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viernes, 9 de septiembre de 2016

PODER EN LA UNIVERSIDAD

A pesar de que es al marxismo que se le ha atribuido reducir el Estado a "dominación" (e incluso a la sociedad a lo mismo), es mucho lo que se le debe a Max Weber. Pareciera que no hay en la universidad sociólogo que no haya pasado por Weber, para quien es inevitable la dominación de unos Hombres sobre otros, tal vez porque "así ha sido desde tiempos inmemoriales". Como el buen juez por su casa empieza, el buen dominador empieza por los cubículos y los pasillos.
       A lo anterior, no tan nuevo, se agregó en tiempos recientes la pasión por Michel Foucault, si cabe llamarla así. Foucault llega a sostener que las relaciones de poder son inmanentes a las relaciones sexuales (Historia de la sexualidad), económicas y también de conocimiento. No hay conocimiento desinteresado, sino "estrategias de poder". Creerse lo anterior ha llevado a que todo, absolutamente todo, sea relación de poder: el dictaminador está por encima del dictaminado, el evaluador por encima del evaluado, el funcionario convertido en tecnócrata por encima del académico (investigador o docente), y no falta quien crea que ejercer la docencia es colocarse por encima del alumno en una demostración de poder. La universidad se ha llenado así, a un grado que a veces es irrespirable, de gente con aire de empoderado (a).
         -¿Pero ay, amigo, por qué estás tan triste?
         Pareciera que el problema ya no es que a las once se embarca Lupita.
         -No estoy triste, ando aquí muy empoderado.
La difusión de Pierre Boudieu, junto a Foucault, llegó a empeorar las cosas, puesto que el universitario saca a pasear su "capital simbólico" y cualquier relación -en el "campo", de tal modo que el campus es un "campo"- es una potencial guerrita de clases. Sucede por la "trascendencia inmanente de los campos", el equivalente de la inmanencia del poder en Foucault. La enseñanza o el conocimiento no hacen más que transmitir la arbitrariedad simbólica de quienes dominan. El conocimiento no tiene así ningún valor propio, y la única función verdadera de la cultura consiste en servir de soporte a la "distinción", de tal modo que el de por sí empoderado agarra además aires de "distinguido". Si la hubo, la universidad entre pares (entiéndase que entre iguales) se acabó: es cada vez más frecuente el que busca la movilidad ascendente encontrando en la academia -Weber, Foucault, Bourdieu- el pretexto para liquidarla. Donde no hay pares no hay ni verdadera vida colegiada, porque no hay verdadero "colegio"o no hay "colegialidad" -la definición original supone "compartir"-, ni vida académica, salvo excepciones.