Estados Unidos-Canadá de libre comercio, y proponer algo "como la UE"). Hacer activismo y relaciones no es gobernar, y cuesta caro dejar de lado el trabajo y la superación personal, incluso en términos de democracia. El riesgo está acentuado en sociedades que no tienen como valor principal el trabajo, y no es seguro que sea la prioridad del lópezobradorismo. Las cosas no fructifican sin trabajo ni organización seria del Estado, en lugar de "la causa justa" para justificar la inoperancia y la improvisación. No es exactamente asunto de traiciones, aunque también las hay: es que la política también debe ser trabajo y conocimiento, antes que asuntos interminables de personas, clientelas -el "coro de los amigos" que reivindicaba Martí- y, encima, relaciones. Dicho sea de paso, la oposición mexicana tampoco entiende las cosas de otro modo. Volviendo al principio: el activismo no convierte a nadie en alguien capaz de gobernar, como tampoco las "alianzas políticas lo más amplias posibles" al margen del profesionalismo en los cargos públicos. Se puede compartir la causa y caer en la ineptitud, incluso entre gente de origen popular, como ocurre con la actual secretaria mexicana de Educación Pública, Delfina Gómez, para no hablar de la totalmente bienintencionada secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, que no pasa de "gestora". Por cierto: ¿no hay nadie para decirle al jefe que se puede estar equivocando?¿Y con temas de Estado y de formas de gobernar en lugar de intrigas personales?



AQUÍ NO HA PASADO NADA

 Hablar de la caída de la Unión Soviética, en 1991, es un asunto tabú en lo que se conoce como "Occidente", y se reduce a reaccion...