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martes, 12 de abril de 2016

PANAMA: LA REINVENCION TROPICAL DE CAIN Y ABEL

                                                            Para Guillermo Castro Herrera, en Panamá


El trópico cambia el carácter -hasta a José Martí en Curazao- y se lo cambió a Caín, cuyo destino era matar a Abel. No, Caín no lo mató, porque se percató con el mejor pragmatismo de estilo gringo de que, liquidando al hermano, se privaba de las relaciones y el poder de éste. Así qué chiste tiene matar se dijo. Después de todo, hace rato que que Caín firmaba hasta sus tesis haciéndose pasar por "Caín Abel", con doble nombre, cosa de que el público se enterara de que, para empezar, Caín tenía excelentes relaciones: su hermano Abel, por ejemplo.
     Así, Caín se puso a seguir a Abel en todo: en política, en revistas, en paseos a la isla, en imitación no muy genuina de gestos de solidaridad y otras cosas más. Más alto llegaba Abel, y más sentía Caín que se había ganado un papalote.
      Caín convirtió simple y sencillamente un terrible asunto bíblico en el arte de saber hacerse de ganancias sin arriesgarse a escabecharse al hermano. Esto nunca le impidió a Caín seguir con sus prácticas antediluvianas para ahorrarse el costo de que lo confundieran, puesto que la estratagema fue siempre la del "juntos, pero no revueltos, Abel". Cada vez que pudo, Caín, muy poco discreto, retrató ante terceros a Abel como un tipo autoritario, mandón y dogmático, deporte que se volvió familiar y que Abel reconoció sin darse cuenta delante del entrevistador ecuatoriano Carlos Rabascall.
       Caín hizo otras pendejadas todavía mejores, para decirlo en costeño. El día de su examen de grado, uno de los sinodales llegó en un estado "inconveniente", para no decir que casi a gatas saliendo de una farra, para llamarla así y no "parranda". Este sinodal, conocido mío, detestaba a Caín, creyéndolo capaz de haberle arrebatado a la mujer. Así que, tal vez sin saberlo, Caín fue objeto de más de una represalia y cerca de diez años de una guerra encarnizada y apenas encubierta, de esas de alta intensidad de las que son capaces los seres humanos cuando quieren aniquilar a otro por alguna pasión oscura, celos, envidia, lo que se quiera. En agradecimiento, Caín le rindió a su enemigo homenaje por ser el mejor maestro que tuvo en México, en bodrios como "Lo mejor de nuestro futuro". Se olvidó Caín de todo y de quienes no le habían caído encima, o de quienes incluso le tendieron la mano, sin venderle el favor, incluso a su Carmen Zayas-Bazán e Hidalgo: se olvidó, sí, de la Sonora Ponceña, de Rubén y Willie, los rojillos en guayabera, y llevó los pecados bíblicos hasta sus expresiones más grotescas y al mismo tiempo más comunes y corrientes  hoy en día, como la de agredir por la espalda -intrigando o hasta delatando- a quien lo ayudaba desinteresadamente y la de agradecer con brotes enfermizos de zalamería a quien lo agredía sin tregua, por la espalda también. Al parecer, Caín nunca tuvo miedo a los animales, ni a los más seductores que él. En fin, que cree el aldeano que el mundo entero es su aldea, y que cree el hombre natural que su lucha es contra la falsa erudición: entretanto, no se pierde una lealtad a sus enemigos ni lo aprendido con Abel, el comportamiento de un extraño muy ajeno a sus amigos, si es que hubiera un mandamiento que ordenara no aprovecharse de quien le tiende la mano. Como sea, ningún Caín de hoy cometerá el error de "bajarse" a Abel si es que puede más bien sacarle algún provecho, ahorrándose al mismo tiempo cualquier verdadero compromiso, por si en vez del beneficio asoma la pérdida. Y Caín es otro que, claro está, circula con la engañifa de las mejores causas. Son las mejores para él, desde luego.

