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viernes, 20 de septiembre de 2024

ES QUE NO HAY DE OTRA...



 Cuando se trata de técnica, más el día de hoy, resulta para muchos difícil no hacer de ella un fetiche, objeto de veneración: es por ello, por ejemplo, que para algunos se cambia de celular a cada rato para estar con la "última generación", como también tiende a obligarse a cambiar de automóvil con frecuencia pese a que no sea necesario. Los programas de la Internet van de cambio en cambio, etcétera, y hasta para un servicio telefónico hay que toparse con: "nuestro menú, ha cambiado". Al menos no lo hacen así los restaurantes.

     En un país como México, más de una obtención de un servicio por teléfono o de realización de un trámite en la Web puede significar una peregrinación de horas sin garantías de certeza, trátese de algo relacionado por ejemplo con una Aplicación bancaria, de cotizar el mes en el IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social) para una trabajadora del hogar, de obtener que se haga efectivo un Seguro de gastos médicos mayores, de lograr una asesoría legal en la Defensoría Pública, de tener asesoría para una transferencia bancaria, o muchas cosas más. Algunas personas creen que es "la tecnología", ciertamente no exenta de algunas complicaciones, pero esta es actitud de "ludita": era el obrero furioso que en el siglo XIX le pegaba a la máquina. En realidad, la tecnología -los programas, por ejemplo- son mercancías que se compran y se venden: un negocio, y como tal, algo hecho por personas. Todavía no ha nacido la "cabecita de algoritmo", aunque podría no estar lejos el día en que un "ligue" comience así: en vez de "¿cómo te llamas?", un "¿me das tu ID?". La tendencia es a creer que, así como un mesero mexicano puede decir que "están trabajando los chilaquiles", es "el sistema" el que "habla" y decide. "Lo arroja" o "no lo arroja" "el sistema" y no hay nada humanamente posible. Rara vez se piensa que alguien diseñó ese "sistema", o que alguien diseñó un menú telefónico, a veces, con la idea de que todo usuario es potencialmente fraudulento, al estilo antiguo del Súper Agente 86.

         En primer lugar, y como ocurre en otros ámbitos (compensados con algunas "ayudas sociales"), lo que supone esta nueva tecnología, con la creencia de que es la máquina automatizada la que hace las cosas, es la conversión del trabajador de servicios en apéndice de la "herramienta" y "lo que arroja", sin que aquél tenga mayor capacitación para resolver problemas, más allá de seguir mínimamente un protocolo. No se capacita para solucionar algo que suponga un error o una falla, puesto que lo automático supone que no halla; por momentos, hablar con alguien que "da el servicio" siguiendo un protocolo sin pensar es como meter una moneda en un máquina a ver "qué arroja", si refresco, papitas o galletas. Cualquiera sabe lo que ocurre si por error la máquina se traga la moneda: la máquina, diseñada por alguien (por lo que habría que llamar sabrá Dios a dónde para que la abran), tiene el sartén por el mango y el usuario es quien está frito. Pobre del que, tratando de arreglar algo que la gente de los protocolos no previó o carece de capacitación para resolver (lo más frecuente), tiene que aguantarse un "tour" por "lo voy a transferir al área de" sin garantía de que no se siga así hasta colmar la paciencia. No queda más que una forma de "tráfico con embotellamiento": no por la tecnología, sino por la falta de capacitación y capacidad para pensar de quien atiende y no está para pensar, sino para seguir el automatismo del protocolo, acercándose al grado de "apéndice con automatismos" de la máquina (el clásico "¿cómo se encuentra usted el día de hoy?"). La "fuerza productiva" de la máquina está "trabada" por la relación entre personas y de propiedad, es decir, por el hecho de que, en la cabeza del empresario, la máquina sirve para reducir costos de capacitación (educación incluida), para volver precario el trabajo (el que tiene poca capacitación es más fácilmente remplazable), presionar el salario a la baja o estancarlo y crear inseguridad en el trabajador, que, enajenado (entiéndase que sometido a la fuerza ajena de la máquina), ya ni siquiera tiene claro el sentido de lo que hace, fuera de recitar un protocolo. En este sentido, la pérdida de saber es pérdida de oficio o profesionalismo. Ser competitivo, no ser competente. El manejo del empresario se "come" parasitariamente al trabajo que hubiera podido estar bien hecho y que se chatarriza, sin contar el riesgo de sobreexplotación. Es la relación mala entre personas -empresario y trabajador- que "pudre" el trabajo, no la máquina. Es muy notorio en países que, como México, están acostumbrados a no capacitar mayormente a la fuerza de trabajo, pese a las exigencias de ley. De "rebote", hay cierta forma de echar a perder el consumo del servicio, porque además éste está pensado para "explotar" al usuario: ningún banco falla -ni otra empresa, como la del teléfono, por ejemplo- si no se paga a tiempo, así sea por descuido. Hay que agregar la tendencia al monopolio u oligopolio que impide cambiar de otorgante del servicio, si bien puede haber a veces diferencias algo útiles para el consumidor (que puede por ejemplo conocer ciertas diferencias entre pocos bancos). Lo grave es que, en nombre de la "adaptación para no quedarse atrás", estos "modos" de empresa se vayan haciendo presentes en el sector público, con el mismo efecto de "embotellamiento". Y otra vez: cuando está realmente organizado de acuerdo con el servicio público y el sentido de atención, curiosamente las cosas marchan (es conocido en México el caso bastante eficaz de la oficina de pasaportes, lo que indica que no es problema de tecnología). Otro ejemplo: el piloto de avión debe saber qué hacer para volar manualmente -pensando- si falla la computarización del vuelo. Que durante un tiempo no se haya dado esta capacitación provocó uno que otro desastre (con los "tubos Pitot" congelados, por ejemplo, una falla que suponía pasar del "piloto automático" a saber pensar cómo maniobrar manualmente la "nariz" del avión).

