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martes, 15 de noviembre de 2016

ERA MUY, MUY IMPORTANTE

La primera noche (fue además la última), en la primera entrevista en su consultorio, a media luz, yo lo había intuido: era alguien insignificante. En efecto, no había terminado de contarle mis cuitas que, antes mismo del parricidio, ya me tenía preparado el estigma de Rey de la Fortuna, no por tahúr, brincos diera, sino por encabezar Tebas luego de haberme casado con mamá. No sé qué peste hay en la ciudad que más de un psicólogo y todos los psicoanalistas, además de fanáticos de Pink Freud, parecen haber hecho escuela con las películas de Jaime Humberto Hermosillo. De seguro el paciente trai algo chueco. Le dije que por ahí no iba y se puso rojo como jitomate. Nos pusimos al tú por tú.
        A un precio importante, me hacía sentir importante. Pues estábamos al tú por tú. Cada vez que yo estaba por consumar el parricidio, concluía la sesión y, cerrándome el camino a la puerta, este hombre que cultivaba cierto parecido con Freud me apuntaba con el dedo y lleno de entusiasmo, me decía: "!éso es muy, muy importante!". Yo me sentía muy, muy importante, aunque notaba detalles algo extraños.
       Uno de ellos: el diván, contra lo usual, estaba pegado a la biblioteca en la cual destacaban las lecturas del doc. Entre una divagación y otra, podía contemplar, no el horizonte, un árbol o algún perrito como el que dicen que tenía siempre Freud al lado del diván, sino ni más ni menos que las obras completas de Octavio Paz, alguien, casi no hace falta decirlo, muy, muy importante. Alguna vez tuve un impulso suicida: es que imaginé que, en caso de sismo, esos tomos, muy, muy voluminosos, se me vendrían a la cabeza -literamente- como ladrillos y el efecto traumático sería demasiado importante, dejándome postrado y con lapsus para siempre ("mi padre era un ogro filantrópico que en su postdata, etcétera..."). Pensé en tirarme del diván al suelo, pero es que entretanto ocurrían otras cosas. En sesiones de por sí cortas, porque el doc encontraba mi "punto de acolchado" muy rápido (como máximo, a los 10 minutos, con cinco de gracia), mis divagaciones insignificantes se veían a cada rato interrumpidas, porque el tratante tenía que contestar llamadas muy, muy importantes. Que sí, linda, que lo que tu digas, que te tiendo y te atiendo y te vuelvo a tender, más o menos por ahí estaba "cosiendo las suturas" quien me oía mientras hablaba (¿uh?) y, parándose como a toque a deguello, me volvía cada vez a cerrar el camino a la puerta: "!éso es muy, muy importante!". Caray, se me agigantaba.
        El sostiene que el psicoanálisis es una obra de arte y que la diferencia entre "tener sexo" y "hacer el amor" es que lo segundo es una obra de arte (lo primero seguramente es un simple trabajo de plomería). En mi nudo borromeo, he llegado imaginarme al señor en lo Real cincelando a su señora para esculpirla -algo muy, muy importante- o pasándole un pincel con óleo, acuarela o gouache. Cada quien sus perversiones. Parecía ser su lema en lo Simbólico, por lo demás. Cuando le narré -entre llamadita y llamadita- los efectos afrodisíacos cargantes de un psicotrópico, que me ponía cachondo, me contestó lo más quitado de la pena que él no tenía prejuicios sexuales. El muy cabrón, no me había perdonado en lo Imaginario la sesión primera, la de media luz. Debía dar yo gracias al sol y gritar en el diván: "!Pero sigo siendo el gay!" Me hubiera abierto la puerta como se le abre a quien es muy, muy importante. Ahí lo dejé, imaginándomelo simplemente, al final de su obra de arte, al pie de la cama -o a la cabeza del diván- como al pensador de Rodín. Hay cada pinche loco, debió pensar.