HOMENAJE A UNA PEDAGOGA INFANTIL

Nunca olvidaré la tarde que pasamos juntos en aquél café. Sí, ya sé, suena algo cursi porque es una canción de Julio Iglesias, pero en realidad el asunto es otro. A raíz de la enfermedad de un pariente mío al que yo no veía desde hace algún tiempo, Guadelupe Teresinha Bertussi Vachi, conocida en cierto medio artístico como "Andorinha", me citó en una conocida y en ese entonces concurrida cafetería de la ciudad de México. La señora, segunda esposa de mi familiar y de nacionalidad brasileña, me esperó casi a escondidas en el rincón más apartado de la cafetería y, cuando supe que era ella y me acerqué, no dejó de asaltarme una duda, aunque luego iba a sufrir otros asaltos más, y no de dudas: no entendí por qué mi pariente había escogido a una mujer cuyo rostro me recordaba mucho al de Roberto Carlos. Cosas del sentimiento, me dije. Tal vez yo tenga algún día una mujer con el rostro de Sergio Vega, el Shaka, aunque preferiría ahorrarme el bigote. Tengo entendido que la ambiguedad es frecuente en Brasil: el economista Theotonio dos Santos, por ejemplo, se pinta su pelo cano de rojo, el mismo rojo de Guadelupe (tal vez usen el mismo shampú), y la primera mujer de dos Santos, Vania Bambirra, parecía haber salido del movimiento de los tenientes, el tenentismo, Cuentan que cuando Fernando Henrique Cardoso estaba en México, su aspecto, y además, su melena, arrojaban ciertas dudas, también: ¿había que decirle  joven Henrique o señorita Brasil?
      En fin, en honor a la biografía de la Bertussi Vachi agrego que nació en Pelotas o algo parecido. Pelotas, en Rio Grande Do Sul, es la última ciudad brasileña de importancia cerca de la frontera uruguaya. Andando el tiempo pude ver cuánta nostalgia sentía Guadelupe por su ciudad brasileña natal. Todo lo quería hacer como si estuviera en Pelotas y creo que, si hubiera podido, a mi también me habría dado a conocer en Pelotas. "La Guade" se iba a Puerto Escondido a fumar mota, pero sobre todo, a sentirse como en Pelotas, lo que en Zipolite sí se puede. A los veteranos de Vietnam y a los de la sociología latinoamericana les fascina. Alguna vez me confesó que ella con mi familiar sentía que estaba en Pelotas los 365 días del año. Yo estaba que aplaudía, y además, a rabiar. En fin, entiendo que la ciudad cercana sea Porto Alegre y que, hasta aquí, todo parezca una batucada de carnaval.
      Ella me advirtió, luego de sorber un poco de su taza de café, que mi querido familiar sufría una enfermedad por la cual podía volverse loco "de un momento a otro", lo cual no dejó de espantarme, no sé si por la locura o por la inminencia. Supongo que debo haber hecho alguna pregunta, porque al rato la señora estaba contándome su temible biografía: había estado en la clandestinidad durante la dictadura brasileña y había conocido a un hombre del que, me dijo, no sabía si era Nildo o Ourico, en el entendido de que ambos son nombres masculinos y de que tal vez se refería a Nildo Ouriques, quien, tal vez como efecto de la lucha contra la dictadura, había decidido desdoblarse en la clandestinidad, que según me dieron a entender pudo seguir compartiendo con Guadelupe en México. Sospecho que, mientras Nildo empuñaba el arma, Ourico estaba en Pelotas, o al revés. Que una mujer tan parecida a Roberto Carlos me confesara que había tenido relación con un hombre que se había desdoblado me produjo una muy mala corazonada: tal vez mi pariente, antes de volverse chiflado, la había contagiado y ella ya comenzaba a padecer los estragos de la sinrazón.
       A las pocas semanas recibí una llamada desesperada de este gato triste y azul brasilero:
       -!se está volviendo loco, está rompiendo todos los platos en la cocina!, me informó alarmadísima.
     Guadelupe me recogió cerca de la casa de Tlalpan donde vivía y me informó sin inmutarse, con esa expresión en los ojos de los que están juntando millas y churros en la versión terrestre de "Volaris":
       -!está loco, dice que lo quiero matar para quedarme con la casa!.
    Por lo visto, entre ambos habían terminado las sesiones de "Cama y mesa" y "Cóncavo y convexo", la locura había cesado en realidad por completo y, según me daba cuenta, lo que estaba en juego -y para lo que habían movilizado para mi a otra brasileña, Jussara Teixeira, por si yo también me contagiaba- era la anotación ante notario que, muy racional, reza: "en pleno uso de mis facultades...". Conseguida de un tonto racional esta anotación, terminó la "guadeterapia" y mi familiar y yo fuimos expulsados por "La Guade" de la casona de Tlalpan, cuya expropiación nadie juzgó síntoma de delirio alguno. Me hubiera gustado decirle a la ilustre pedagoga: "mais yo me olvido de un gran detalle: en esa hora tu vas/ a acordarte de mi". En esos tiempos, a tanto no llegaban mis ganas de verme en Pelotas ni de ver como propio de orates  el pasearse  en Pelotas profesando la pedagogía infantil.

