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domingo, 10 de abril de 2016

BREVE CRONICA DE AVENTURAS Y DESVENTURAS DE FRAY FERNANDO DE TINAJERO Y LA VILLAMAR

Tuve el gran privilegio de volver a ver a fray Fernando de Tinajero y la Villamar en su convento de Quito, la capital ecuatoriana, una tarde de esas grises del lugar, y pasados muchos años desde que el clérigo me conociera en mi más tierna infancia, cuando yo no era más que "Pipo".
     Cuando volví a ver fray Fernando, en una sala con una luz efectivamente conventual, no dejó de llamarme un poco la atención que, a la manera de los cenáculos intelectuales quiteños (que pasados de copas suelen quitar el acento en la "a"), se me ofreciera un whisky. Noté algo igualmente extraño en el hecho de que, sin relación ninguna con la conversación, pasados pocos tragos llegara a sugerirme que ya era tarde y a interrumpirlo todo alguien a quien tomé primero como parte del noviciado. Era en realidad sor Ximena Romero, una antigua reina de belleza de la provincia de El Oro, que había dejado atrás el banano y la suciedad de Machala para dedicarse en cuerpo y alma a las confesiones, y seguramente también para entregarse al espíritu de fray Fernando. El ambiente era tal, y tenía tan fuerte el presentimiento de que el Santo Oficio de la intelectualidad quiteña me tenía en la mira con años de intrigas, que no pude evitar una vieja tentación: sintiéndome obligado a confesar, solté justo la sopa que nadie quiere oír o probar, como se diga. Por lo demás, noté que las "distracciones" de fray Fernando, que él atribuía a una terrible neuralgia, cambiaban al ritmo de los nominados para una Fundación quiteña que no llegó a materializarse.
      Sumido en una depresión tan extraña como el ambiente a media luz de su convento, fray Fernando se ausentó un tiempo de la Orden de las Huambritas Delcazas para entrar como sacerdote en la colección Santoral ecuatoriano del siglo XX. En ilustre labor, fray Fernando se apresuró a ganarse el cielo -o por lo menos una estancia no muy incómoda ni larga en el purgatorio- antologando a todos sus amigos. Para mi desazón, el hombre seguía siendo selectivo: contaba los pecados de uno y se negaba a saber los de otros -como los cometidos por San Bolívar de Riobamba- con el argumento de que él "no criticaba a sus amigos", lo que, en honor a la verdad, me pareció lo más cercano a la simonía. Yo había tenido, a diferencia de un familiar mío que lo daba por síntoma clásico de idiotismo sin remedio,  por verdadera la nobleza de este clérigo curiosamente padre de un par de vagos y a quien se le atribuían rituales satánicos en un apartamento de lujo cercano al parque La Carolina..
       Después de algunos años de servir a un Arzobispado contra el que no paraba de despotricar, fray Fernando de Tinajero y la Villamar fue laureado por los más altos prelados, que junto al Premio Eugenio Espejo le retribuyeron con una pensión vitalicia que seguramente esté en manos de sor Ximena para evitar cualquier otra "distracción" producida por el remedio contra la neuralgia..Retomando sus sermones en El comercio, fray Fernando pareció volver a sus años mozos, derrochando apasionadamente anticomunismo e incluso antiizquierdismo, llegando a declarar terminada la Modernidad y todo su aparato conceptual: después de haber quemado en la hoguera a Benjamín Carrión por cuenta del erario del Arzobispado, fray Fernando, cerca de la levitación, decidió mandar a la mierda incluso al Estado nacional. Solo entonces comprendí lo delicados que son los rituales de los cónclaves eclesiásticos. Fray Fernando, dicho sea de paso, volvió a las andanzas y a citar prolijamente a los santos de su muy exclusiva devoción, olvidándose, ahora sí, de la novicia rebelde de Indoamérica. Levitando, fray Fernando de Tinajero y la Villamar se había ido para siempre a ese más allá donde aquél debió creer que lo esperaban, whisky en mano, los asiduos del convento y los antologados del Santoral.