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domingo, 2 de enero de 2022

COSAS BONITAS

 A raíz de la muerte de Stalin en 1953, de la derrota del llamado "grupo antipartido" y del XXavo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), en 1956, con Nikita Jrushchov a la cabeza, se esquivaron las reformas antiburocráticas que se intentaban hacer desde el año 1936, si no es que incluso desde antes. Se impuso el arribismo sobre el profesionalismo en el manejo de los asuntos del Estado, o como hubiera dicho Lenin, "su santidad" sobre la eficiencia. A veces hay quien cree que estar en la "causa justa" dispensa de profesionalismo, esfuerzo, trabajo y dedicación, pero en cambio da las licencias de la "santidad". Basta con ser un santurrón, y de hecho es así que quiso presentarse Jrushchov. La batalla estaba perdida. Las palabras decían bastante: la Unión Soviética dejó de ser el país del proletariado -y por ende, de los trabajadores- para ser el país "de todo el pueblo", entiéndase que de la masa. No pasaría entonces demasiado tiempo antes de que los soviéticos dejaran de interesarse por el pueblo, despreciándolo, para sentirse atraídos por todos los fenómenos de masas.

      La Unión Soviética se vió presa desde 1945 de un efecto de pinza: por un lado, muchos dirigentes perdieron el piso a raíz de la victoria sobre el nazi-fascismo, y al mismo tiempo ésto se produjo en un país en ruinas, con una población diezmada por la guerra. Sucesor de un Jrushchov que no duró mucho en el liderazgo, Leonid Brézhnev encarnó lo que no podía ser sino el resultado de la pinza descrita: el estancamiento. Un país no se saca de la ruina con "santidad".

     En el estancamiento descrito se abandonó el pasado y las cosas quedaron en la inercia. Permaneció una base comunal del socialismo de Estado entre los campesinos, en la medida en que hasta los años '60 la Unión Soviética fue un país predominantemente rural. Esta base influyó en la cultura, comunal también, de los obreros migrados a las ciudades. A la par, con la progresiva urbanización aparecieron una burocracia no desdeñable y, ligada a ésta, un marcado espíritu "pequeño-burgués" o clasemediero, si se prefiere. Sin mayor capitalismo como antecedente, este espíritu recuperó rasgos feudales como modo de diferenciarse de los trabajadores. Las tres cosas se pueden percibir hasta hoy en Rusia, pero también en Ucrania: la creencia de que estar detrás de un escritorio o lo que se le parezca autoriza a la arrogancia y a lo que Alexander Zinoviev, un antiguo disidente soviético, caracterizaba como tendencia a "humillar al prójimo como se aplasta a un insecto"; la lucha a muerte clasemediera por el estatus social y el desprecio por el pueblo, que es el dirigido y no el que dirige; y el civismo, el trabajo y la bondad y apoyo mutuo en los estratos más bajos, para lo que basta con visitar un mercado popular. Se sumó una oligarquía aparatosa pero minoritaria. Rusia no es ningún monolito, y en el presidente ruso Vladimir Putin y su equipo operan todas estas tendencias en bastante desorden: desde gestos y arranques feudales, incluida la idealización del zarismo, y rasgos soviéticos como los descritos (en algunos casos con un gran sentido de la responsabilidad), hasta la admiración por vaguedades como "el mercado" e inercias ahora tecnocráticas. En este sentido, carece por completo de sentido ver en Putin a un autócrata o supuesto nuevo zar. Insistamos: hay de resabios feudales reciclados por el dinero que "compra cultura", capitalismo salvaje, sovietismo, burocratismo y espíritu de clase media más bien deleznable. Las cosas pueden variar según las regiones y si se trata de áreas urbanas o rurales. Los comunistas, la oposición principal, no siempre andan de lo mejor orientados tampoco.

     Dos cosas son de lamentar: la carrera desenfrenada por el dinero, en las grandes ciudades sobre todo, a costa de la provincia y el campo, y el carácter despiadado que aquélla puede tomar, sin excluir un marcado desprecio por los estratos más bajos de la población; y el desconocimiento del pasado soviético, salvo para añorar todo lo que era gratis, y ni se diga del marxismo-leninismo, del que Putin, que lo ve como un "cuento de hadas que hizo mucho daño", no tiene ni la más remota idea. Esto sucede pese a que en más de una librería rusa (por ejemplo en San Petersburgo) es posible encontrar libros suficientes y muy bien documentados sobre un pasado que no fue "ideal" ni "ilusión", sino bien real, de tal modo que se lo puede evaluar sin ninguna amnesia ni ser "retrógrado" (establecer la verdad documentada de las cosas no es amnesia). Creer que "todo pasado fue mejor" es tan inútil como venderle a quien se deje el eterno presentismo o algún gran porvenir capitalista que la mayoría de la población del planeta lleva siglos esperando.

      Se dice que el cartero siempre llama dos veces. El hecho de que, según afirman algunos, la Historia no sea teleológica (es decir, que no tenga un fin determinado) no quiere decir que carezca de ciertas leyes, válidas por igual para los seres individuales como para las sociedades en su conjunto. No se puede pretender entrar al capitalismo en forma desaforada sin que haya consecuencias, como no se puede estar en el sovietismo de la misma manera, para algunos en la creencia de la gratuidad de todo, y encima con maneras caprichosas feudales. Rusia se encuentra en una entreverada encrucijada de caminos, aunque sin la crasa descomposición del capitalismo occidental. Sociedad brusca en sus maneras, está lejísimos de la violencia occidental que es la que toca a sus puertas, provocando a los rusos luego de haber ensayado la seducción. Contra lo que puedan creer algunos, es probable que en el "putinismo", que apela al trabajo y al esfuerzo, confluyan tendencias diversas. Pero no se trata de "volver a ser una gran potencia", aún si más de un ruso se lo cree, sino de ganar de una buena vez la paz. Como cualquier otro país, pero seguramente más que muchos otros, Rusia tiene el derecho a la paz y a todo lo que esté a su alcance para la defensa propia, cualquiera sea el resultado de la acción de las tendencias que se encuentran en juego. Es inadmisible hablar del "zar Vlady", de "país mafioso" y de tantas cosas por el estilo, al margen de todo análisis conceptual, como inadmisible rehacer la Historia preparando el camino como mínimo para provocaciones militares.