       Pareciera que, con el fetiche del "automatismo", más de uno cree que saldrá con ganancia ahorrándose el costo de pensar y limitándose a "seguir la flecha", ni se diga con la Inteligencia Artificial, pese a que es muy fácil ponerla a prueba para ver sus limitaciones. Ahora es "hacer sin pensar" y el usuario o consumidor tampoco está llamado a pensar: no sirve de nada cuando se está en un "atorón" y no hay vías alternas, aunque a veces no esté de más buscarlas. Ir de México a París vía Sydney siempre es posible. Lo que se tiene que considerar, pero es tabú -mientras la máquina es el tótem- es que, en la relación entre personas, el empresario no se interesa por capacitar y dar realmente un oficio o profesión; precariza, no paga bien y vuelve inseguro; busca que todo "rote" más rápido, pero no se preocupa por dar servicio ni por la calidad del consumo, sino simplemente por realizar su ganancia. Así va el futuro que tanto entusiasma. Y cuidado, porque no se aceptan devoluciones. Si hay un argumento que no lo es -pero lo esgrime la presidente electa de México, Claudia Sheinbaum- es que multiplicando las máquinas se evita la corrupción. Antes de este maquinismo desaforado había en varios países administración pública sin corrupción.  ¿Qué ocurre si con lo que antes se sometía al cuerpo es ahora con la mente? (da click en el botón de reproducción vía Youtube).











lunes, 16 de septiembre de 2024

YA LO DESPERTARON

 Es muy entristecedor que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) esté yéndose a pique como lo está haciendo, sin entender siquiera lo que está haciendo. No es el único: es en parte lo que ocurre cuando mandan los medios de comunicación masiva y exigen mercadotecnia para vender cualquier cosa y conseguir negocio.

      El PRI no fue una dictadura, tampoco una "perfecta", ni un partido único. Este no es más que el cuento que se han querido contar los libertarios para hacer de sí mismos supuestos "héroes", sobre todo a partir de 1968 y dejando en el olvido luchas previas. Al mismo tiempo, el PRI tampoco fue la pureza y tuvo afición temprana por la corrupción, como lo atestiguaran las historias seguramente poco conocidas de las parrandas de "La bandida" y "La comanche": la "fiesta" -tan reivindicada como si fuera muy propia- como lugar de relajo para que el otro mostrara su lado débil y quedara "amarrado". A la vuelta de los años, aunque era algo ya preparado desde el alemanismo (con "La guayaba y la tostada" en Nosotros los pobres), empezó, un poco más allá del populismo, la recuperación mediática del "pueblo" para "hacerlo caer" y voltearlo contra sí mismo, en lo grotesco y lo vulgar, en gran medida gracias a la televisión, y en parte el cine, todo con vínculos en especial con Televisa. Los personajes de pueblo son a partir de cierto momento éso, más personajes que personas, sin miedo al ridículo, desde hace rato: desde Chon y Chano hasta los de la vecindad del Chavo, pasando por algunos de Derbez en Cuando ("pregúuuuntame, cabrón"), un par de pseudoindias (la India María y la india Yuridia)y otras exhibiciones ("La risa en vacaciones", etcétera): el ascenso de la "clase" media es también la creación de un pueblo de caricatura, para el consumo, con mucho empeño en ir perdiendo el sentido del decoro, que podía estar ligado al trabajo, el estudio y cierta sabiduría. No: el pueblo es el chacoteo, lo bajo, lo que empieza a tirar a lumpen (y que ya está presente en el alemanismo), lo que desde lo bajo ayuda a corromper. Desde que empieza el ascenso de Televisa y a principios de los '70, Mario Moreno "Cantinflas" lamenta que se estén perdiendo valores. Al rato es la pachangota con "La Pelangocha" no muy lejos de la obscenidad y lo populachero o la vuelta a la feria de las balas. El capitalino o "chilango" tiene especial facilidad para corromper y "hacer caer" para "nivelar por lo bajo". Cualquiera puede buscar la definición de la palabra: es regodearse en la pérdida reiterada del decoro. Ya se ha dicho: nunca criticado, el sexenio de José López Portillo (1976-1982) ya es el del histrión y el de alguien de "fiestas" o bacanales como Arturo Durazo. De una u otra forma, se trata de no tener mayor verguenza. Se olvida cómo Luis Echeverría (1970-1976) era odiado entre otras cosas por no ir a fiestas de políticos. Para el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988), ya se habla de "renovación moral", sin que sea tal. La imagen que se le pretende dar de sí mismo al pueblo mexicano es penosa: el goce de la falta de decoro. Algunas otras cosas ya están igualmente latentes, como algunos de Sinaloa en 1968 o, previamente, en la caída del rector universitario Ignacio Chávez, el último en creer en la academia antes que en la politiquería. Detrás de ciertos golpes bajos ya está la mano de uno que otro gobernador de Sinaloa, gente que, a diferencia de la norteña (con excepciones como Raúl Hernández, el "Tigre Solitario"), da lugar a "enfermos" y personas "broncas" -no de hablar golpeado-, cuando Reyes Heroles padre lanza la advertencia de "no despertar al México Bronco". El pacto con éste es parte de la historia del PRI, la nefasta.

