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domingo, 4 de septiembre de 2016

OCCIDENTE: CON EL ESPACIO PUBLICO SE ACABA EL CIVISMO

No es la tecnología la que está acabando con el civismo en el espacio público. Es el uso "licencioso" de esa misma tecnología, desde el tipo que hablando por su teléfono "inteligente" a gritos informa a toda la cuadra de sus asuntos personales hasta el que, sacando el mismo aparatito en el momento menos pensado en un restaurante o en un cyber café, "pone al tanto" al "público" (¿o es la audiencia?) -también vociferando- del último negocio que está arreglando. La cosa es sencilla: el espacio público está invadido por particulares que no lo respetan como tal (por ejemplo, esperando para hacer la llamada al pariente o para cerrar el trato). No es involuntario: en México, por ejemplo, se ha probado que un alto porcentaje de gente saca su celular en público no para sí misma, por razones prácticas, sino para que la "vean" (por ejemplo, para que "no vayan a creer" que la persona está sola "delante del público", porque en realidad está revisando "muy ocupada" todos los mensajes que está recibiendo, en una especie de show de ejecutivo de negocios). Todo esto es servirse del espacio público para arreglar asuntos privados, borrando la frontera entre ambas dimensiones.
         Según la definición en la Web de ABC, "el civismo supone la observación de unas pautas mínimas de comportamiento social que son las que permitirán que los seres humanos podamos vivir en colectividad. Las bases que supone esta conducta social son el respeto hacia el prójimo, hacia el entorno natural, los objetos y las instituciones públicas, la buena educación, la urbanidad y la cortesia". Sacar el celular o teléfono inteligente en cualquier parte y usarlo de cualquier modo supone desde luego que el propietario hace como la iniciativa privada con el Estado: le impone sus reglas, muy codificadas ("yo hago lo que quiero puesto que me compré tiempo aire", "yo pago impuestos y dicto lo que debe hacer el gobierno para servirme"), mercantilizando todo. En las universidades privadas mexicanas, por ejemplo, los alumnos sacan el celular en clase y hablan en plena lección por algo muy lógico, "puesto que ya pagaron". Si las instituciones públicas "se dejan" privatizar, no debiera extrañar que el espacio público, privatizado también, no tenga reglas cívicas. Tomemos el ejemplo de Estados Unidos: país por excelencia de leyes, reglamentos y protocolos para todo, es hoy un lugar deplorable con un "civismo" que ha desaparecido para dar paso al "yo me he comprado el derecho a la insolencia porque soy propietario" (de un automóvil en el tráfico, de una casa mejor que la del vecino, etc.). Se acata para no ser multado -no por educación- pero si no hay multa está permitido resolverlo todo con un fuck you, stupid
       L.M. Oliveira ha resumido en una línea perdida de Arboles de largo invierno la nueva actitud hacia el espacio público/cívico, al menos según un tal Joshua Greene, director del laboratorio de cognición moral de la universidad de Harvard: ¿cuánto es el costo personal de aportarle al espacio cívico por cuánto de ganancia? El altruismo tiene por esencia "la disposición a pagar un costo personal para beneficiar a los demás" (p. 17). Es tan tonta esta definición empresarial que supone, desde luego, que nadie querrá pagar un costo elevado, o que los habrá sin duda que querrán "operar sin pérdidas". Vamos, ceder el asiento a una dama en el metrobús no es un beneficio óptimo comparado con el de tener mis propias nalgas en estado cómodo. Dejar que el coche de al lado se abra paso, obligándome a frenar, no me reporta ninguna ganancia. No conviene maximizar el beneficio de ayudar a la ancianita a cruzar la calle al costo de arriesgarse a quedar ambos, jovenazo y ancianita, bajo las ruedas del automóvil de un taxista ebrio. En el centro de trabajo, ya es tan insufrible que un "buenos días" puede maximizar la ganancia o representar un costo según el colega al que esté dirigido y el puesto que ocupe. Ya no se entiende que el cívico no es un lugar de cálculo costo-beneficio. No se puede gran cosa en sociedades que se descomponen -sin república, sin debate de ideas- entrando a la ley de la jungla creyendo, desde luego, que lo están haciendo en realidad al Primer Mundo y con estatus, porque ser propietario-consumidor es poder permitírselo todo (!yo ya pagué!), sin límite, la majadería incluida..