     No hay forma de engañarse: los que provocan son los mismos que, en nombre de la libertad de expresión, votaron recientemente en la plenaria del 16 de diciembre en Naciones Unidas contra una resolución que combate la glorificación del nazismo, el neonazismo y expresiones similares. 130 votos a favor, 49 abstenciones….y dos votos en contra: el de Estados Unidos y el de Ucrania. Las abstenciones fueron con frecuencia de países de la Unión Europea. Resulta que las "santidades" que se ostentan como contrarias a fascismos muy supuestos, como el de Donald Trump o Jair Bolsonaro, no son capaces de aparecerse para condenar el modo en que Estados Unidos impulsa al fascismo ucraniano, utilizado de ariete contra Rusia. Ahora resulta que el gran capital es "Antifa", si ha de creerse al magnate húngaro-estadounidense George Soros, mientras en las librerías occidentales se vende sin rubor algún libro de Hunter Biden (Cosas bonitas), hijo del presidente estadounidense Joseph Biden y metido hasta las cachas en asuntos de corrupción en Ucrania. Da gusto ver a tanto occidental saludar con sombrero ajeno o convertir a la izquierda en agencia de cortadores de cupones para concursar en el "antifascista del año" o algo así. Llevan décadas pasando al lado de los peligros reales, pero no parece que importen más que envolverse en "santidad". Desde Ucrania, Ani Lorak, da click en el botón de reproducción.



miércoles, 29 de diciembre de 2021

¿JOSEPH BIDEN SABE DETENERSE A TIEMPO?

 Los cerca de 10 mil soldados que estaban estacionados en el sur de Rusia, cerca de Ucrania, fueron retirados. No parece que hayan estado en el lugar para una "invasión inminente" contra Ucrania, sino por otro motivo. En efecto, de lo que no se habló en los medios de comunicación masiva occidentales es de la presencia en Ucrania de unos 10 mil especialistas militares, entre ellos ni más ni menos que cuatro mil estadounidenses, además de mercenarios y armas químicas en la región del Donbás. El presidente ruso, Vladimir Putin, sin duda exagera cuando habla de que se está produciendo en este lugar un "genocidio". pero lo cierto es que Ucrania no ha cumplido con su parte de los Acuerdos de Minsk para la pacificación del Donbás, donde se encuentran las "repúblicas populares" de Donetsk y Lugánsk. Hace rato que ya se hubiera debido reconocer dentro de Ucrania la autonomía de estos territorios, pero Kíev, capital ucraniana, se ha negado a cualquier estatuto especial para el Este del país. Tampoco incomoda demasiado en Occidente que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tenga desplegada una tropa de 40 mil soldados en las fronteras occidentales de Rusia. La OTAN se coloca a las puertas de Rusia, habla de incluir a Ucrania -viejo sueño Demócrata expresado desde los años '90 por el gran halcón Zbigniew Brzezinski- y los ucranianos se saltan a la torera los Acuerdos de Minsk, creando un clima de provocación -lo que explicaría la presencia de los 10 mil soldados en el sur de Rusia-, pero como quiera que sea Occidente no para de hablar de "la amenaza rusa". Si los rusos piden, como acaban de hacerlo, garantías de que los occidentales van a pararle y sobre todo no colocar armas ofensivas a las puertas de Moscú, capital rusa, los medios de comunicación masiva occidentales ven en la solicitud "una amenaza de Putin".

     En rigor, la mejor manera de garantizar que su vecino no lo amenace ni lo ponga en peligro es romperle la cara, tirarlo al suelo, quebrarle las costillas y mandarlo al hospital. De esta manera, usted se sentirá sin duda más tranquilo. La lógica es impecable, y poco importa que su vecino haya tenido o no la intención de hacerle a usted algo, lo que sea. Es lo de menos: los intereses de usted están primero, como debe de ser. En esta misma medida, usted puede, lógicamente también, sospechar de cualquier gesto amistoso de su vecino en el ascensor: ¿qué tal si lo hace por astuto y para bajarle la guardia con tal de golpearlo mejor? Insistamos: para bien de usted y de su familia, lo mejor sería que el vecino esté una buena temporada en el hospital. Impecable. La familia también se lo creerá. Es más: si los demás condóminos pueden también compartir esta forma de ver las cosas, se los puede llamar a aislar al vecino, por sospechoso, aunque no haya hecho nada, o en todo caso nada de consideración contra nadie. ¿Tal vez sea oportuno sacar definitivamente al vecino y quedarse con su departamento? La seguridad sería así absoluta.

      Es poco probable que Occidente esté buscándole las pulgas a Rusia "por ser Rusia" o por tener ésta sus propios valores, "tradicionales"; los talibanes afganos también los tienen y se pacta regalarles el poder, por cierto que a costa de una desestabilización sobre la que Rusia ha vuelto a expresar preocupación, reforzando a toda prisa sus lazos con Tayikistán. El capitalismo, más si está en crisis, necesita abrirse mercados, expandirse, y no se explica que Rusia no haga como China. Dejando de lado el asunto espinoso de Crimea, se cree que Rusia debería morder el anzuelo de entrar en las rivalidades interimperialistas, o convertirse en una periferia liquidada: sea como sea, competir. Es por lo mismo que más de un líder occidental considera que habría que tragarse a la Federación Rusa con sus gigantescas riquezas. No es seguro que los rusos comprendan plenamente esta situación capitalista. Cuando trata de expandirse, el capitalismo no duda en recurrir a la gran guerra, pero le está vetada desde 2018, porque Rusia lleva la delantera en la carrera armamentista gracias a las armas hipersónicas. Tal vez se espere sobre todo algún pretexto para seguir haciendo caer sobre los rusos un diluvio de sanciones, a ver si la Federación implosiona como la Unión Soviética, ofreciendo una "salida" en medio de los enredados problemas financieros y productivos del gran capital. Stalin decía que el problema de Hitler es que no sabía detenerse a tiempo. No queda claro si Estados Unidos y los Demócratas, además de Republicanos "duros", son capaces de detenerse, o si piensan armar un pleito para liarse a golpes hasta el último ucraniano. ¿Hay quien crea que la OTAN se ha ampliado porque "no entendió el fin de la Guerra Fría" -otro error de los rusos-, o es para proteger los mercados que se van tragando la Unión Europea y Estados Unidos, de un modo que ni Hitler hubiera soñado? Hitler no quería dominar el mundo entero: quería diezmar a los eslavos rusos, sin que jamás nadie lo haya acusado de genocidio; quedarse con el granero de Europa, Ucrania, y el petróleo del Caúcaso. En pleno Caúcaso y después de dos provocaciones fallidas en Chechenia, la OTAN quiere engullirse a Georgia.

