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lunes, 11 de abril de 2016

EL BOLERO DE RAQUEL

Al día siguiente de la muerte mi tío, Fermín Alberto Dávila, justo al día siguiente, llegó a mi domicilio una notificación, y no era del fallecimiento, ocurrido "lejos de aquí", como en "México lindo y querido", y de tal forma que los sepultureros, desvistiendo a Fermín, se olvidaron de los calcetines y lo dejaron vestido con estos en la cripta. Dicen que "papelito habla", pero esta vez el documento no hablaba, sino que me intimidaba de un modo "muy golpeado", como se dice, y además amenazante, afirmando sin evidencia ninguna que yo a Fermín le debía años de dinero  supuestamente cobrado en una universidad pública. Nunca había ocurrido tal cosa, pero sentí que por enésima vez empezaba el peregrinar que obliga a la víctima, no al acusador, a llevar la carga de la prueba de una oficina a otra, por si alguien quiere recogerla o por lo menos quitársela a uno de encima, algo a lo que, desde luego, casi no hay quien se anime. El papelito, al que poco le faltaba insultarme, era una demanda que seguramente estaba hecha en busca de fondos. En una casa  de Coapa se había determinado que mi pobre tío, en fase terminal (si alguna vez estuvo emocionalmente en otra), necesitaba una "colecta solidaria", aunque en mi caso no se apelada especialmente a mi solidaridad, y menos con ese tipo de notificación.
       Conociendo a mi tío, seguramente él había urdido una parte de la trama, pero había encontrado un probable cómplice del que yo sabía poco, Raquel Sosa Elízaga, la misma que tuvo a mi ya barbudo y agonizante tío en un cuarto sin objetos, lugar de paredes impecablemente blancas y luz mortecina, como si se velara por anticipado a Sebastián de Belalcazar, aunque todavía no hubiera fallecido aún. Solo recuerdo que alguna vez Fermín, más embelesado que embalsamado y sin que yo se lo pidiera, me explicó la triste situación de una de sus amigas, suponiendo que en el medio artístico en el que él hacía sus giras "una amiga" haya sido exactamente éso:
       -Raquel está muy deprimida por lo que pasó en su relación con Andrea, me confesó a bocajarro mi tío.
     Yo francamente pensé que a veces así sucede: las amistades van y vienen, unos y otros erramos, sobre todo en esta época inestable (ya eran los años '80), y no me pareció demasiado raro, ni mayor motivo de depresión o de asombro, que dos amigas terminaran una amistad. Simplemente sucedía que Raquel y Andrea ya no tenían intereses comunes, o qué se yo. Así que comenté algo insulso y no me preocupé más ni por Raquel, ni por Andrea, ni por Fermín, quien dicho sea de paso parecía ser un amigote de verdad, de esos escasos, compungido por la aflicción de su amiga Raquel, a quien, de éso sí se reía mi tío, el profesor de la cuadra llamaba la petite princesse du marxisme, la pequeña princesa del marxismo..
       El papelito, entonces, me inculpaba y tal vez era el resultado de lo que los libros de Historia de la Patria Grande registrarían como "la conspiración de Coapa", con Raquel en el papel de la Corregidora. La casualidad hizo que tuviera oportunidad de hablar con ella, muerto mi tío, y fue entonces que pude constatar esa fibra de generosidad que tal vez también había tocado, en sentido metafórico o literal, a mi tío Fermín. Raquel Sosa Elízaga, pues, estaba abochornada por lo sucedido con la notificación y me ofreció  ayuda jurídica sin dudarlo mucho. Me recomendó a un abogado que ella conocía, y que para mayor comodidad estaba a dos pasos de mi domicilio, lo que pudiera explicar la celeridad en la llegada de algunas notificaciones. "Puedes ir en confianza, me dijo Raquel, él es mi hermano". Todo era cuestión de recuperar un dinero que no me pertenecía y de pagarle al hermano abogado de Raquel.
      Algo quiso que el día que fui a la cita no encontrara a este hermano cómodo, o algo pude ver y no me atrevía a entrar al despacho: después de todo, gracias a Fermín y su gente, me encontraba yo en la situación de pagarle mediante abogado defensor al mismo grupo de conspiradores que me había instado de modo poco amable a devolver un dinero que nunca había pasado por mis manos, de tal forma que yo quedaba moralmente invitado a pagar doble: por el delito que no cometí,  y por la defensa contra el delito que no cometí. No conozco a nadie que condene estos tratos de quienes son considerados gente con mucha sensibilidad social- yo no dudo que la tienen, porque olfatean todo, hasta un negocio por partida doble y a cargo de una universidad pública. En efecto, debía yo robarle legalmente a Fermín el difunto y a la universidad pública para pagarle a Manuel Miguel el vivo, en triangulación orquestada por Josefa Ortiz de Coapa.
     Tal vez Andrea, un varón de origen italiano, simplemente no aguantaba ciertos tratos. Raquel y su hermano presiden la sociedad Amigo del Estudiante Invidente. En el pasado, seguramente yo hubiera caído en ese lugar, y no precisamente como parte del patronato, sino como alguien, otra vez, digno de ayuda.