     De revolucionario, entonces, va quedando el ánimo de "echar bala" hasta que, en algún momento, alguien con Héctor "El Guero" Palma rompe el código de honor mafioso y se mete con la familia. Y sin que se note la consecuencia, se debilita, junto al Estado, lo "institucional", que aseguraba tan mal que bien, junto a ciertos límites y formas, el equilibrio de intereses que se irá rompiendo -con gérmenes en las ambiciones de Raúl Salinas Lozano- entre 1988 y 1994: si se puede matar a un candidato a la presidencia, es que ya todo se vale, lo que no es propio ni de las instituciones, que "instituyen" reglas, ni del decoro. En este sentido, tal vez quepan lamentar algunas de las firmas de intelectuales a favor del Frente Amplio Opositor, de Xóchitl Gálvez, al lado de sinverguenzas, puesto que el estilo del seductor de la patria es el cinismo, como el de los dos grupos intelectuales de "ese sexenio" que acaba a tiros, no sólo con el candidato Luis Donaldo Colosio, ni con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), sino con el cardenal Posadas y el cártel del Golfo. Con el pueblo que, sin mejorar su condición, es invitado a la "fiesta", previa liquidación de la referencia a la Revolución Mexicana, salvo por el "icónico" Emiliano Zapata. Ya no queda nada después, salvo el arribismo que inaugura Ernesto Zedillo (1994-2000). No es del gusto de los libertarios, que no quieren ningún Estado, pero es la salida de alguien con figura, Fernando Gutiérrez Barrios. El PRI se va desfigurando y va entre "desfiguros", como el del bajísimo Roberto Madrazo Pintado, una verguenza para un estado como Tabasco.

      Capitalismo político, desde arriba (desde la "política"), aunque heredero de un fuerte movimiento desde abajo, el PRI alcanzó a tener su empresariado trunco, en particular empresariado agrícola, del noroeste, norte de Sinaloa y sur de Sonora. Es algo más que se va, se esté o no de acuerdo con lo que esa región representó: "Alito" Moreno no tiene nada que decir cuando se va Francisco Labastida Ochoa, de Los Mochis (Sin.), alguna vez candidato a la presidencia saboteado por Zedillo, que tiene orden de alternar. Labastida Ochoa es, hasta cierto punto, expresión de decoro, como algunos más (no todos) que se han ido del PRI; y el mismo "Alito" margina a Manlio Fabio Beltrones (Villa Juárez, sur de Son.), con asomo de decoro no del todo perdido, pese a haber metido una "mala modernidad" a Sonora y a no saber cómo salir del modo en que fue utilizado por el seductor de la patria y otros: alguna vez, Beltrones fue parte del equipo de Gutiérrez Barrios y de la escuela de un mínimo de lealtad institucional, lo que heredó la hoy cónsul en Barcelona, Claudia Pavlovich. Y sin excusar más de un desbarre de Beltrones, más bien obtuso en algunas cosas. Después de todo, fue con el PRI que se dijo que, en México, "la forma es fondo". No la desconoció del todo el presidente Andrés Manuel López Obrador: no consideró necesario juzgar al "régimen" antiguo, sino al salinismo, que no es lo mismo. A reserva de saber qué se puede poner cuando el Estado nacional está decapitado. Vulgar, López Obrador no fue. Ni insultó a nadie, pese al lenguaje tropical. Ni se metió con ninguna familia. Los que no tienen idea de lo que de positivo dejó el antiguo régimen son los del arribismo panista (de Acción Nacional, de derecha) y uno que otro tránsfuga del PRI ((José Narro Robles, gran corruptor, ambicioso y cínico, o Beatriz Pagés, de pura pose hasta la patología). Cuauhtémoc Cárdenas se quedó en la confusión de decoro y forma.

       Poco antes de que Televisa fuera deformando al pueblo mexicano, ya estaba presente el gusto de José Vasconcelos y Lázaro Cárdenas: los momentos del mariachi en el que el de la trompeta se autoriza una desafinada mayúscula y el otro de la bravata de macho jalisciense, de mucha honra, con el honor confundido con la forma. El ciclo se cierra entre los 60 y los '70 con un mal comprendido José Alfredo Jiménez. Pero ya está el charro que lo hace "nomás porque se las puede": tiene "palabra de honor", entiéndase que otra que no lo es; echa bravatas y en vez de calmarla, "también las sostiene"; madruga, se adelanta, sorprende, y nunca se sabe si, de ser colocado ante su machismo, no sacará la pistola, hasta hace poco algo no tan infrecuente. El charro pasa también en la costumbre del pueblo.

      Pero si algo estaba en ciernes desde los '60, se engalana desde el año 2000. Con López Obrador acomplejado -según él, es un "indio patarrajada de Macuspana", lo que no es, sino hijo de comerciantes y medio finquero-, el sexenio cierra con la banda MS: 24 años de banda sinaloense -podrían ser 30 si se la sigue la presidente electa Claudia Sheinbaum-, no con problemas con la banda en sí, sino con lo que significa (hasta echar a perder a Sonora con Carín León, por ejemplo): el paso de la antigua bravuconada al insulto ("En tu perra vida", "Tóxica"), la desverguenza (del peinado, de la barba, del estilo de vestir, de las "señoras") y el "más vale cinco minutos de rey que diez años de wey", entiéndase "yo hago lo que quiera porque todo me está permitido"....sin el menor decoro, para lo que además del look está la confusión entre lo vital y lo carente del menor sentido del límite, empezando por el "echar cuerpo". No es por Sinaloa: es por lo que hace la mezcla de narco con californiano, justamente para dejar por completo el decoro -que no era la pura forma- y pasar a "aventarle" al otro lo "bronco", no hosco ni rudo, sino majadero y bruto. Ni siquiera es, como hubiera dicho Vasconcelos luego de residir en Piedras Negras, el fin de la civilización y el principio de la carne asada, porque no la hay ni es lo preferido del triángulo dorado, de cierto insufrible estilo nayarita o de Obregón, el amo de las gracejadas y del gusto por matar. Es que es narco más californiano hecho pasar por mexicano. A diferencia de los antiguos, delincuencia con pretensiones no de rancho, sino de estatus, como "identidad" para el pueblo. Ni siquiera chilorio, Toni Col, "Lola" Beltrán, "Chayito" Valdéz, Luis Pérez Meza o Graciela Beltrán, a la que le componía Joan Sebastian. No: la desafinada que entre otros comenzó con Valentín Elizalde. De Los Tigres del Norte a Peso Pluma, Eduin Caz, Firme y "los trabajos que ni los negros quieren hacer", según esa pérdida de decoro que es el ex vicepresidente Vicente Fox. Esto puede ser decentito ante lo que sigue, que ya no es "vieja escuela", sino casi "el ruido y el furor de un idiota" (da click en el botón de reproducción).