     El estado de la dizque "opinión pública" occidental es una calamidad. Ni la izquierda es capaz de un mínimo de solidaridad con Rusia. En rigor, en Occidente no se consigue discernir el bien y el mal y ni siquiera parece escandalizar mayormente que se lleve décadas tratando de dañar a Rusia. Se considera algo natural, y además, que no conlleva consecuencias. Pese a la delantera rusa en materia armamentista, a Occidente al parecer todavía no se le aparecen con claridad los costos de lo que hace, puesto que todo se mide en análisis costo/beneficio. Es probable que este costo, única verdad a la que pueden llegar los occidentales, se les aparezca en algún momento.

     A los rusos les asiste la razón: son las víctimas, no los verdugos, salvo que no se sepa ver un mapa (no es seguro que se sepa) o que se piense que es un error tener un país justo en el lugar donde están las tropas de la OTAN. Al mismo tiempo, quedan algunos aprendizajes por hacer. Como lo ha sugerido el cineasta ruso Nikita Mijalkov, no es muy sensato buscar quedar bien con alguien que no lo quiere a uno. Tampoco es una garantía de paz abjurar del pasado -el mismo Mijalkov ha denunciado aberraciones como el Centro Yeltsin de la ciudad de Ekaterimburgo- y ponerse a escupir sobre él a todo lo que da, como sin con ello Occidente fuera a apaciguarse. Es tomado por síntoma de debilidad.Homenajear al presidente Boris Yeltsin, al último líder soviético, Mijaíl Gorbachov, o al escritor Alexander Solzhenitsyn, un mentiroso consumado, o tachar a Lenin de "espía alemán" (algo insinuado hace poco por Putin) no es más que ceder ante la "técnica del salami" occidental. Es de esta técnica de que se trata en lo ideológico, pero también en lo geopolítico, en lo político y en lo económico para debilitar al máximo a la Federación Rusa.

     Seguramente las cosas deban seguir un curso tal que cada quien tenga que hacer el aprendizaje respectivo, y para el caso puede pasar tiempo. La diferencia está en el apego ruso a la paz, por contraste, como lo hiciera notar también recientemente Mijalkov en un programa televisivo, "Besagon TV", con gente en Occidente que se cree totalmente invulnerable y que ha caído en una pasmosa indiferencia, como si por lo demás fuera cierto que la "amenaza" estaba en los rojos y en la Unión Soviética. El capitalismo puede ser una amenaza para sí mismo, pero tampoco parece entendible. Queda por saber si el presidente estadounidense Joseph Biden y su "Estado profundo" saben detenerse a tiempo, aunque sea por cálculo costo/beneficio, puesto que Rusia sin suda subirá el precio a pagar, restando posibilidades de ganancia. Por cierto: ¿todavía es posible diferenciar a alguien que piensa lo que dice de alguien que no? En el segundo video, alguien termina exasperado de que lo estén aplaudiendo de manera francamente tonta. En el primero, alguien más busca muy excitado la tontería de la audiencia.  Da click en los botones de reproducción.







 


lunes, 27 de diciembre de 2021

FIN DE AÑO SALVADOREÑO

Lo que está sucediendo con parte no desdeñable del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador es bochornoso. Es sin duda gracias a la lucha popular encabezada por esta organización que el país centroamericano alcanzó la democracia. Pero no es sólo asunto de que el FMLN no haya sabido qué hacer en los años en que tuvo la presidencia. Ahora resulta que varios líderes efemelenistas muestran la más grave de las desorientaciones, lo que lleva a hacerse preguntas sobre el pasado y lo realmente anhelado. Ante la presidencia de Nayib Bukele, los dirigentes efemelenistas Lorena Peña, Medardo González y Norma Guevara autorizaron reuniones de veteranos de guerra con la embajada de Estados Unidos. Al parecer, algunos no recuerdan el papel estadounidense durante el conflicto armado interno salvadoreño en los años '80. Por si fuera poco, se ha reconocido injerencia "en parte" de Estados Unidos en tenues protestas recientes contra Bukele. Domingo Santacruz, exdiplomático del FMLN durante el gobierno de Mauricio Funes, explicó que el gobierno de Estados Unidos financía a los "reformistas" del Frente. Este financiamiento incluye a organizaciones no gubernamentales (ONGs) en las cuales trabajan ex miembros del Frente. Parte de la denuncia la hizo el ex diputado efemelenista Jorge Schafick Hándal Vega Silva, hijo del histórico líder comunista y del Frente, Schafick Handal.

      La injerencia estadounidense contra Bukele ha sido descarada. Jean Manes,, encargada de negocios de Estados Unidos en El Salvador, hasta hace poco, le pidió a Bukele liberar a Ernesto Muyshondt, político de la ultraderechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), acusado de trato con pandillas; no tocar al ex presidente (de ARENA) Alfredo Cristiani ni a Douglas Meléndez, ex Fiscal General acusado de corrupción, y la no reelección del Fiscal actual, Rodolfo Delgado. Además, Manes le pidió al mandatario salvadoreño detener los arrestos de personas implicadas en casos de sobresueldos, algo que implica a gente del FMLN. Esta organización, ya convertida en partido político, no tuvo inconveniente en dejar intactos los sobresueldos de tiempos de ARENA ni la gran partida presupuestal discrecional del gobierno. Vistas las cosas desde lejos, pareciera que gran parte del FMLN no tenía visión suficiente para desprenderse de prácticas clientelistas típicas de la oligarquía.

      Bukele tiene una gran popularidad. No se ha limitado a proyectos importantes de infraestructura pública, ni a salvar de manera eficaz la epidemia de la Covid 19, ni a bajar muy significativamente la violencia homicida de las pandillas, teniendo al 2021 como el año más seguro de que se tenga registro. De ser el país más inseguro del mundo, El Salvador ya no aparece ni entre los 20 más inseguros. Detrás de Uruguay, El Salvador es el país de América Latina que mejor ha gestionado la crisis sanitaria. El presupuesto para salud y educación ha ido aumentando de manera significativa, y cabe mencionar medidas como la que prohíbe la privatización de agua, considerada un Derecho Humano. Mientras el FMLN no termina de dividirse, ARENA vota contra la construcción de una Biblioteca Nacional. Bukele no ha descuidado la inversión en cultura.

