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miércoles, 31 de enero de 2018

DAME UNA EME

Ahora, a la universidad le da por la política militante. Considera que debe ejercer un "liderazgo moral" aunque no esté respaldado en las funciones sustantivas universitarias, que no son las de "guiar" a la sociedad hacia ningún lado. Qué curioso: la universidad no manda a los estudiantes a las aulas, sino que los manda (!oficialmente!) a las calles, a manifestarse, a tomar parte en movimientos indígenas, por poner un ejemplo, y a hacer suyas las causas de las minorías y otras parecidas. El estudiante no está para estudiar, sino para hacer activismo para la sempiterna sociedad civil, hasta el día en que éste se cuela en el aula y se impone, arrumbando a la profesión y al profesionalismo en nombre de la "interdisciplina" (o "pluri", o "trans", o "multidisciplina"). El asunto es que el joven aprenda a transgredir los límites, a desinstitucionalizar, a no reconocer la frontera entre academia y "política", por lo demás de asamblea. El límite entre debate de ideas y política militante estaba establecido incluso estatutariamente, pero ya no parece importar.
     Dentro de este movimiento, en la universidad pública lo privado se hace público mientras la tecnocracia hace lo público privado vía consultorías y otros servicios expertos. La agenda activista llama a pensar incluso en masculinidades y feminidades. No es un llamado a estudiar el problema desde distintos puntos de vista, y con desacuerdos si los hubiere, sino a "hacer y deshacer el género", "habitar lo masculino y lo femenino de una manera o de otra", lo que "constituye un espacio plenamente político". ¿Las decisiones de cada quien en esta materia son políticas? Si fuera el caso, no deberían ser tomadas demasiado en consideración en una academia que no está para hacer política ni para ocuparse de la manera en que sus miembros habitan su cuerpo, si como hombre, mujer o "ninguna de las dos". Por lo demás, no hay lugar para discrepar: en lo "políticamente correcto" difícilmente se podría pedir que en nombre de la equidad de género se deje de una buena vez de dar preferencia a las mujeres, por ejemplo, aunque sea porque preferencia no es equidad, o que se prohíba la enseñanza (!) al menor de edad de que, así tenga un cuerpo de tal o cual forma, lo puede habitar como mejor le parezca, enseñanza que ya existe en algunos países. El activismo no debate: impone, muchas veces a gritos y en montón, y parece chantajear a una autoridad que en realidad no lo es o que termina por no serlo. Después de todo, para la tecnocracia es más fácil gestionar la repetición incesante, numérica, que algún debate de fondo que ponga en cuestión las directrices de organismos internacionales.