viernes, 13 de septiembre de 2024

HAN ENTRADO EN LA CIUDAD

 El último anuncio de la tienda departamental mexicana Liverpool dice mucho: "la moda rompe reglas". No es tan nuevo: es más bien la última coincidencia entre el gran negocio y los libertarios. Es uno de los grandes servicios de la psicología y el psicoanálisis: derribar el "superyó" que reprime e impide ser libre y ejercer "derechos". Cualquiera, se entiende, es libre de seguir la moda y está "muy en su derecho" de hacerlo. Aunque no quede claro quién dicta la moda y para qué, salvo que haya quien crea que es simplemente cosa de "lo que la gente hace" o "lo que la gente quiere", a veces en nombre de un muy supuesto -y bastante cómodo- "todo el mundo". Es "lo que hay que tener" (the right stuff), para "estar a tono". No siempre es andar con la manada, sino estar en el posible reparto y en el temor a quedar fuera (what's in it for me?). Al mismo tiempo, "ponerse a la moda" tiene algo de mundano. La moda tiene hoy la capacidad de insinuar que da a cada quien la oportunidad de "ser sí mismo", "auténtico", hasta llegar al psicólogo que llama a "mimarse a uno mismo" y andar en el gran placer del Yo que se adora. El resultado es la moda que cada quien sigue individualmente, volviéndose parecido a otro. Si no fuera así, no hubiera moda. Con las reglas debiera ocurrir algo similar: que en vez de estar para romperlas, cada quien las interiorice individualmente y se sigan las mismas para todos, o casi. Las reglas, empero, no dan la impresión de libertad, sino con frecuencia de algo impuesto, más si se toma lo aprendido por impuesto: no es nada más cuestión del orden público, sino de la sociedad misma y lo que se entiende por barbarie. En más de un lugar, ya ha "entrado en la ciudad".

       El ser humano ha ido creando reglas para garantizar un mínimo de convivencia social y de lo que es "civilidad". Hay distintas clases de reglas. Ponerse a irlas rompiendo una tras otra para "adaptarse a la moda" da la impresión de "ser social", pero no lo es. La regla dice, por ejemplo, que los partidarios de tal o cual equipo de futbol pueden armar toda la fiesta que quieran para apoyar al mismo; la moda dicta que encima hay que ir a agarrarse a porrazos con los partidarios del otro equipo y empezar a salirse de todo límite, llegándose como mínimo a los golpes. No es tan nuevo, pero ponerlo de moda vuelve difícil convivir en un estadio -nunca fue tampoco del todo fácil- y llevar a la familia. La regla dicta no andarse con demasiados insultos en el partido (aunque los hay desde hace rato); la moda se vuelve incómoda cuando se trata casi de colarse como un jugador más destanteando al portero del equipo contrario con un sonoro "eeeeeh !puto!". Suena divertido, y no hay que enfadarse demasiado: el problema es que este grito festivo desquicia las reglas del juego, tanto como lanzarle un botellazo al abanderado. Ni siquiera es cuestión de juego limpio: es cuestión de si se permite o no que haya juego. Es lo mismo en la calle: la regla es un reglamento de tránsito, y cualquiera sabe lo que sucede cuando la "moda" es no respetarlo. Lo mismo en el espacio público, por lo que se inventaron lugares que dicen "favor de guardar silencio": no hay que estarse a gritos y sombrerazos en espacios públicos por respeto a la existencia de otros, pero ahora ya llegaron los que llevan audífonos en las orejas y no tienen inconveniente en deleitar al "público" con el sonoro rugir del cañón de cada uno en plan de "no me importa donde estoy", es decir, de invasión del espacio público por el privado. Es que "la moda" dicta tener esos audífonos por "confort", para, a fin de cuentas, decir lo que se quiera, cuando se quiera, como se quiera y donde se quiera. Así en uno que otro deporte, en el tránsito o en la calle o el supermercado: la moda dicta no respetar al equipo contrario, no hacer caso del reglamento de tránsito (menos si hay carrazo por presumir), no tomar en cuenta en un restaurante o en la calle que uno no está "como si fuera único y estuviera solo". La moda puede ser la banda sinaloense, pero la regla dicta no reventarle los oídos a otro en un taxi o en un conjunto habitacional. Así que así está la psicología no del desapego, sino del quererse a uno mismo al grado de "mimarse" y "darse placer": la "moda" dice que me de el gustito de traer la tambora a todo volumen así la regla diga que debe respetarse el espacio del otro. Pues no, lo privado debe ocupar el espacio público: las reglas no son más que algo que no se ha aprendido o que no importa transgredir. Más si la moda lo autoriza. Se entiende que, de generalizarse este tipo de conductas, se está en lo que no por nada se llama la "jungla de asfalto", no nada más porque ya no es un espacio público, sino tampoco uno social, en el sentido de que una sociedad requiere de reglas mínimas de convivencia y cooperación para sobrevivir. Incluso una sociedad de una banda de ladrones: se acaba si se empiezan a robar entre sí.