     Hasta el término del año 2021, Bukele no cayó en el triunfalismo, ni se durmió en sus laureles. Ha dado resultados y no es afín a la costumbre tan latinoamericana de remplazarlos por palabras, creyendo encima que las palabras tienen algún poder mágico para producir resultados. Bajo la presidencia de Salvador Sánchez Cerén, el FMLN ni siquiera fue capaz de darles algo más que migajas a los habitantes de El Mozote, alguna vez lugar de una terrible masacre perpetrada por el ejército salvadoreño. Con Bukele ha sido distinto. No está claro el porqué del silencio cómplice de la izquierda progresista ante el derrumbe del FMLN y la injerencia estadounidense contra el actual gobierno salvadoreño, que por lo demás ha tenido el excelente gusto de no poner por delante pseudobanderas como las del derecho al aborto, la de la comunidad LGBTTTIQ+ y otras concesiones a la clase media proestadounidense, que no alcanza a ver más allá de la punta...de su nariz, digamos. Es el Frente el que postuló a una mujer trans (esta organización tiene una Secretaría Nacional de Diversidad Sexual y Género) y son ex de ARENA que candidatearon a un diputado gay. Bukele no persigue, simplemente tiene otras prioridades: por ejemplo, levantar centenares de escuelas para las cuales el FMLN no hizo nada, dejándolas al abandono. Primero seguridad, tema muy mal abordado por el progresismo; infraestructura pública, educación y salud, en serio. Por cierto que en El Salvador no se renunció a la figura de Primera Dama, por lo que se atiende a la niñez y al arte, mientras que en otro país la esposa del presidente no se ocupa más que de ambiciones propias y de disparates culturales. Bukele ni siquiera llama al amor a cada instante como si estuviera regenteando la sección de tarjetas de regalos de alguna tienda departamental. Sincero y sin pretensión, mejor (da click en el botón de reproducción).



domingo, 26 de diciembre de 2021

AL ATAQUE, MIS VALIENTES

 El historiador Jean Meyer decidió ser uno de los que encabezan las protestas del Centro de Investigación y Docencia Económicas" (CIDE) en México. Ha sido presentado por el ensayista Enrique Krauze textualmente como un "valiente" que se opone a los "cobardes". Para Krauze, Jean Meyer es "un gran historiador" y parece "un galán de cine francés" ("Los dos Meyer"). La Cristiada, del mismo Meyer, sería según Krauze "uno de los cinco libros de historia más importantes del siglo XX". "El guero Juanito", al decir de Krauze, había sido marxista y amigo de Regis Debray. Viendo los desmanes de las revoluciones, habría optado por recoger un elemento de sobrevivencia a los mismos: la religiosidad popular. Lo cierto es que, en su momento, Meyer hizo un "mea culpa" sobre errores de La Cristiada, aunque también está claro que hizo su agosto con una versión de la guerra cristera contraria a la que era propuesta desde el marxismo, que no siempre encontraba "fervor religioso" y sí en cambio la manipulación de oligarquías familiares. Meyer corrió con suerte con su "pueblo profundo": se le encargó en El Colegio de México lo que resulta ser una pésima evaluación del periodo de gobierno de Plutarco Elías Calles, con una visión todavía peor del norte de México. Meyer logra hacer una historia de la guerra cristera omitiendo por ejemplo los antecedentes del arzobispo José Mora y del Río, que resulta una pobre víctima de un error de imprenta; abstrayéndose del papel jugado por los estadounidenses y de la antigua filiación huertista de algunos líderes religiosos y militares, como Enrique Gorostieta. El método será siempre el mismo: ademanes de gran mandarín francés, descontextualización sistemática e ideologización en nombre del rechazo a "la ideología". Boomer, no deja de ver en Calles "cierto cartesianismo" y "racionalismo", para rematar en la desacreditación de toda autoridad.

      Dejemos de lado que el mundo intelectual está repleto de segundas nupcias -como la de Meyer, presumida por Krauze- que por ciertas conductas tienen efectos desagradables para los de las primeras nupcias, si no han compartido la "gloria": deben ir a dar en el olvido. Por lo general, el proceso acompaña el brinco a la fama. Meyer la logró prestando los servicios ideológicos que se esperaban de él en un país profundamente conservador como México, al menos en ciertas capas de la sociedad. Y es así que el historiador logró coronarse con un premio que le fue otorgado por el gobierno del derechista (Acción Nacional) Felipe Calderón. Al inicio del sexenio actual, Meyer ya había sabido refrendar su pertenencia grupal a riesgo de pasar por encima de la verdad, así que se deshizo precavidamente en elogios al periodista Carlos Marín, y a Carlos Puig, Héctor Aguilar Camín y León Krauze,  "nuestros valientes". Tal vez el historiador no se haya dado cuenta que todos mantienen sus espacios.

      El problema puede estar en ciertos presupuestos, como el de que Meyer es un "gran historiador". Luego de haber prestado los servicios requeridos por camarillas de poder intelectual, logró publicar en editoriales "de reconocido prestigio". Así, en 1991, Meyer dió a luz en el Fondo de Cultura Económica (FCE) El campesino en la historia rusa y soviética. Escribe: "en 1933, es decir a medio camino entre el genocidio armenio perpetrado por el Estado turco (1915) y el genocidio judío perpetrado por los nazis, seis millones de ucranianos desaparecieron durante una hambruna organizada por las autoridades soviéticas". El asunto fue retomado por los ucranianos con el nombre de Holodomor. Cabe señalar que esta versión de la hambruna es la de los nacionalistas ucranianos y del nazismo, propalada entre otros por el periodista estadounidense filonazi Randolph Hearst. Lo que dice Meyer no se sostiene, aunque sea porque él mismo reconoce que la hambruna se produjo también en algunas regiones de Rusia (Kubán, Don y Volga), por lo que no parece haber existido alguna dedicatoria especial para los ucranianos. Meyer llega más lejos al citar al movimiento ruso Memorial, que eleva la cifra a 20 millones de muertos: si sumamos (por lo bajo) otros 20 millones de muertos durante la Segunda Guerra Mundial, en cerca de dos décadas la Unión Soviética habría perdido 40 millones de vidas. Por esa época, de acuerdo con el censo de 1937, luego repetido (1939), la Unión Soviética tenía unos 162 millones de habitantes. Supongamos que antes hubieran sido 182 millones: no queda muy claro cómo un país de unos 180 millones de habitantes podría aguantar la muerte de unos 40 millones de seres, sobre todo que al Frente no fueron mujeres y niños. Meyer llega a citar cifras más excitantes aún, como las de Roy Medvedev: 40 millones de muertos por el estalinismo, lo que junto con la guerra arrojaría 60 millones de muertos para un país de "180 millones". Desde luego, sobre todo cuando se es boomer, no está prohibido soñar ni pedir lo imposible, con todo realismo. No queda claro si es historiografía o asunto de correr apuestas como en las Vegas: ningún país de 180 millones de habitantes aguantaría la muerte de 40 millones, y menos en un periodo tan corto.

