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viernes, 11 de noviembre de 2016

LA INCONDICIONAL

Georgie Boy es tabasqueño, llano, derecho, afable como suele serlo la gente en Tabasco. Alice, la de la voz cantante, debió haber nacido en Wyoming, porque es rubia y tiene alma justiciera, pero es chilanga y aquí, aquí la justicia se convierte a veces en vandalismo por el cual un doce de la Bondojo se cobra la merca sin siquiera estar autorizado por el jefe. Qué cincos, mi comandante.
         Heras no acababa de decir que José Luis Ibarrola me había mandado al infierno de la neurotoxicidad que ya Alice estaba buscando desenfundar la justicia y disparando -verbalmente, digo- a todo lo que se moviera. Mis síntomas, decía, se parecían a los de Georgie Boy, cuyos mareos y vahidos lo obligaban a agarrarse de un árbol justo enfrente de las oficinas generales ceceacheras.
      Llegué con la psicóloga recomendada, todavía con problemas neurológicos, y al cabo de 45 minutos, la gordita, que no había hecho más que hablar sola, me preguntó: "¿Entonces su madre no es la enemiga?". Confieso que no fue el asunto de la madre el que me extrañó, sino, por parte de una profesional, por los rumbos de la Campestre-Churubusco, una forma de ver el mundo propia de quien en sus ratos libres no ve más que películas de Blockbuster, en las cuales siempre hay un enemigo y con pésimo gusto se confunde suspenso y terror.
      -El problema parece ser con la madre, sentenció el gurú de Héctor Alejandro, antes mismo de haber hablado conmigo, y cuando las cosas ya se habían complicado. Para ese entonces, Georgie Boy todavía no se había destrozado la columna vertebral corriendo al ritmo de Alice.
       En otro accidente tóxico, un recomendado más del entorno de Georgie Boy y Alice, cuando tuve que volver de un corto exilio en el Ajusco a casa de mi madre, me lanzó: "Es muy feo, vuelve usted a casa de la enemiga". Cierto, había un Blockbuster enfrente del consultorio de ese médico, pero el que lo usaba para ver películas de Clint Eastwood era yo. Tal vez buscando a un enemigo.
       Georgie Boy, entretanto, pasó por otro episodio confuso, en el cual a los mareos se había sumado un estado depresivo. Había conocido a un médico que me fue recomendado, casi en las faldas del Ajusco, por las calles de Contoy, y, siempre afable, Georgie Boy ese día me acompañó, aunque me dejó solo con un tipo con cara más de chamán que de psicólogo, que apenas podía hablar, por lo cual, también "a penas", me preguntó, sin que viniera al tema: "¿su madre está achacosa?".
       Georgie Boy volvió a tener otros episodios de melancolía sin explicación clara. La enemiga (la mía, se entiende), entretanto, tuvo que ser llevada al hospital para reparación -normal para la edad.- de la columna. Vaya casualidades de la vida, era el mismo Hospital donde Georgie Boy había sido operado poco tiempo antes. La enemiga quiso encontrarse con Georgie Boy y Alice, la rubia de Wyoming, en el restaurante del hospital. Alice se negó, aduciendo que Georgie Boy se deprime en ese comedor. Y ninguno de los psicólogos que detestan a la gente sobre-protectora, sea real o no, parece haber encontrado las causas de los síntomas de Georgie Boy, llano, derecho y afable, claro está, cuando le dejan abrir la boca -sin duda, llega a suceder. Se lo permiten (un poquito) y uno disfruta también de su inteligencia, menos con esa barba de Pedrito de Alvarado que habla tal vez, sino de curación de tantos males, sí de resurrección y Conquista, al fin, como con tanto seductor de la patria. Al lado de Alice, la rubia de Wyoming y eterna promotora del tabasqueño.
       En cuanto a la enemiga y yo, nos hemos quedado acá de este lado, en el infierno de los olvidados del seductor -el de la patria- y la gloria de quienes carecen de suscripción a esa forma de ver el mundo sentimental tan chata de los Blockbusters y las casitas altas del Ajusco.