YO SOY TODA UNA INSTITUCION (PARA QUE LO SEPAN)

Los jóvenes no se lo creen mucho, pero el matrimonio sigue siendo una institución. Yo mismo, casado, me convertí gracias a mi antigua esposa, pilar de los valores más enaltecedores, en una institución. Es cosa de la juventud si prefiere los embarazos precoces, los frees, los acostones con grapas, micheladas y rivotril, los amigos con beneficios, los shows por webcam y los penpals. Yo temblaba de emoción cuando en el registro civil, delante de Claudia Leonor Molina Bustos, me leían la Ley de Ocampo, que hace del matrimonio un modo de suplir nuestras imperfecciones y faculta al hombre para dar protección, alimento y dirección a un ser, la mujer, que debe ser tratada como "la parte más delicada, sensible y fina de uno mismo".
      Aunque mi convivencia matrimonial fue corta, de siete meses, menos duradera, creo, que el matrimonio de Marianita Moguel (¿voy bien para un cargo de elección popular?), legalmente mi matrimonio se prolongó por más de cinco años, y mi papel protector, director y sobre todo dador de alimentos llegó a siete años, gracias a la generosa ayuda de un ejército de secretarias de acuerdos, jueces, abogados y bufetes que en todo momento velaron por la duración de lo que la Ley de Ocampo llama la "magnanimidad y benevolencia que el fuerte debe al débil", en el supuesto de que yo era el fuerte, claro está. Tuve el orgullo, el honor y el privilegio (¿voy bien para una Secretaría de algo?) de que mi magnanimidad y benevolencia - propias de quien es, según digo, toda una institución, o al menos de quien la dirige y orienta- fueran eternas y dieran lo mejor para el sostén (el material, porque el otro ni tiempo tuve de verlo y habría que averiguar mejor por otros rumbos) de mi esposa y de mi hijastro. Cada quincena, al ver mi cheque de nómina y muy en especial el rubro "descuento pensión alimenticia", se me aguaban los ojos de júbilo por mi contribución porcentual a la parte más delicada, sensible y fina de mi mismo, que por lo visto los demás habían sabido encontrar y tocar, yo diría que al grado de ya no querer separarse de ella. Una parte de esta contribución magnánime terminaba en los bolsillos de esas mismas secretarias de acuerdos y esos mismos jueces, vía los defensores de Claudia Leonor Molina Bustos, repito, mi esposa, de tal modo que incluso se negaron a otorgarme el divorcio, conmovidos como lo estaban por el magnánime en que me habían convertido. Siempre me trataron, y voy a repetir la Ley de Ocampo, con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte "brusca, irritable y dura de sí mismo y de su carácter", ni la de ellos ni la mía. No, no había ninguna bronca: ellos velaban por una institución que, después de todo, daba protección, alimento y dirección a muchos, incluso más allá del más restringido núcleo familiar, y que por poco me convierte en dador de toda la gran familia mexicana. Porque, a no ser por la invención del divorcio express, habría terminado encontrándome en cada juzgado a un ser dispuesto a ser parte de mi institución familiar, y en cada abogado a un pariente, puesto que los míos y los de mi esposa parecían conocerse desde pequeños ("¿Ah, tú también eres de Aguascalientes? Fíjate que mi primo...") y parecían también haber vivido siempre, agrego, en mi departamento, que mi esposa, por lo demás, convirtió en campamento de gitanos trayéndose a una amiga suya y su hijo, todos en plan familiar conmigo y a cuenta de mi lado más delicado, fino y sensible.
       Lloré el día que me cancelaron el pago de pensión alimenticia, gracias al cual yo había becado siete años a mi hijastro y su señora madre, con una generosidad mayor a la de cualquier funcionario del Fonca. Mi ex esposa vive ahora, según sé, en una calle de Santiago que se llama Los tres Antonios, y me imagino que entre los cuatro hacen maravillas de todo tipo. Por nada del mundo permitiría que en vez de la Ley de Ocampo se lea, en el registro civil, la ley de Operación de Sociedades Mercantiles, menos aún en la parte de "Responsabilidad Limitada". Aunque claro, he aprendido a ver en la mujer la parte más "brusca, irritable y dura de mi mismo y mi carácter", como lo manda la Ley de Ocampo, si entendí bien esta versión decimonónica y juarista del Tao Te King

