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martes, 12 de abril de 2016

HOMENAJE A UNA PEDAGOGA INFANTIL

Nunca olvidaré la tarde que pasamos juntos en aquél café. Sí, ya sé, suena algo cursi porque es una canción de Julio Iglesias, pero en realidad el asunto es otro. A raíz de la enfermedad de un pariente mío al que yo no veía desde hace algún tiempo, Guadelupe Teresinha Bertussi Vachi, conocida en cierto medio artístico como "Andorinha", me citó en una conocida y en ese entonces concurrida cafetería de la ciudad de México. La señora, segunda esposa de mi familiar y de nacionalidad brasileña, me esperó casi a escondidas en el rincón más apartado de la cafetería y, cuando supe que era ella y me acerqué, no dejó de asaltarme una duda, aunque luego iba a sufrir otros asaltos más, y no de dudas: no entendí por qué mi pariente había escogido a una mujer cuyo rostro me recordaba mucho al de Roberto Carlos. Cosas del sentimiento, me dije. Tal vez yo tenga algún día una mujer con el rostro de Sergio Vega, el Shaka, aunque preferiría ahorrarme el bigote. Tengo entendido que la ambiguedad es frecuente en Brasil: el economista Theotonio dos Santos, por ejemplo, se pinta su pelo cano de rojo, el mismo rojo de Guadelupe (tal vez usen el mismo shampú), y la primera mujer de dos Santos, Vania Bambirra, parecía haber salido del movimiento de los tenientes, el tenentismo, Cuentan que cuando Fernando Henrique Cardoso estaba en México, su aspecto, y además, su melena, arrojaban ciertas dudas, también: ¿había que decirle  joven Henrique o señorita Brasil?
      En fin, en honor a la biografía de la Bertussi Vachi agrego que nació en Pelotas o algo parecido. Pelotas, en Rio Grande Do Sul, es la última ciudad brasileña de importancia cerca de la frontera uruguaya. Andando el tiempo pude ver cuánta nostalgia sentía Guadelupe por su ciudad brasileña natal. Todo lo quería hacer como si estuviera en Pelotas y creo que, si hubiera podido, a mi también me habría dado a conocer en Pelotas. "La Guade" se iba a Puerto Escondido a fumar mota, pero sobre todo, a sentirse como en Pelotas, lo que en Zipolite sí se puede. A los veteranos de Vietnam y a los de la sociología latinoamericana les fascina. Alguna vez me confesó que ella con mi familiar sentía que estaba en Pelotas los 365 días del año. Yo estaba que aplaudía, y además, a rabiar. En fin, entiendo que la ciudad cercana sea Porto Alegre y que, hasta aquí, todo parezca una batucada de carnaval.
      Ella me advirtió, luego de sorber un poco de su taza de café, que mi querido familiar sufría una enfermedad por la cual podía volverse loco "de un momento a otro", lo cual no dejó de espantarme, no sé si por la locura o por la inminencia. Supongo que debo haber hecho alguna pregunta, porque al rato la señora estaba contándome su temible biografía: había estado en la clandestinidad durante la dictadura brasileña y había conocido a un hombre del que, me dijo, no sabía si era Nildo o Ourico, en el entendido de que ambos son nombres masculinos y de que tal vez se refería a Nildo Ouriques, quien, tal vez como efecto de la lucha contra la dictadura, había decidido desdoblarse en la clandestinidad, que según me dieron a entender pudo seguir compartiendo con Guadelupe en México. Sospecho que, mientras Nildo empuñaba el arma, Ourico estaba en Pelotas, o al revés. Que una mujer tan parecida a Roberto Carlos me confesara que había tenido relación con un hombre que se había desdoblado me produjo una muy mala corazonada: tal vez mi pariente, antes de volverse chiflado, la había contagiado y ella ya comenzaba a padecer los estragos de la sinrazón.
       A las pocas semanas recibí una llamada desesperada de este gato triste y azul brasilero:
       -!se está volviendo loco, está rompiendo todos los platos en la cocina!, me informó alarmadísima.
     Guadelupe me recogió cerca de la casa de Tlalpan donde vivía y me informó sin inmutarse, con esa expresión en los ojos de los que están juntando millas y churros en la versión terrestre de "Volaris":
       -!está loco, dice que lo quiero matar para quedarme con la casa!.
    Por lo visto, entre ambos habían terminado las sesiones de "Cama y mesa" y "Cóncavo y convexo", la locura había cesado en realidad por completo y, según me daba cuenta, lo que estaba en juego -y para lo que habían movilizado para mi a otra brasileña, Jussara Teixeira, por si yo también me contagiaba- era la anotación ante notario que, muy racional, reza: "en pleno uso de mis facultades...". Conseguida de un tonto racional esta anotación, terminó la "guadeterapia" y mi familiar y yo fuimos expulsados por "La Guade" de la casona de Tlalpan, cuya expropiación nadie juzgó síntoma de delirio alguno. Me hubiera gustado decirle a la ilustre pedagoga: "mais yo me olvido de un gran detalle: en esa hora tu vas/ a acordarte de mi". En esos tiempos, a tanto no llegaban mis ganas de verme en Pelotas ni de ver como propio de orates  el pasearse  en Pelotas profesando la pedagogía infantil.