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martes, 12 de abril de 2016

YO SOY TODA UNA INSTITUCION (PARA QUE LO SEPAN)

Los jóvenes no se lo creen mucho, pero el matrimonio sigue siendo una institución. Yo mismo, casado, me convertí gracias a mi antigua esposa, pilar de los valores más enaltecedores, en una institución. Es cosa de la juventud si prefiere los embarazos precoces, los frees, los acostones con grapas, micheladas y rivotril, los amigos con beneficios, los shows por webcam y los penpals. Yo temblaba de emoción cuando en el registro civil, delante de Claudia Leonor Molina Bustos, me leían la Ley de Ocampo, que hace del matrimonio un modo de suplir nuestras imperfecciones y faculta al hombre para dar protección, alimento y dirección a un ser, la mujer, que debe ser tratada como "la parte más delicada, sensible y fina de uno mismo".
      Aunque mi convivencia matrimonial fue corta, de siete meses, menos duradera, creo, que el matrimonio de Marianita Moguel (¿voy bien para un cargo de elección popular?), legalmente mi matrimonio se prolongó por más de cinco años, y mi papel protector, director y sobre todo dador de alimentos llegó a siete años, gracias a la generosa ayuda de un ejército de secretarias de acuerdos, jueces, abogados y bufetes que en todo momento velaron por la duración de lo que la Ley de Ocampo llama la "magnanimidad y benevolencia que el fuerte debe al débil", en el supuesto de que yo era el fuerte, claro está. Tuve el orgullo, el honor y el privilegio (¿voy bien para una Secretaría de algo?) de que mi magnanimidad y benevolencia - propias de quien es, según digo, toda una institución, o al menos de quien la dirige y orienta- fueran eternas y dieran lo mejor para el sostén (el material, porque el otro ni tiempo tuve de verlo y habría que averiguar mejor por otros rumbos) de mi esposa y de mi hijastro. Cada quincena, al ver mi cheque de nómina y muy en especial el rubro "descuento pensión alimenticia", se me aguaban los ojos de júbilo por mi contribución porcentual a la parte más delicada, sensible y fina de mi mismo, que por lo visto los demás habían sabido encontrar y tocar, yo diría que al grado de ya no querer separarse de ella. Una parte de esta contribución magnánime terminaba en los bolsillos de esas mismas secretarias de acuerdos y esos mismos jueces, vía los defensores de Claudia Leonor Molina Bustos, repito, mi esposa, de tal modo que incluso se negaron a otorgarme el divorcio, conmovidos como lo estaban por el magnánime en que me habían convertido. Siempre me trataron, y voy a repetir la Ley de Ocampo, con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte "brusca, irritable y dura de sí mismo y de su carácter", ni la de ellos ni la mía. No, no había ninguna bronca: ellos velaban por una institución que, después de todo, daba protección, alimento y dirección a muchos, incluso más allá del más restringido núcleo familiar, y que por poco me convierte en dador de toda la gran familia mexicana. Porque, a no ser por la invención del divorcio express, habría terminado encontrándome en cada juzgado a un ser dispuesto a ser parte de mi institución familiar, y en cada abogado a un pariente, puesto que los míos y los de mi esposa parecían conocerse desde pequeños ("¿Ah, tú también eres de Aguascalientes? Fíjate que mi primo...") y parecían también haber vivido siempre, agrego, en mi departamento, que mi esposa, por lo demás, convirtió en campamento de gitanos trayéndose a una amiga suya y su hijo, todos en plan familiar conmigo y a cuenta de mi lado más delicado, fino y sensible.
       Lloré el día que me cancelaron el pago de pensión alimenticia, gracias al cual yo había becado siete años a mi hijastro y su señora madre, con una generosidad mayor a la de cualquier funcionario del Fonca. Mi ex esposa vive ahora, según sé, en una calle de Santiago que se llama Los tres Antonios, y me imagino que entre los cuatro hacen maravillas de todo tipo. Por nada del mundo permitiría que en vez de la Ley de Ocampo se lea, en el registro civil, la ley de Operación de Sociedades Mercantiles, menos aún en la parte de "Responsabilidad Limitada". Aunque claro, he aprendido a ver en la mujer la parte más "brusca, irritable y dura de mi mismo y mi carácter", como lo manda la Ley de Ocampo, si entendí bien esta versión decimonónica y juarista del Tao Te King