SIMPLEMENTE MARIA

En esa época yo tenía un defecto común entre los estudiantes universitarios, aunque ya era yo investigador: llegaba a la mitad o al final de los eventos académicos muy importantes, con la única finalidad de pescar en dónde podía estar la importancia, si arrtiba o debajo de la mesa, mientras aprovechaba para ver si además servían galletitas -las marías son importantes, también- y café. En fin, que ese día francamente llegué cuando ya estaba el último orador de la mesa al final de su discurso. Alcancé a oír: "!son unos canallas!", y como el público no se levantó a darle pamba al que hablaba, supuse que el orador en cuestión se refería a otra cosa que a los asistentes. Al parecer, tenía un ataque de indignación que lo había dejado sin aliento, al borde del infarto y obligado a terminar la exposición, para mi suerte y la de mi afición a las galletitas. Son frecuentes estos ataques de indignación cuando un intelectual de izquierda habla del neoliberalismo, y el orador, para el caso, era Carlos M. Vilas.
     Supuse que la "M" era algo tan viril como "Manuel" o cosa parecida, luego de oírlo listo a desfacer entuertos neoliberales. En "Algo más que soñar", la muy popular serie televisiva cubana, el héroe viril al que todas las muchachas persiguen se llama "Carlos Manuel", creo, y además, el doble nombre suele dar abolengo. Colombia, por ejemplo, es un país aficionado a buscar la mejor combinación de dos nombres mientras quienes los llevan se matan entre sí.. Llegaste a tu fin, Roberto Miguel Restrepo -No lo tengas por seguro, Iván Eduardo Ospina, etcétera.
      Cuando los intelectuales latinoamericanos se alarmaron por la derrota del sandinismo en 1990, estalló la discusión entre quienes seguían "siempre fieles" y quienes, se decía, se estaban pasando a las filas del enemigo en fundaciones, ongs, organismos internacionales y otros tantos modos de compensar la pérdida de la utopía,  con una especie de indemnización del capitalismo triunfante. Carlos M. Vilas se había enfrentado muy valientemente a James Petras y lo había tildado en la revista Nueva Sociedad de "Chapulín Colorado de los oprimidos". Supongo que el artículo de Vilas, de escasas páginas, no fue dictaminado. Si lo fue, el dictaminador tal vez fuera pariente de Florinda Meza, Edgar Vivar, Quico, Enrique Segoviano o del mismísimo Chespirito para permitir este tipo de expresiones un poco fuera del tono académico. No importa: de seguro "M" seguía siendo "M de Manuel" y por eso hasta en Nueva Sociedad se abría el Mar Rojo.
      Hasta que me tocó ser dictaminado a mí, y por encargo, puesto que a Carlos M.Vilas le fue pedido expresamente, vía telefónica, que considerara mi texto "demasiado largo". Dicen que más abajo de Huatabampo, pueblo de mis ídolos los hermanos Almada (sobre todo Mario, por su silencio entre una balacera y otra) todos son guachos y, además, mercenarios de algo. Pues bien, mi valiente ataca-canallas empezaba a caerse: no solo era un "Popeye académico", un sicario que hacía dictámenes por encargo, sino que además parecía haber recibido mi retrato, cosa de que el plumazo no errara el blanco: el retrato se confundía para colmo con el de un familiar mío, universitario también, con el que Vilas "tenía diferencias". Las furibundas líneas del dictamen parecían advertirme algo así como "te compones o te compongo", con indirectas a mi familia, y fue así que junto al bautismo de fuego de mis "colegas investigadores" recibí algunas cuartillas que parecían casi escritas por el mismísimo capo André Gunder Frank, cuyo largo brazo ejecutor caía sobre mí mediante métodos que no eran precisamente los del Chapulín Colorado de los oprimidos.
        Aunque mi texto no salió ileso del plumazo y las autoridades no hicieron nada por pedirle una explicación a Vilas, sobre todo que parecían muy coludidas con él y ansiosas de congraciarse con su machismo, tuve el consuelo de terminar sabiendo que "M" no era de "Manuel". Yo, que lo creía valiente y no macho, por lo escuchado cerca de las galletitas ("!son unos canallas!), me había equivocado. Era "M", una "M" de...simplemente María.

