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domingo, 11 de septiembre de 2016

EL RETRETE DE BANGKOK

No necesita presentación. Es el hijo del extinto "don Sergio", quien, broma aparte, fuera un excelente historiador, hoy poco tomado en cuenta, desafortunadamente.
      -Me da mucho gusto verte, porque me habían dicho que estabas muy mal, me dijo amable "don Claudio" eso sí con una especie de mueca (!chin! ¿sigues vivo?), la última vez que lo ví. Y es que yo fui testigo del momento excepcional en que el hijo Ragú  expuso lo mejor de su aporte teórico a la ciencia social latinoamericana.
       Fue en un desayuno en una universidad privada donde los latinoamericanistas habían hecho otra de sus "trincheras". El ambiente matinal ese día era pesado, porque la contaminación del Distrito Federal estaba en un momento álgido, desde muy temprano. La convocatoria era, si no mal recuerdo, para discutir contenidos de materias y plan de estudios. Por algún motivo desconocido, salvo que sea para encontrar siempre alguna nueva forma de repartirse las materias del plan, cambiando clientela, los académicos en México suelen dedicar a discusiones de este tipo tanto o más tiempo que el destinado a clase. Y por cierto que yo no sabía qué clase era la de Ragú. Pero sí, sí mostró su clase.
      En medio del espeso ambiente, Claudio Ragú nos hizo saber cuán desinformados estábamos, qué poco conocíamos de la crítica al crecimiento económico:
      -En Bangkok, nos dijo, el tráfico es tal que que, ante las horas de espera, los automóviles tienen un retrete incorporado.
      Eso fue. "El retrete de Bangkok", aunque por un momento creí oír (¿tan fuerte estaba la contaminación?) "el retrete de Van Gogh", casi artístico. Nos lo advirtió: si seguíamos empeñados en la misma visión del crecimiento, no tendríamos otra que fabricar autos con retrete.
      No sé por qué, pero fui al sanitario y regresando, decepcionado, noté que luego de escuchar un momento la "teoría del retrete", los asistentes habían seguido como si nada o, peor aún, como si Ragú hubiera meado fuera del retrete, como se dice coloquialmente. Algunos tenían cara de quien se siente salpicado. No fue mi caso: como pude terminé mis huevos con espinaca y quesito panela, sin pensar demasiado en Bangkok, y de reojo contemplé al genio de la crítica al crecimiento "a toda costa", un genio incomprendido, como lo son todos. Me lo imaginé, sabio, sentado -no diré exactamente en qué lugar- en una pagoda de Bangkok, amonestando a los infelices fieles y turistas que siguen creyendo en los indicadores de crecimiento como si equivalieran a bienestar.
       -Me da mucho gusto verte, porque me habían dicho que estabas muy mal. Eso me dijo en un lugar congestionado por el tránsito de la gente.
        Tuve la ligera impresión de que alguien había jalado la cadena. Hasta podría decir que sentí que mi vida se perdía en un abismo profundo y negro como mi suerte.