     Las autoridades soviéticas no "organizaron hambrunas". En 1930, en un artículo intitulado "Ebrios de éxito", Stalin, quien llamaba a la burocracia "casta maldita", llamó a no forzar en exceso la colectivización, aunque ésta culminó en 1932. A juzgar por dicho artículo, no se trataba de "la política de Stalin", y en todo caso la colectivización tenía una razón de ser, más allá de lo que Meyer llama "imbecilidad ideológica profundamente arraigada en ciertas izquierdas".

      Las hambrunas eran frecuentes antes de 1917 por una razón: el tipo de cultivo ("cultivo en franjas") utilizado por los campesinos, ucranianos incluidos. A raíz de la colectivización y con la excepción de un pequeño periodo perfectamente comprensible inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial (1946-1947), lo que ocurrió -¿qué raro?- es que las hambrunas desaparecieron, y para siempre. ¿Por qué Rusia es hoy un formidable exportador de trigo? Ciertamente, durante la colectivización hubo deportaciones de campesinos ricos, pero hubo también muchos campesinos que no resistieron y más bien vieron con buenos ojos el proceso. En 1933, el gobierno soviético comenzó a proveer de ayuda masiva de cereales a los lugares donde había bolsones de hambruna. "El campesino" no desapareció: por lo menos hasta los años '60 y sin hambrunas, la Unión Soviética siguió siendo un país predominantemente rural, y con una herencia comunal que pesó muy fuerte en la trayectoria histórica, tal y como lo han sostenido estudiosos como Antonio Fernández Ortiz y Serguei Kara-Murzá. Es con la posterior urbanización que empezaron a alterarse estas bases comunales del socialismo y se fue derivando hacia una mentalidad cada vez más entre burocrática y clasemediera. Los líderes comunistas latinoamericanos que visitaban Moscú en los '60 aún decían que parecía "una gran aldea", y que el soviético era un mundo campesino, de mujiks. Posteriormente, no faltaron los escritores soviéticos, nunca disidentes, que sintieran nostalgia de este mundo del campo, los "aldeanos" (derevianchiki), entre ellos el muy prosoviético Valentín Rasputín.

     No es que no haya entendido nada: Meyer vió lo que su prisma ideológico anticomunista le permitió ver, sin impedirle llegar a planteamientos absurdos nunca corregidos y con fuentes originadas en el nazismo. En estas condiciones, no se trata a la gente de "imbécil". En fin: puede que hayan sido "la mano invisible del mercado" y "los derechos y las libertades" los que hayan llevado a Meyer a consagrarse incluso con falsedades flagrantes, que tampoco escasean en su Rusia y sus imperios. Cuando se edifica así una fama, no es seguro que se pueda hablar de "valientes". Pero en fin: si ya saben cómo soy, no me inviten. Los dejo con Don Chayo y sus Cardenales (da click en el botón de reproducción).


 


jueves, 23 de diciembre de 2021

MIÉNTEME MÁS, QUE TUS MENTIRAS ME HACEN FELIZ

 La señora Isabel Turrent, esposa de Enrique Krauze, escribió hace poco en el periódico mexicano Reforma lo siguiente ("El fin del zar rojo"):

     "En 1937 los asuntos de Estado en la URSS se discutían entre películas y comilonas en la dacha de Kuntsevo, el retiro secreto de Stalin, donde rodeado de una corte reducida de lacayos serviles y adoradores de la violencia y la tortura a la medida de la paranoia del dictador (los tiranos siempre encuentran los operadores adecuados para sus fines), se decidía el destino de los enemigos en turno". De acuerdo con el libro testimonial de Simon Sebag Montefiore, La corte del zar rojo, fue hasta después de la guerra (es decir, después de 1945) que las cosas pasaron a decidirse como las describe Turrent, quien olvida mencionar buenas dosis de alcohol. Los soviéticos estaban literalmente embriagados por la victoria, al grado de que hay quien ha dicho que mejor hubieran perdido en el conflicto. En 1937, las cosas se resolvían en la llamada "pequeña esquina" del Kremlin, no en Kuntsevo, y no era Stalin quien confeccionaba las listas, sino que incluso llegó a no dar crédito a la información que se le hacía llegar sobre tal o cual supuesta "conspiración". Los había, pero no todos eran lacayos serviles: Semión Budionni, por ejemplo, encaró a Stalin sobre las ejecuciones. No le ocurrió nada. Esto es lo que consta en el libro de Montefiore, muy poco amigable hacia Stalin.

     Prosigue Turrent: "quienes iban a dar a las prisiones de la KGB sabían que su familia y todos sus conocidos, y la familia y los amigos de sus conocidos, acabarían en la tumba o en el Gulag". El problema es que la KGB (Comité para la Seguridad del Estado) no existía, puesto que se creó en 1954, un año después de la muerte de Stalin: quien se encargaba de sembrar el miedo era el NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos).

     Adelante con la señora Turrent: "quienes caían en manos de Yagoda o Beria, para mencionar nada más a dos de los arquitectos del Terror, guardaban sin embargo un dejo de esperanza -inexplicable-; le pedían a Stalin por su familia y aceptaban en juicios públicos los crímenes que nunca habían cometido para salvaguardar su papel histórico como defensores del partido leninista y, con mucha suerte, su vida". Nótese que la frase carece de sentido: uno no confiesa ser un criminal para salvaguardar alguna reputación. En 1937, Guenrij Yagoda o Lavrenti Beria no tenían nada que ver con el asunto, puesto que el encargado de las ejecuciones era, como jefe del NKVD, Nikolai Yezhov. Yagoda cayó en 1936 y Beria, al quedarse al frente del NKVD en 1938, mandó vaciar los campos (Gulags), de la misma manera en que luego liberó presos políticos y suprimió la tortura. Con Yezhov, entre 1937 y 1938, efectivamente cundió el miedo porque el jefe del NKVD mandaba ejecutar legiones de inocentes. Yezhov fue descubierto y ejecutado. Stalin afirmó que por culpa de Yezhov había muerto "gente inocente" y se había acabado con muchos de los mejores cuadros del partido. Yezhov actuaba de consuno con primeros secretarios del partido. La información llegaba desde estos sectores intermedios a Stalin, y no al revés. Siempre de acuerdo con el texto de Montefiore, a Yezhov se le pudo probar en el registro de domicilio que conspiraba contra Stalin.

      Para Turrent, "Stalin era (y sigue siendo en la Rusia de hoy) muy popular". No tanto, si había quienes como Yezhov buscan sacarlo del camino. En cuanto a la actualidad, la población rusa está dividida.