lunes, 11 de abril de 2016

EL BOLERO DE RAQUEL

Al día siguiente de la muerte mi tío, Fermín Alberto Dávila, justo al día siguiente, llegó a mi domicilio una notificación, y no era del fallecimiento, ocurrido "lejos de aquí", como en "México lindo y querido", y de tal forma que los sepultureros, desvistiendo a Fermín, se olvidaron de los calcetines y lo dejaron vestido con estos en la cripta. Dicen que "papelito habla", pero esta vez el documento no hablaba, sino que me intimidaba de un modo "muy golpeado", como se dice, y además amenazante, afirmando sin evidencia ninguna que yo a Fermín le debía años de dinero  supuestamente cobrado en una universidad pública. Nunca había ocurrido tal cosa, pero sentí que por enésima vez empezaba el peregrinar que obliga a la víctima, no al acusador, a llevar la carga de la prueba de una oficina a otra, por si alguien quiere recogerla o por lo menos quitársela a uno de encima, algo a lo que, desde luego, casi no hay quien se anime. El papelito, al que poco le faltaba insultarme, era una demanda que seguramente estaba hecha en busca de fondos. En una casa  de Coapa se había determinado que mi pobre tío, en fase terminal (si alguna vez estuvo emocionalmente en otra), necesitaba una "colecta solidaria", aunque en mi caso no se apelada especialmente a mi solidaridad, y menos con ese tipo de notificación.
       Conociendo a mi tío, seguramente él había urdido una parte de la trama, pero había encontrado un probable cómplice del que yo sabía poco, Raquel Sosa Elízaga, la misma que tuvo a mi ya barbudo y agonizante tío en un cuarto sin objetos, lugar de paredes impecablemente blancas y luz mortecina, como si se velara por anticipado a Sebastián de Belalcazar, aunque todavía no hubiera fallecido aún. Solo recuerdo que alguna vez Fermín, más embelesado que embalsamado y sin que yo se lo pidiera, me explicó la triste situación de una de sus amigas, suponiendo que en el medio artístico en el que él hacía sus giras "una amiga" haya sido exactamente éso:
       -Raquel está muy deprimida por lo que pasó en su relación con Andrea, me confesó a bocajarro mi tío.
     Yo francamente pensé que a veces así sucede: las amistades van y vienen, unos y otros erramos, sobre todo en esta época inestable (ya eran los años '80), y no me pareció demasiado raro, ni mayor motivo de depresión o de asombro, que dos amigas terminaran una amistad. Simplemente sucedía que Raquel y Andrea ya no tenían intereses comunes, o qué se yo. Así que comenté algo insulso y no me preocupé más ni por Raquel, ni por Andrea, ni por Fermín, quien dicho sea de paso parecía ser un amigote de verdad, de esos escasos, compungido por la aflicción de su amiga Raquel, a quien, de éso sí se reía mi tío, el profesor de la cuadra llamaba la petite princesse du marxisme, la pequeña princesa del marxismo..
       El papelito, entonces, me inculpaba y tal vez era el resultado de lo que los libros de Historia de la Patria Grande registrarían como "la conspiración de Coapa", con Raquel en el papel de la Corregidora. La casualidad hizo que tuviera oportunidad de hablar con ella, muerto mi tío, y fue entonces que pude constatar esa fibra de generosidad que tal vez también había tocado, en sentido metafórico o literal, a mi tío Fermín. Raquel Sosa Elízaga, pues, estaba abochornada por lo sucedido con la notificación y me ofreció  ayuda jurídica sin dudarlo mucho. Me recomendó a un abogado que ella conocía, y que para mayor comodidad estaba a dos pasos de mi domicilio, lo que pudiera explicar la celeridad en la llegada de algunas notificaciones. "Puedes ir en confianza, me dijo Raquel, él es mi hermano". Todo era cuestión de recuperar un dinero que no me pertenecía y de pagarle al hermano abogado de Raquel.
      Algo quiso que el día que fui a la cita no encontrara a este hermano cómodo, o algo pude ver y no me atrevía a entrar al despacho: después de todo, gracias a Fermín y su gente, me encontraba yo en la situación de pagarle mediante abogado defensor al mismo grupo de conspiradores que me había instado de modo poco amable a devolver un dinero que nunca había pasado por mis manos, de tal forma que yo quedaba moralmente invitado a pagar doble: por el delito que no cometí,  y por la defensa contra el delito que no cometí. No conozco a nadie que condene estos tratos de quienes son considerados gente con mucha sensibilidad social- yo no dudo que la tienen, porque olfatean todo, hasta un negocio por partida doble y a cargo de una universidad pública. En efecto, debía yo robarle legalmente a Fermín el difunto y a la universidad pública para pagarle a Manuel Miguel el vivo, en triangulación orquestada por Josefa Ortiz de Coapa.
     Tal vez Andrea, un varón de origen italiano, simplemente no aguantaba ciertos tratos. Raquel y su hermano presiden la sociedad Amigo del Estudiante Invidente. En el pasado, seguramente yo hubiera caído en ese lugar, y no precisamente como parte del patronato, sino como alguien, otra vez, digno de ayuda.

