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viernes, 22 de noviembre de 2013

MEXICO INTOXICADO

Hegel, el filósofo alemán, escribió alguna vez que la sociedad civil convertida en un simple mercado es una "bestia salvaje". Hace rato que Estados Unidos y el Innombrable -no es CSG, por cierto- decidieron para México una "transición" que consiste en darle a la bestia todos los poderes: es sencillo, el político es nuestra sirvienta (nos tiene que "ofertar" su trabajo) y la sociedad civil es el cliente que siempre tiene la razón (y que demanda). Basta ver lo que sucede con las redes sociales, que no pierden oportunidad -aunque haya que inventarla- para caerle al presidente mexicano, Enrique Peña Nieto.
     Desde hace rato que el grueso de la intelectualidad mexicana participa activamente en esta empresa de debilitamiento de las instituciones, haciéndoles una maniobra de "pinza": la casa Meyer & Meyer es un buen emblema de este procedimiento. Al primero de la casa se lo premió aunque no tenga una visión objetiva de la Cristiada (Fernándo Benítez lo llamaba "panegírico"); el otro no tiene una visión objetiva del cardenismo.
    El primer negocio terminó en una película que exalta al cristero como "combatiente de la libertad" y "combatiente por un ideal": la mezcla es tan indigesta que tiene por ingrediente un discurso que vale por igual para el Che Guevara que para un talibán-fundamentalista afgano. Que el cristero haya respondido a lo que le ordenaban la alta jerarquía católica, los latifundistas del centro-occidente mexicano afectados por la Revolución y hasta las mujeres de la región, poco importa. La maniobra consiste en hacer aparecer como libertad los intereses más rancios y conservadores.
     El otro hace lo mismo, pero en nombre del "antiautoritarismo" y la "democracia", junto al último libro estadounidense que nos dicte cómo "pensar". El momento culminante de la Revolución es la "libertad" de las masas bajo el cardenismo, a finales de los años '30. Sucede sin embargo que el presidencialismo sexenal mexicano tiene su origen en el periodo 1934-1940, y el corporativismo, ni se diga: la Confederación de Trabajadores de México (CTM) fue creada en 1936, la Confederación Nacional Campesina (CNC) en 1938, y el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) en 1938, con un sector popular (antecedente de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares, CNOP) y uno militar afortunadamente disuelto a los pocos años. Si en el primero de la casa el peón se hace matar por intereses de la Iglesia y los terratenientes, en el segundo el del pueblo existe al servicio del líder charro de turno. En ningún caso se decide nada desde abajo, sino que se manipula desde arriba, aunque en nombre de la libertad del manipulado. A todo ésto se le llama legítimo porque parece el "juego de intereses" de Mme. la Sociedad Civil, como la llamara burlonamente José Joaquín Blanco.
     Este juego de intereses debe ser lo más libre posible, puesto que el mundo es un mercado, y las instituciones no deben interferir, por lo que el partido oficial, si es institucional, estorba. Que este juego dé ventaja al más fuerte mientras la sociedad cae en el caos -porque en realidad poco se organiza desde abajo y menos desde la institución- no importa, como no importa decir cualquier cosa en el mundo intelectual (si con palabrotas de ciencia política, mejor), completamente americanizado, o en la izquierda. Mucho menos importa que este "desmaye" sea el querido por Estados Unidos (organizador de esta "transición"), según lo denunció en su momento el ex funcionario priísta Manuel Bartlett, hoy opositor.