       Parece muy fácil confundirse y empezar a socavar reglas elementales, al grado de ya no verlas, y encima privilegiar libertades y derechos individuales. ¿No decía la primera ministra británica Margaret Thatcher que "no existe la sociedad, sólo los individuos y familias"? Los libertarios fácilmente ven lo "represivo" en la regla, más si es universal. Queda por saber si la moda es "espontánea", porque "a la gente le nace", o si no está mediada por grandes intereses, por ejemplo a través de la publicidad. Al rato, en la alianza y gracias al poder del dinero y el de psicólogos y psicoanalistas contra "lo que dice la sociedad" (ah, el "sistema"), la moda dicta (!sé espontáneo!!sé tú mismo!) que cada uno desconozca los límites o, si se los vuela, que no sepa de la manera de enmendar. Queda para más de uno lo que hace ya un rato el estudioso Christopher Lasch llamó "refugio en un mundo despiadado": la familia. Sin embargo, no está aislada de presiones del poder del dinero y de la seducción de la "libertad", y no es un lugar que pueda ser de encierro a cal y canto, tipo la Casa de Bernarda Alba. Si la moda se impone a las reglas en familia, no está excluido que se fracture y el refugio sean problemas. La familia fue antaño un lugar de aprendizaje de cómo estar en la sociedad, y con el refuerzo de la escuela, en declive; ahora puede ser el lugar para que cada uno crea que sus deseos son órdenes, pese a apariencias de cohesión. Es "la moda", sin ninguna sanción social, si no hay reglas. En realidad, la familia como lugar para la "captación del deseo" y para lo que ocurre cuando se hunde el barco: niños y mujeres primero. Salvados, si acaso, a costa...de lo que alguna vez la regla entendió por familia, lo contrario de una jaula de malcriados. La patología vuelta norma, y lo normal tomado por patología: cuando la moda rompe reglas, que al menos no sea moda de un asilo de alienados (da click en el botón de reproducción). 



miércoles, 11 de septiembre de 2024

AH SÍ, LA CASA EN EL AIRE

 

A pesar de no carecer de algunas ideas buenas, el gobierno de Gustavo Petro tampoco tiene realmente muchas. Los progresismos latinoamericanos se van volviendo pragmáticos y adaptándose, a costa de renunciar a toda herencia de izquierda. A Petro le queda demagogia, pero igual puede dar en el extravío total, dejando de lado que no le corresponde meterse a discutir con el presidente venezolano Nicolás Maduro, en un supuesto plan de "moderados" y "radicales", porque Venezuela no es muy radical que digamos, salvo cuando se trata de fabricar un "espantacocos" desde la derecha.

        Recientemente, Petro salió con que hay que tener, como habría sido el caso de su organización guerrillera, el M-19 (Movimiento 19 de abril), "voluntad de poder". Nadie ha dicho que otros en la izquierda no la tuvieran. Como sea, Petro viene de una organización, no muy alejada de los intereses de Cuba, que contó con gente que se separó del comunismo y de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) con tal de buscar "más acción"; después de uno que otro asalto espectacular y otro más mal calculado, el M-19 fue rápidamente derrotado. Por lo demás, se reclamaba de un periodo no muy brillante de la historia colombiana, de Gustavo Rojas Pinilla, conservador y matón durante La Violencia, como se la conoció en Colombia, y la ANAPO (Alianza Nacional Popular). No ha sido raro oir de Cuba esa "voluntad de poder" para no ir a ningún lado, o desperdiciar gobiernos, siendo que gobierno y poder no son lo mismo. Tal vez Petro está confundido: no tiene el apoyo de buena parte de la población colombiana, carece de verdadera presencia nacional (es más regional, en un país fuertemente regionalizado), no tiene la menor teoría y tiene en contra, como todos los progresismos, a los medios de comunicación masiva, bastante concentrados (Caracol), y al aparato judicial. Petro no ha hecho nada contra Estados Unidos, que encuentra en Colombia su puerta de entrada a Sudamérica, ni contra el uribismo. Petro "a la vanguardia", como se creyó que lo estaba todo lo relacionado con Cuba, sin el menor análisis del fracaso guerrillero. Pese a que fueron derrotadas con el Plan Colombia y la apariencia de luchar contra el narco, las FARC lograron con los Acuerdos de Paz de 2016 algo importante para el agro colombiano, antes de que gran parte de la dirigencia fuera a disculparse casi de haber nacido. Si alguna vez fue con el M-19 "moderadamente fanático", fuera de la demagogia verbal Petro es "fanáticamente moderado". Se dedica a veces a decir cualquier cosa, del estilo "es que la izquierda nunca me ayudó": ¿cómo cree que llegó al gobierno?¿Por ser un "hombre libre", como dice ahora? Por ahora, no tan libre a la hora de deber cargos a los "amigos" al momento del reparto desde Bogotá, capital colombiana, para la administración o las regiones. Pocos progresistas logran salir de éste que sí es un poder, el del clientelismo. ¿Es el "hombre libre" que reparte entre amigos, tiene "voluntad de poder" y no compromisos con quienes lo llevaron al gobierno? He ahí el "libre albedrío" latinoamericano:: libertad para "lo que le dé la gana", reservándose el derecho de deshacerse de quienes lo sostuvieron. Es de señorito. Hasta ahora, fuera de uno que otro exabrupto verbal, no hay modo de saber a ciencia cierta qué hace Petro, salvo creer conservar un supuesto "poder", para ver "cuándo, cómo y dónde", mientras el supuesto "poder", el de estar "arriba", termina de ser un fin en sí mismo. En el límite, habría que saber hacer otra cosa que malquistarse con las FARC, americanizarse y tolerar la droga, lo propio del Centro Democrático de Álvaro Uribe, del modo de cerrar los ojos y de estarse en la inercia cuando todo es posible, pero nada está permitido. Si era para hacer capitalismo, como se lo propuso Petro, Rodolfo Hernández tal vez estaba mejor (da click en el botón de reproducción).