domingo, 10 de abril de 2016

BREVE CRONICA DE AVENTURAS Y DESVENTURAS DE FRAY FERNANDO DE TINAJERO Y LA VILLAMAR

Tuve el gran privilegio de volver a ver a fray Fernando de Tinajero y la Villamar en su convento de Quito, la capital ecuatoriana, una tarde de esas grises del lugar, y pasados muchos años desde que el clérigo me conociera en mi más tierna infancia, cuando yo no era más que "Pipo".
     Cuando volví a ver fray Fernando, en una sala con una luz efectivamente conventual, no dejó de llamarme un poco la atención que, a la manera de los cenáculos intelectuales quiteños (que pasados de copas suelen quitar el acento en la "a"), se me ofreciera un whisky. Noté algo igualmente extraño en el hecho de que, sin relación ninguna con la conversación, pasados pocos tragos llegara a sugerirme que ya era tarde y a interrumpirlo todo alguien a quien tomé primero como parte del noviciado. Era en realidad sor Ximena Romero, una antigua reina de belleza de la provincia de El Oro, que había dejado atrás el banano y la suciedad de Machala para dedicarse en cuerpo y alma a las confesiones, y seguramente también para entregarse al espíritu de fray Fernando. El ambiente era tal, y tenía tan fuerte el presentimiento de que el Santo Oficio de la intelectualidad quiteña me tenía en la mira con años de intrigas, que no pude evitar una vieja tentación: sintiéndome obligado a confesar, solté justo la sopa que nadie quiere oír o probar, como se diga. Por lo demás, noté que las "distracciones" de fray Fernando, que él atribuía a una terrible neuralgia, cambiaban al ritmo de los nominados para una Fundación quiteña que no llegó a materializarse.
      Sumido en una depresión tan extraña como el ambiente a media luz de su convento, fray Fernando se ausentó un tiempo de la Orden de las Huambritas Delcazas para entrar como sacerdote en la colección Santoral ecuatoriano del siglo XX. En ilustre labor, fray Fernando se apresuró a ganarse el cielo -o por lo menos una estancia no muy incómoda ni larga en el purgatorio- antologando a todos sus amigos. Para mi desazón, el hombre seguía siendo selectivo: contaba los pecados de uno y se negaba a saber los de otros -como los cometidos por San Bolívar de Riobamba- con el argumento de que él "no criticaba a sus amigos", lo que, en honor a la verdad, me pareció lo más cercano a la simonía. Yo había tenido, a diferencia de un familiar mío que lo daba por síntoma clásico de idiotismo sin remedio,  por verdadera la nobleza de este clérigo curiosamente padre de un par de vagos y a quien se le atribuían rituales satánicos en un apartamento de lujo cercano al parque La Carolina..
       Después de algunos años de servir a un Arzobispado contra el que no paraba de despotricar, fray Fernando de Tinajero y la Villamar fue laureado por los más altos prelados, que junto al Premio Eugenio Espejo le retribuyeron con una pensión vitalicia que seguramente esté en manos de sor Ximena para evitar cualquier otra "distracción" producida por el remedio contra la neuralgia..Retomando sus sermones en El comercio, fray Fernando pareció volver a sus años mozos, derrochando apasionadamente anticomunismo e incluso antiizquierdismo, llegando a declarar terminada la Modernidad y todo su aparato conceptual: después de haber quemado en la hoguera a Benjamín Carrión por cuenta del erario del Arzobispado, fray Fernando, cerca de la levitación, decidió mandar a la mierda incluso al Estado nacional. Solo entonces comprendí lo delicados que son los rituales de los cónclaves eclesiásticos. Fray Fernando, dicho sea de paso, volvió a las andanzas y a citar prolijamente a los santos de su muy exclusiva devoción, olvidándose, ahora sí, de la novicia rebelde de Indoamérica. Levitando, fray Fernando de Tinajero y la Villamar se había ido para siempre a ese más allá donde aquél debió creer que lo esperaban, whisky en mano, los asiduos del convento y los antologados del Santoral.