     "El Estado -dice Turrent- era dueño de todo, el único empleador y proveedor de servicios". En lo que toca a la época de Stalin, es falso: desde tiempos zaristas hasta los años '50 existía el artel, una forma cooperativa ajena al Estado. Fue defendida contra la colectivización forzosa por Stalin, en el año 1930. Stalin defendió la libertad de emprender del artel hasta 1952, un año antes de su muerte, y esta forma de producción garantizaba el abastecimiento del mercado de tal forma que no hubiera carestía. Por lo demás, en el campo se podía tener desde huertos personales hasta ganado doméstico de propiedad privada y no estatal. Fue el líder soviético Nikita Jrushchov quien en 1960 la emprendió contra el artel y el comercio minorista. A propósito de películas y comilonas, en una de éstas Beria tocó la cabeza de Jrushchov con los dedos (como cuando se toca a una puerta) y exclamó: "!hueca!".

      Según Turrent, Stalin era "neurótico, mercurial, vanidoso y genocida", solo que para la época no se estilaba hablar de neurosis y no hubo genocidio alguno, ni siquiera de las nacionalidades que fueron deportadas por colaborar con los alemanes durante la guerra (tártaros de Crimea, chechenos, alemanes del Volga, etcétera...). Luego pudieron volver a sus lugares de origen.

     Turrent, muy al día, escribe que Stalin "firmó un acuerdo con Hitler, que desató la Segunda Guerra, bajo la creencia -bismarckiana- de que los alemanes nunca abrirían dos frentes: no atacarían la URSS en años y le permitirían reconstruir el Ejército y a la industria militar". Nadie le había hecho nada a la industria militar, que al comienzo de la guerra fue llevada a los Urales. El pacto germano-soviético data de 1939 y para ese entonces Hitler ya iba camino a la guerra, puesto que acababa de tragarse Checoslovaquia. Al menos según Montefiore, Stalin esperaba el ataque para 1942, no para "años después", y efectivamente los alemanes se cuidaron de abrir dos frentes a la vez; atacaron a la Unión Soviética luego de que Francia se hubiera rendido y de que Gran Bretaña se instalara en la calma. Francia capituló en junio de 1940 y la batalla de Inglaterra (aérea) cedió en mayo de 1941, un mes antes de que los nazis se lanzaran contra los soviéticos, por lo que la guerra ya estaba desatada. Las cosas ocurrieron de tal modo que Stalin estuvo pidiendo un buen rato, durante la guerra, que los aliados abrieran el "segundo frente", ante un primer ministro británico impasible, Winston Churchill.

     Remata Turrent: "los soviéticos ganaron de milagro: el legado de Stalin fueron 20 millones de muertos y un país destruido que hubo que levantar desde sus cimientos". El problema es que a esos 20 millones no los mató Stalin, sino la soldadesca nazi. Los milagros ocurren cuando alguien tan mal informado, y además estereotipado, tiene una columna en un periódico en la cual puede decir absolutamente lo que sea, con toda impunidad, probablemente muy bien pagada y sin que salga nadie a significarle que no se puede escribir un artículo tan plagado de errores de información. Por cierto, pareciera -dado que retuitea a señora e hijo- que a Krauze no le incomodan ciertas formas de nepotismo: optó por jugar las reglas del monarca que critica con su excelente "código Morse", con lo cual lo escrito no guarda mayor relación con la conducta personal. Salvo que ésta se encuentre legitimada por una "exclusividad de derechos" para la gloria, puesto que se tiene imagen y fama. Para familia y amigotes, así escriban incluso incoherencias. En fin, con todo cariño para la señora...(click en el botón de reproducción)



martes, 21 de diciembre de 2021

CHILE: LA REINA ISABEL SEGUIRÁ CANTANDO RANCHERAS

El triunfo del centro-izquierdista Gabriel Boric -de 35 años- en la segunda vuelta de las elecciones chilenas ya dió para una nueva coincidencia entre la izquierda progresista latinoamericana y los "demócratas liberales". El Grupo de Puebla se apresuró a arrimarse a Boric, que no era su candidato, ya que lo era el señor MEO (Marco Enríquez Ominami), quien obtuvo una votación bastante deplorable en la primera vuelta. Boric llegó con un "empujoncito" del Partido Comunista de Chile, arrimado a su vez a los cubanos de manera erróneamente incondicional, y que encontraron "voces" para sugerir que ya se están abriendo las grandes alamedas de las que hablara Salvador Allende, el presidente chileno de la Unidad Popular (UP) entre 1970 y 1973, sacado del gobierno por el golpe de Estado de Augusto Pinochet. Para variar, se cayó en el triunfalismo del poder olvidando que el derechista José Antonio Kast obtuvo más del 44 % de los votos, lo que es tanto como decir que la población chilena está dividida. Kast se impuso ampliamente en la capital chilena, Santiago, y zona metropolitana, y en la "frontera centro sur", hacia la Araucanía. Las divisiones regionales también son significativas.

      Ahora sí. Isabel Turrent, columnista mexicana de Reforma, tuiteó lo siguiente: "celebro el triunfo de Boric en Chile. Después de 1973, la izquierda merece otra oportunidad, el fascismo pinochetista que representa Kast, no. Ojalá Boric gobierne desde el centro de la izquierda liberal". Tal vez haya quien pueda explicar qué diablos es "el centro de la izquierda liberal". Lo cierto es que en el programa de Boric hay de centro, de izquierda y de "liberal". El ex canciller Jorge G. Castañeda tuiteó por su parte: "espero que el joven (...) aprendió la lección de Allende. No se puede hacer una revolución por las buenas: o se hace por las malas, o no se hace" ("Boric para todos"). El marido de la señora Turrent, para más señas Enrique Krauze, tuiteó por su parte: "Boric tiene una oportunidad histórica: mostrar que es posible una izquierda constructiva y tolerante, acorde con la gran tradición republicana de Chile". 