sábado, 7 de septiembre de 2024

OTRA POTENCIA MÁS

 Alguna vez gran símbolo del progresismo latinoamericano, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva es hoy alguien que se eclipsa, sin que lo que hace sea gran novedad. Hace con una mano lo que deshace con otra porque, aún sin ser populista, cree en la conciliación de clases. En el pasado, así como hizo que hubiera familias que salieran de pobres, dió tasas de interés maravillosas a los ricos, intocables. Ahora, en materia agraria, Lula vuelve a las andadas: se gana el apoyo del Movimiento de los Sin Tierra (MST), de bastante buen prestigio, sólo para hacer concesiones al agronegocio, muchas veces ni siquiera brasileño. El pretexto es el Congreso, donde dicho agronegocio tiene capacidad de defender sus intereses, pero nadie le pide a Lula que la tome contra el MST.

       Brasil es el mayor exportador agrícola del mundo, y acaba de tener la mejor cosecha de cereales de su historia. Sucede sin embargo que, a diferencia de México, que hizo las cosas a medias, Brasil no ha tenido Reforma Agraria, como tampoco Argentina, otro paraíso del agronegocio. Las posibilidades de dicha Reforma las hundió en parte el populismo de Getúlio Vargas, salvo que se ignore lo que hizo con la lucha de Luis Carlos Prestes. Lula, de origen nordestino, gana en gran medida con votos de gente pobre nordestina, pero para no resolver nada. No es lo único: el agronegocio recibe  subsidios importantes y se opone a cualquier medida de protección medioambiental.. Lula dice que no quiere tratar el tema "de forma ideológica", por lo que se debe entender que en nombre de lo contrario, el pragmatismo, está dispuesto a cualquier concesión: el vicepresidente, Geraldo Alckmin, tiene fuertes vínculos con la agroindustria. El ministerio de Agricultura está en manos de un magnate de la soya, Carlos Favaro. Los subsidios aludidos mejoran: superan en bastante a los del anterior presidente, Jair Bolsonaro. Es "para todos". convertir a Brasil en "súperpotencia agrícola", incluyendo la exportación de biocombustibles como el etanol, para hacer rendir "bonos verdes" en Wall Street. Todo con el apoyo de Fernando Haddad, ex candidato presidencial y ministro de Hacienda sin empacho en atacar programas sociales. Aunque se trataría de hacer "sostenible" el negocio, con primas al cuidado medioambiental, la agroindustria contribuye a la desforestación, en particular con la ganadería, y sobre todo en la cuenca amazónica. Las cien mil familias de Sin Tierra pueden esperar: Lula se encarga de que no procedan a ocupaciones para asentamientos que perjudiquen a los grandes dueños del agro. El MST ha explicado hasta qué punto la falta de Reforma Agraria impide un capitalismo un poco más serio en Brasil, pero es probable que Lula no tenga mayor educación ni oficio -ni siquiera realmente de obrero- más allá del activismo y la marrullería. Es demagogia muy conveniente como degeneración del populismo, que es a lo que se está arriesgando México y en lo que dío el peronismo que, de gritar en la calle como "moderadamente fanático", pasó a ser "fanáticamente moderado", frente a extravagantes como Bolsonaro o el argentino Javier Milei. Nada impide que se siga en la retórica "progresista", apelando al "pueblo", a los mejores sentimientos y ni se diga las intenciones. Hay que hacer el bien a todos, porque todos son humanos, es decir que no hay diferencia entre conducta humana o inhumana: pareciera que lo único que falta con Hitler es decir que era de una "naturaleza falible", luego de que se presentara con lo que algunos llaman un "lado humano", por ejemplo como amante de la naturaleza y los animales (?), el de Berchtesgaden. Como si fuera una bestia o un monstruo y no un humano inhumano, es decir, para preguntarse qué hace de un humano alguien inhumano. Y el MST que se espere un poco. Un poquito más. En lo que termina Brasil de fumarse su joint de "potencia del futuro", mejor conocida como "potencia del mañana (da click en el botón de reproducción).



martes, 3 de septiembre de 2024

THE SHOW MUST GO ON

 Parte del reality show que se salió de la pantalla a la calle consiste en el uso de aretes entre los hombres. Hasta los años '80, era casi imposible: apenas uno que otro muy extravagante tenía un aretito muy discreto en la oreja, y además se pintaba una línea debajo del ojo. Lo que hoy es algo común no es popular, ya que lo segundo correspondía por ejemplo al ya bastante antiguo mundo punk, otra cosa al igual que el de los darketos. El arete era cosa de mujeres, pero ahora es también de hombres, con alguna frecuencia, y sin que quede claro si quienes lo usan entienden lo que hacen.

