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viernes, 25 de mayo de 2018

BICENTENARIO DE MARX: LA "DESAPARICION" DEL TRABAJO

Una de las afirmaciones más divertidas que se hacen en el mundo actual consiste en decir que los empresarios son quienes crean la riqueza. Se supone que lo hacen porque dan empleo y, para decirlo con el lenguaje de moda, "detonan" actividades (hoy medio mundo anda "detonando" algo) que "dejan una derrama". Desde luego, el capital lleva ventaja, puesto que su movilidad le permite chantajear con irse a otro lugar si no se hace caso de sus condiciones. Así que se compite por atraer "detonaciones" o, mejor dicho, la bendita inversión que supuestamente crea riqueza. El capital ya no es una relación: es la posibilidad de una inversión que lo detone todo. Al trabajo y al trabajador no les queda más que estar agradecidos si son tomados en cuenta al hacerse la actividad "detonante" y si consumen en la "derrama". En fin, el dinero crea riqueza.
     Desde el punto de vista de Marx, se puede demostrar que toda esta jerga no es más que puro fetichismo. Ningún empresario invertiría y mucho menos pagaría salarios a sus trabajadores si con este pago quedara cubierto el total de lo que se vende. Dicho de otro modo, ningún patrón puede vender su mercancía y darle todo el producto de la venta a sus trabajadores por concepto de salario, porque en este caso no tendría sentido que hubiera un dueño. El empresario, que con algo se tiene que quedar, adelanta  y paga salarios con la esperanza de llevarse lo suyo, que es la ganancia, aunque no contribuye en nada a trabajarla. Todo lo que la jerga antes referida quiere decir es que la inversión crea ganancias y que, para colmo, en la derrama de las mismas el que trabaja tal vez pueda recoger algo a través del consumo, comprando lo que él mismo produjo. El trabajo simplemente ya no se ve. Resulta que es el capital él solito el que anda "detonando" (invirtiendo) y provocando "derramas" (de ganancia), haciendo circular dinero que "crece" sin que se sepa bien cómo. Que sea el trabajador el que crea la ganancia -con su origen en la plusvalía- pasa completamente desapercibido, y los trabajadores ya no son sujetos de nada, más que de la posibilidad de hacerse de un salario para alcanzar a reproducirse y, repitamos, participar en "la derrama" si bien les va.
     Este es el resultado de un capital que puede chantajear con irse y de haber puesto a todos los trabajadores del mundo a competir entre sí, en particular desde los '80, con una nueva división internacional del trabajo. La fuente de ganancia se opaca aún más en la medida en que todos estos trabajadores parecen competir exclusivamente por un salario y no por ser origen de la plusvalía. Por lo demás, está el otro chantaje, el de no detonar ni derramar nada, sino irse a la esfera de la especulación, si las condiciones del capital no son aceptadas. En esa esfera el dinero "crece" sin que haya que detonar nada.
      La jerga está hecha de tal modo que al trabajador no le queda más que recoger agradecido una parte ínfima de los frutos de su propio trabajo. Está agradecido con quienes lo "detonaron" y la "derramaron". Después de todo, el trabajo perdió desde los '80 todo poder de negociación para quedar en la relación tutelar con el capital. Las condiciones son tales que no puede haber lucha de clases frontal ni organización del trabajo, por temor a la pérdida de la tutela. Y rara vez se le ocurre al trabajo que podría sacar las cosas por sí mismo. Congelada esa "lucha", bien se la puede negar y dejar que el mundo se guíe por "la fuerza de las cosas", entiéndase que por el criterio único de la ganancia por encima de todo, la vida del trabajo incluída. Baste con remachar que el trabajo no tiene ningún derecho, ni sobre su salario (puesto que es una cortesía de quien "detona"), ni a la organización, ni al poder. Para este propósito sirve insistir en que no hay alternativa en la Tierra, y que las que fueron pensadas resultaron en la realidad en "atrocidades". A las "detonaciones" y las "derramas" uno se resigna.