CUBA: ¿CON QUIEN SE VAN A PIQUE LAS FARC?

El movimiento guerrillero que se preciaba de defender los intereses de los campesinos colombianos está sentado en Cuba negociando entre otros con el enviado especial Bernard Aronson, antiguo consejero de Goldman Sachs para América Latina. Según informa Olga L. González en un largo artículo publicado por Alainet, Estados Unidos está como siempre interesado en este proceso, agreguemos que para terminar de erradicar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), por motivos que son simplemente de negocios: la guerrilla está asentada en un vasto territorio que se le antojó a grandes empresas multinacionales de la soya como la argentina Grobocopatel, cuyo presidente, "el rey de la soya", ha estado presente en La Habana y es citado por el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, para la zona oriental del país, la llamada "altillanura".
      Mientras Santos se hace llamar muy modestamente "el Roosevelt colombiano", el líder de las FARC, un guerrillero de carpa, Rodrigo Londoño, alias "Timochenko", afirma para reanudar las negociaciones: "los astros se alinean de nuevo y no puede echarse a pique esta oportunidad feliz". "Timochenko" ya está contagiado de esa "felicidad" que desde algunos años para acá ha inundado a la izquierda latinoamericana, como si se hubiera hecho una extraña combinación de Simón Bolívar con novelas rosas de Taylor Caldwell, en las cuales suelen imponerse los valores familiares y espirituales al poder y el dinero, que es como el estadounidense se cuenta su propia historia al revés de lo que realmente es. Lo que no se sabía es que, además, el grupo guerrillero hubiera remplazado la formación política por la consulta del tarot, la astrología y cosas por el estilo, que normalmente no se estilan en las dificultades geográficas y de vida de un grupo armado de esta índole, aunque Colombia tiene ciertamente buena tradición de lectores de baraja. Por si además Londoño creyera tener el as, no parece lejos de rematar desastrosamente décadas de autodefensa campesina con una reforma agraria fallida y la entrega de las fichas del juego al agronegocio, todo mientras Santos se cree Roosevelt y Estados Unidos se frota las manos, haciendo creer que se las está lavando.

AQUÍ NO HA PASADO NADA

 Hablar de la caída de la Unión Soviética, en 1991, es un asunto tabú en lo que se conoce como "Occidente", y se reduce a reaccion...