       Para más señas, el arete o pendiente en una oreja o en las dos (más bien en una) era algo muy socorrido entre piratas, para quienes el "adorno" tenía que ver con superstición: una "protección" para no perder la vida en caso de batalla o de naufragio. Era en particular algo usado por quienes conseguían pasar el Cabo de Hornos. Lo que tan simpática moda significa hoy es que, aún sin buque, sin galeón al cual asaltar, sin mar, sin puerto amurallado ni nada parecido, alguien puede toparse con piratería en la calle de una gran urbe, como signo de "distinción": ¿soy pirata y qué? Después de todo, se promovieron hasta el cansancio los Piratas del Caribe. Al menos que algún despistado crea que es Johnny Depp. Al fin y al cabo, se vende mercancía "pirata" -como los CDs o DVDs "piratas"- y se "piratean" trabajos. El mundo es, en parte, de filibusteros, bucaneros y corsarios. Es "la hermandad de la costa". Otra promoción lumpen. Que no extrañe si además es gente cuyo comportamiento irrespetuoso implica estar "al abordaje".

      El otro tipo de arete es el que destaca en la nariz, sea de hombre o de mujer, y es simplemente costumbre de comunidad primitiva, es decir, signo de que cualquiera puede hacerle al Kirk y Douglas en "El túnel del tiempo", y aparecerse como si saliera de una tribu amazónica no contactada. Sin contar ocasionales aretes en otras partes del cuerpo. Así que todo concuerda, porque los piratas a veces la llevaban bien con alguna que otra tribu. Es al mismo tiempo cosa hippie y libertaria ("yo me visto como quiera: es mi derecho y mi libertad"). Parte de finales de los '60 fue ponerse a la antropología, descubrir "etnias" como símbolos de "autenticidad" y "armonía" y meterse a las "comunidades primitivas". Lo único que no queda claro es por qué esta gente "posmoderna" no lleva arco y flecha, si está mandando el mensaje de que "fluye" en la calle como cazadora o recolectora. Es cada vez mejor: la calle como en el siglo XVII, con gente lista "al abordaje" y otra que anda de cazadora o recolectora. Violencia latente, aunque los del arete digan que no provocan, y regreso al primitivismo, como parte del gusto libertario por los originarios. Para variar, nada que tenga que ver con atuendos de trabajo, sino de un estado rudimentario de vagancia con ocasionales "asaltos": por mar o en la selva, o sea que la calle es "todo un océano de posibilidades", como decía un viejo anuncio bancario, o la "jungla de asfalto" en la que tal vez uno sea adoptado como Mowgli. Al menos que no haya manera de darse cuenta del efecto de atragantarse de películas de Disney. Lo mejor es quien, sin mar, lleva el arete del pirata y el tatuaje del marinero, que alguna vez era el ancla. Incluso entre albañiles ha llegado lo que la tienda departamental Liverpool llama con toda claridad "la moda que rompe reglas". Usted no va a seguir reglas en la calle, sino a hacerla de hombre de negocios atendiendo sus ocupaciones por el "cel", a andar de basquetbolista con la playera sin mangas, a exhibir sus musculotes de gym, a jugar golf aunque sea con coladeras, de excursión con su mochila al hombro (nombre de un antiguo programa de viajes de Blanca Guerra en el 11), a lucir como pandillero, a sacar su "calzado" para la playa así llueva, a presumir en la sudadera todos los "colleges" en los que no estuvo, a dar a entender que no le alcanza para ropa pero sí para el "cel" (todo México es territorio Telcel), a dar a entender que le va al Barcelona o al América aunque no haya partido, a usar chongos en el pelo como si fuera miembro de Café Tacuba y pariente de Rubén  Albarrán, "al abordaje" o de cazador o recolector. Sin regla aparente, pero con moda de extravagante, provocando, sin que quede claro si es local o visitante (de California), si es de "clase" media o si el presupuesto no da (por lo que trae el pantalón de mezclilla medio roto, por si nunca falta un roto para un descosido) y hasta dónde va a llegar con su creencia de que "la calle le pertenece": la cosa es, sobre todo, nada de atuendo de trabajo, y cierta dosis "provo", o si acaso de "bo-bo" (burgués - bohemio), barba tirándole a rebeldía Daesh (Estado Islámico). Ah, y el toque del arete (da click en el botón de reproducción).



domingo, 1 de septiembre de 2024

¿CÓMO SE ENCUENTRAN EL DÍA DE HOY?

 La americanización de gran parte de América Latina no es tan nueva. Desde la segunda posguerra, en algunos países de Sudamérica, en particular Colombia, Ecuador y Perú, no era tan raro que se le pusiera a tal o cual "Jefferson", "Wilson", "Henry" o "William". El Ecuador tuvo su deportista Jefferson Pérez, el Perú su líder de izquierda Henry Pease, etcétera.. Notoriamente en la provincia de Manabí, en el Ecuador, se llegaba a excesos como los que ocurrieron luego en México -hace poco- y obligaron a ciertos registros civiles a pedir de los padres que se ahorraran dañar al vástago llamándolo "Terminator Sánchez" o "Twitter González". El problema manabita estalló porque uno que otro se llamaba "Hitler". Hasta hace algunos años, cabe recordarlo, era presidente del Ecuador Lenin Moreno, al que hubo que agregarle un acento en la "i", Lenín, además de que era Lenin Boltaire (Voltaire). Como sea, había nombres estadounidenses y John F. Kennedy llegó a ser ídolo de la "clase" media. México persistía en su herencia revolucionaria y en la proliferación de Franciscos, Josés, Guadalupes, Adelas, Valentinas y nombres en español, pese a que alguien como el presidente saliente actual, Andrés Manuel López Obrador, admirador de los tiempos del mandatario Adolfo López Mateos, y del estadounidense Franklin D. Roosevelt, no se percata de hasta qué punto el "bienestar" para todo (bancos del bienestar, universidades del bienestar, becas del bienestar) responden a mucha idealización del "Estado de Bienestar" (Welfare State) de la segunda posguerra.

