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miércoles, 3 de mayo de 2017

SIN HORIZONTE

Solidaridad es una palabra en desuso, tabú, y que mucho menos se actúa. Hasta hace algún tiempo, luego de haber sido utilizada en exceso para toda suerte de causas izquierdistas, servía para la recuperación demagógica en programas asistencialistas y clientelares.
     La solidaridad ha sido remplazada, en el estilo estadounidense, por la caridad, el "voluntariado", lo que es tanto como decir que ser parte de una división del trabajo no es una obligación ("hoy por tí, mañana por mí"), exactamente de la misma manera en que el intelectual o el académico no pueden ver esa misma división ni el hecho de que es un llamado para "hacer equipo".
      Otra faceta es lo que Hannah Arendt llamó "la compasión que humilla", el sempiterno "yo estoy bien, tú estás mal". Pero ni caridad ni compasión remplazan el "darse el trabajo" y poner la atención en la solidaridad. Perdida de vista la división del trabajo, es que también lo está la organización, ya que organizarse supone justamente la capacidad de solidarizarse en los hechos.
      A mediados de los años '80, en una entrevista televisiva hoy reproducida por escrito, Christopher Lasch y Cornelius Castoriadis señalaban cómo iba triunfando una "cultura del egoísmo" sobre la base de la desorganización creciente de la clase obrera, puestos los obreros del mundo a competir unos con otros. Esta es una de las bases de la in-solidaridad "abajo", y se mantiene en la medida en que, efectivamente,  el llamado "mercado" es la competencia de todos contra todos y la desconfianza y/o la indiferencia son el fondo de esta rivalidad ("hoy por mí, mañana por mí"). Los medios de comunicación de masas mantienen este clima de tal modo que la dizque sociedad -pese a que la división del trabajo en la base sigue existiendo- esté atomizada e inerme para reaccionar horizontalmente: no tener ni sentir solidaridad (y ver para arriba, nunca a los lados ni alrededor) no es asunto de palabras, sino de incapacidad para la organizaciòn, la simple organización. Es la misma que es vista con desconfianza por quienes, contándose que el mundo se "autorregula" (como supuestamente el mercado), consideran que en toda organización hay siempre alguien para aprovecharse, por lo que no vale la pena dar, devolver, solidarizarse.