     A finales del siglo XIX, con un programa liberal, José Manuel Balmaceda fue orillado en medio de una guerra civil al suicidio. Tal vez se trate del presidente Pedro Aguirre Cerda y sus no tan republicanas simpatías por el nazismo. O de quienes ordenaron la cruel matanza de miles de mineros de Santa María de Iquique a principios del siglo XX (en 1907: el presidente era Pedro Montt). Pasemos sobre Pinochet. ¿O se trata del golpe de Estado de Marmaduke Grove en 1924? Como lo ha demostrado el estudioso Jorge Larraín, las grandes tradiciones históricas de Chile han sido la guerrera, por la lucha de frontera contra los mapuches, y la de la hacienda. No da demasiado para una "gran tradición republicana", pero como sea es encantador leer a Turrent, Castañeda Jr. o Krauze dar consejos desde el palco de la Historia a la que ellos ya pasaron, al igual que los izquierdistas. Castañeda, que no es tonto, sabe muy bien que Boric no tiene mayor "margen de maniobra". No debe haber por lo demás confusión: como lo demostró Inna Afinogenova en Russia Today en Español, cifras en mano, las protestas contra el saliente mandatario Sebastián Piñera no fueron de sectores populares, sino en buena medida de estudiantes de educación superior. Luego, la población se desentendió en buena medida de la Constituyente para redactar una nueva Constitución, para salir ahora más o menos masivamente a votar con el resultado de un país partido en dos.

     Boric tiene, más allá de la imitación de los dictados de organismos internacionales, algunas ideas interesantes: subir impuestos a los ricos, crear un buen sistema de salud, evitar la minería que afecte al medio ambiente, terminar con esquemas de pensiones privadas y remover las deudas estudiantiles. Castañeda Jr. empuja en la dirección de interés para sectores de clase media: aborto, matrimonio gay, legalización de la marihuana, género, cambio climático...

     Boric supo atraerse a los indecisos, pero hay que considerar lo siguiente. En la primera vuelta al menos, los sectores populares se inclinaron por Kast, no por Boric, curiosamente candidato de sectores acomodados y de jovencitos, los de entre 18 y 30 años.

      Para reunir los ingredientes de la ensalada rusa, Boric se ha pronunciado contra Cuba, Nicaragua y Venezuela y es alguien cercano a los inexpertos españoles de Podemos.

      De esta hegemonía estudiantil y de clase media, ajena a los intereses populares, no está del todo claro lo que vaya a resultar. No sería en todo caso más que la inconclusa revolución democrático-burguesa. No es poca cosa. Con lo que no tiene nada que ver es con los ideales socialistas de Allende, ni con los que "Fidel" quiso endilgarle al mismo de la manera más imprudente, ni con el espíritu de los socialistas que esperaban que era su turno de usufructuar el Estado en beneficio propio, si se deja de lado por un momento la idealización del gobierno de la Unidad Popular. Música chilena: da click en el botón de reproducción.



lunes, 20 de diciembre de 2021

URSS: A TREINTA AÑOS DE LA EXTINCIÓN

 Una de las cosas que seguramente haya que agradecerle al historiador británico Simon Sebag Montefiore es haber escrito una completamente contradictoria, pero no por ello menos interesante, biografía de Stalin en dos tomos, el segundo de ellos intitulado La corte del zar rojo. Stalin está lejos de aparecer, contra quienes creen que el del británico forma parte de los "libros para no hacer la revolución", como un simple resentido, un hombre lleno de odio -Sebag Montefiore en ningún momento menciona esta palabra, y además, no se llama tampoco Montefiori- y todavía menos alguien "limitado". Dicho sea de paso, el líder soviético jamás dijo que los bolcheviques fueran "de una factura aparte", sino de una "pasta especial".

      Pasemos sobre el hecho de que, aún apoyándose en testimonios muy valiosos y datos de archivo, La corte del zar rojo es un libro a tal punto descontextualizado que llevó a quejas de más de un lector: la supuesta "corte" de Stalin y éste no parecen movidos por ninguna consideración política, sino por algún tipo de "fundamentalismo" y el puro capricho, prolongando de esta manera la tradición zarista, aunque en medio de un aparente relajo total que involucra un mar de asesinos, depravados sexuales, mujeriegos y alcohólicos incorregibles. Cierto es que una que otra personalidad resultó siniestra, pero ahora se sabe, gracias a investigaciones de archivo, por qué motivos. Stalin nunca le perdonó a Nikolai Yezhov, jefe de la policía secreta a finales de los años'30, la ejecución de gente inocente en los terribles años 1937-1938. 

     La descontextualización de Montefiore lleva a omitir el constante clima de asedio contra los bolcheviques, desde la Guerra Civil hasta la Segunda Guerra Mundial, pasando por los intentos del nazismo por socavar desde dentro al poder soviético. Y por lo demás, las cifras de muertos pasadas a la cuenta de Stalin son un estafa total, ya demostrada hace tiempo. Pareciera por lo demás que todos los prisioneros eran inocentes, incluso los delincuentes comunes. Montefiore tampoco se da cuenta de que gracias a la colectivización forzada de la agricultura se acabarían a la larga las hambrunas, que datan de antes de 1917 (y que cesaron con una última, muy explicable, después de la guerra), y se daría paso, mediante planes quinquenales, a una industrialización muy exitosa que permitió vencer en la guerra contra los alemanes (algo olvidado por el actual gobierno ruso) y hacer de la Unión Soviética una potencia, lo que en más de un aspecto la Federación Rusa sigue siendo.

     En abono de Sebag Montefiore y puesto que no se trata de rehabilitar ni glorificar a nadie, puede decirse que los modales de los dirigentes de la época de Stalin solían ser los del pueblo, en más de una ocasión bruscos, y de un pueblo que, más que de un pasado capitalista, venía de uno feudal bastante brutal. Aún así, era el mundo del trabajo: Sebag Montefiore reconoce la impresionante capacidad de trabajo y organización de Stalin y muchos de sus allegados, su ánimo de constante superación personal y sus conocimientos incluso enciclopédicos.

      Fue un periodo, de mediados de los años '20 a principios de los '50, unas tres décadas, de gobernantes salidos del pueblo: Stalin, hijo de zapatero y él mismo zapatero; Serguei Kirov, mecánico; Semión Budionni, hijo de campesinos pobres; Lazar Kaganóvich, zapatero; Viacheslav Molotov, hijo de un tendero; Lavrenti Beria, hijo de una familia de campesinos pobres también; Anastas Mikoyán, hijo de un carpintero; Mijaíl Kalinin, hijo de labrador y convertido en obrero industrial; Kliment Voroshilov, hijo de ferroviario... había pocas excepciones, como las de Andrei Zhdanov, Gueorgui Malenkov y Sergo Ordzhonikidze. Seguramente más de uno vió con espanto que gente del origen más humilde se encontrara en la cúspide soviética. La desventaja del "muchacho de campo" Nikita Jrushchov está en que, además de haberse aficionado a las ejecuciones en masa, al grado de superar las "cuotas", no parece haber sido tan proclive a la superación personal ni a pasar de ser semianalfabeto. Prefería vociferar contra el "Judas Trotski".