       Parte de la americanización está en los lugares más insospechados: el presidente venezolano, Nicolás Maduro, tiende a vestirse (eso sí, con los colores de la bandera) como beisbolista, y la cachucha de beisbol, que tanto quieren los estadounidenses, es popular en varios países de América Latina, tendiendo en México a remplazar el sombrero. Usa ese tipo de cachucha también el presidente nicaraguense Daniel Ortega, se ha dicho que para protegerse del sol, por motivos de salud, pero los empleados sandinistas no van a los mítines como el populacho venezolano, que parece confundirse con un partido entre Naranjeros y Tomateros. Es desde los '70 que también es popular el uso del zapato tenis, se entiende que en gran medida por la comodidad, aunque a veces haya cosas extravagantes como médicos atendiendo en consultorios o en hospitales, con tenis, incluso si aquéllos llevan uniforme o bata. Salvo excepciones, la idea de uniforme se va perdiendo, pero también la de formalidad en la vestimenta.

      Algunas colonias de "clase" media en la Ciudad de México tienen a sus habitantes, los jóvenes, con algunas costumbres de apariencia rara, dejando de lado el uso de la barba, que no era para nada común en México, a diferencia del bigote, que distinguía de otros países (barba no tan infrecuente en países de lampiños indígenas, es decir, en gente acomodada del Ecuador, Guatemala o Bolivia, o para darse aires de "sapiencia" en el cono sur). La cosa en dichas colonias está en los jóvenes que salen a la calle -por ejemplo, a comprar en la tienda de conveniencia- en crocs o de plano en chanclas. Pareciera descuido, pero también signo de ocio: mostrar que igual se podría estar en la playa, lugar no exento de exhibiciones. Lo extravagante está en salir en chanclas cuando cae un aguacero: es el tipo de cosas que hacía en el siglo XIX el habitante de Río de Janeiro, en Brasil, al vestirse como inglés en el trópico. Salvo que haya algo de especial en que las gotas de lluvia entren por los agujeros de los crocs. La capital mexicana ni siquiera es ciudad costera, pero el asunto sigue. Así llueva, se sale con playera o, mejor aún, con camiseta de basquetbol, sin mangas, cuando en el pasado era más bien apreciado no insinuar los sobacos. El conjunto se adereza con bermudas, los llamados "pantalones de carga", o de golf: otra ostentación de alguna forma de tiempo de ocio. Nada más falta que salgan a la tienda con sus caddies. Parece como "negligencia" o desaliño, pero es "yo me doy el lujo de hacer lo que quiera" -propio de ricos- y encima de hacer de mi ocio motivo de ostentación: haz de cuenta que esto es la playa, un campo de golf o mi excursión privada (al rato está también la mochila en la espalda). Nada que tenga que ver con trabajo. El hombre de negocios "gestiona" y hace relaciones públicas, da órdenes todo el día en el corporativo, pero el resto del tiempo, fuera del teléfono móvil, está de jogging, de ciclista de montaña y de picnic en el bosque, jugando al golf o en la playa. No importa que en la Ciudad de México no haya playa, que en la alcaldía Benito Juárez no haya campos de golf, que en la calle no se esté de excursión mochilera, etcétera. La contraparte es el pandillero que tampoco es muy nacional, sino copia de Los Ángeles, seguramente porque más vale imitar al negro que ser prieto: pantalones cortos holgados, un poco por debajo de la rodilla, estilo home boy, y cachucha de visera recta y al revés. También en el ocio, al menos hasta que haya un "jale". La vestimenta no tiene que ver con el trabajo, como se ha dicho, sino con la ostentación de distintas modalidades de ociosidad (incluida la de "andar de vago") y "tiempo libre" (para turismo, excursiones, ciertos deportes, etcétera). Antes se decía, no ahora:: "no andes de ocioso", o "la ociosidad es la madre de todos los vicios". Ahora es "la clase ociosa" como signo de estatus. Desde finales del siglo XIX hubo autores que notaron este cambio en la "versión" del capitalista, que dejó de ser el austero de antes.

       Pasada cierta oleada de nombres estadounidenses visiblemente parte del libre comercio o de lo que el escritor Carlos Fuentes llamaba desde los '80 para México "la primera generación de chicanos nacidos de este lado" (Elena Poniatowska había hecho notar cuántas cosas estaban en inglés en la capital mexicana en los 80, antes del Tratado de Libre Comercio de 1994), se propagaron dos cosas: tú no eres amigo de Carlos, sino de "mi buen Charlie", ni de Beatriz sino de Betty, y tu prima Angélica es Angie, de la misma manera en que el hijo del presidente es Andy y a "tus" presidentes favoritos les llamas Bill o Joe. No tienes tus neuronas configuradas en español, así que dices "doctor, tú crees que...", lo que quiere decir que estás hablando con you (tú o usted). De remate, te pones al trato nice, cool, light, nada serio (todo es muy entretenido), usas el estilo my friend o hablas con un bro (brother), pero, como en una playa de Miami, luego de sonreírles a todos y decir que estás "excelente", "fabuloso" o que te sientes realmente "terrífico", eres el primero en ser absolutamente indiferente si alguien se está ahogando en la misma playa: no es tu asunto, no vacacionas para meterte en problemas y que se le ponga una demanda legal a quien corresponda si no hay un salvavidas (life saver) en el lugar. Para todo tu suspicious mind: algo habrá hecho para estarse ahogando. Eso es todo, amigos (da click en el botón de reproducción).



AQUÍ NO HA PASADO NADA

 Hablar de la caída de la Unión Soviética, en 1991, es un asunto tabú en lo que se conoce como "Occidente", y se reduce a reaccion...