     El mismo Sebag Montefiore reconoce que Stalin detestaba que lo adularan y lo expresaba abiertamente. La explicación del indudable culto a la personalidad está en otra parte y no hace inocente al pueblo soviético. Hay registros documentales fílmicos que muestran a un Stalin atónito y exasperado ante los interminables vítores a su persona. Ni adalid del terror, pues, ni de que lo alabaran, lo que no lo exonera en su brusquedad. Sobre la ejecución de inocentes por parte de Nikolai Yezhov en el terrible periodo 1937-1938, Stalin argumentó que no era sencillo fiarse de las pruebas de aquél en 1937: se había destruido a "gente honesta" y a "los mejores cuadros", todo en un clima del que Sebag Montefiore ni cuenta se da, el de la inminente guerra. Sebag Montefiore confirma que el totalmente disoluto Yezhov apuntaba contra Stalin. Documentales de la época muestran a un Yezhov frívolo e incapaz de sostener la mirada.

     Después de todo, Sebag Montefiore da a entender cómo en los difíciles años '30 había gente -y bastante- opuesta a Stalin en el partido gobernante que al mismo tiempo lo aplaudía o podía incluso llamar "caudillo" (Vozhd), ocurrencia de Jrushchov que Sebag Montefore repite hasta el cansancio. Stalin ni siquiera quería el liderazgo a toda costa y en sus últimos años solicitó en más de una ocasión ser remplazado, lo que la adulación le negó, como ocurrió inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el líder soviético ni siquiera se entusiasmó de que lo nombraran "generalísimo". El problema se complicó después de la Segunda Guerra Mundial: los jerarcas soviéticos llegaron a sentirse embriagados por la victoria, por lo que difícilmente admitían que Stalin quisiera volver sobre lo no resuelto antes de la guerra. Stalin llegó a confiar sobre todo en Andrei Zhdanov (y no tanto en Beria), pero éste murió temprano y por lo demás no ambicionaba el poder. Stalin solía prestar más atención a quienes discrepaban, y según testimonios citados por Montefiore, "le gustaba la gente que tenía su propio punto de vista y no temía defenderlo". Se enojaba hasta gritar con quien le contestara "sí, camarada Stalin; por supuesto, camarada Stalin...sabia decisión, camarada Stalin". Por lo demás, según el mismo líder bolchevique, "era más fácil fusilar que poner a la gente a trabajar".

     Sebag Montefiore muestra lo duras que podían ser las disputas políticas y confirma que más de uno se opuso a Stalin sin acabar en ningún Gulag, desde Molotov hasta Voroshílov, pasando por el militar Gueorgui Zhukov.

      Al final de la guerra, con muchos de los mejores hombres muertos en el Frente, la burocracia que Stalin no pudo derrotar en 1936 siguió avanzando, al grado que puede pensarse que sólo esperaba la ocasión de llevar la clásica operación de lavarse las manos para hacerse del poder y legitimarse ante la población: es lo que logró en 1956 Jrushchov en medio de un hoy probado alud de mentiras. Se entronizaba así el hábito del gran discurso "ideológico" -más bien reducido a propaganda- sin mayor responsabilidad y en cambio con ambición. No queda claro qué se reivindica de Jrushchov, quien llegó al poder mediante un golpe de Estado, apoyado por algunos militares, que incluyó la ejecución de Beria con una a todas luces fabricada acusación de ser "espía británico". Como Stalin y sus allegados alrededor de 1936, Beria, artífice de la bomba atómica soviética, buscaba un Estado más independiente del partido único, aunque no era un bolchevique "a fondo". Quienes se opusieron al ascenso de Jrushchov fueron llamados de hecho "el grupo antipartido". En adelante, contra lo deseado desde 1936, se corría el riesgo de que la politiquería se impusiera al profesionalismo en el manejo del Estado. Beria fue apartado del grupo en el poder para ser ejecutado con el apoyo del militar Zhukov. Las condiciones del asesinato de Beria nunca fueron aclaradas por Jrushchov, alguien de quien Stalin decía que era "más ignorante que el Negus de Etiopía"   

     Los últimos años de vida acentuaron en Stalin rasgos de decrepitud que le hacían difícil gobernar, pero el problema estaba en otra parte: el engreímiento por la victoria había creado laxismo, ambiciones entre "los mariscales" y dejaba abierto el camino a la ya rampante burocratización de preguerra. Curiosamente, el deshielo puede leerse como el triunfo de la burocracia a la sombra del partido y el principio de una peculiar ineptitud, que Mijaíl Gorbachov, el último líder soviético (y objeto de reconocimiento del gobierno ruso de Vladimir Putin) encarnaría a la larga muy bien.

     Montefiore escribe tranquilamente que los allegados de Stalin terminaron por retirarse del poder sin ningún privilegio. No robaron ni disfrutaron de lujos particulares, como no fue tampoco el caso de Stalin. Tampoco hubo nepotismo. En estas condiciones, de La corte del zar rojo queda la pésima impresión de un uso de los testimonios y los archivos ajeno a cualquier otra consideración que no fuera la de mostrar lo que puede hacer la ambición de poder, el gusto por la intriga, la sed de sangre y cosas por el estilo, para compensar personalidades "resentidas, limitadas y llenas de odio". No deja de ser un estereotipo, por lo demás frecuente en países como los latinoamericanos, o incluso una proyección de quien lo escribe.

     Lo interesante de La corte del zar rojo es que muestre una época dura y el peso de costumbres de origen feudal en el trato, que duran hasta hoy, mezcladas con el sovietismo y ahora con el capitalismo. La costumbre feudal está ligada a una dificultad para el trato entre iguales y una tendencia marcada a la humillación, que convierte la ofensa y el pedido de perdón por la ofensa en todo un deporte. No es seguro que Occidente comprenda que entre los años '20 y '30 del siglo XX se alzó una gran potencia; tampoco es seguro que, por abandonar el pasado marxista-leninista, los rusos de hoy entiendan que lo que se les depara constantemente desde el exterior puede ser más que la pura humillación: repelieron el nazi-fascismo, pero no puede decirse que lo hayan comprendido desde dentro. Pasarse el tiempo escupiendo sobre el pasado -con verdadero fervor- no ha demostrado ser garantía de ganarse los favores del mundo capitalista.


 




      


 


ESTEBAN FROYLÁN PORTILLO URBINA

 Como México es el país más feliz del mundo, los médicos están felices de ejercer su profesión y la disfrutan muchísimo, y los pacientes est...