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sábado, 17 de septiembre de 2016

ESTADOS UNIDOS: LIBERALISMO INEXISTENTE

Decir "neoliberalismo" hoy supone que exista "liberalismo". Chris Hedges ha demostrado en un texto reciente (Death of the Liberal Class, hay traducción al español) que no es así. El liberalismo se terminó a principios del siglo XX, luego de florecer en el XIX. El optimismo liberal sobre el progreso fue hecho añicos por el Estado, la cultura de masas, el fomento al culto del yo a través de la sociedad de consumo y el silenciamiento progresivo de toda voz independiente. Para Hedges, hoy "lo que se mantiene no es el liberalismo democrático como tal, sino un mito que utilizan las élites del poder empresarial y sus defensores para justificar el sometimiento y la manipulación de otros países en nombre del interés nacional estadounidense y de los valores democráticos". Lo que Hedges llama "clase liberal" ha entrado en el juego "en lugar de intentar combatir las crecientes injusticias y abusos estructurales del Estado empresarial".
       "La clase liberal -considera Hedges- no puede reformarse. En sus filas no alberga ni a rebeldes ni a iconoclastas con coraje moral o físico para desafiar al Estado empresarial y a la élite en el poder. Las fuerzas empresariales que sustentan a los medios, los sindicatos, las universidades, las instituciones religiosas, las artes y al Partido Demócrata se ocuparon de quitar de en medio a cualquiera que cuestionara el corporativismo y el capitalismo sin trabas" en Estados Unidos. Cabría agregar que lo que hay en lugar del liberalismo - que tuvo sus últimos estertores estadounidenses con Franklin D. Roosevelt y que fue perseguido con el macartismo- es el espectáculo "libertario", algo muy distinto y no alejado de cierto anarquismo. El capitalismo estadounidense conservador-libertario (Hayek o Mises nada tienen que ver con el liberalismo capitalista serio, sino que son un anti-colectivismo) se rige por estas líneas de George Orwell que recuerdan cómo hay épocas en las que se vuelve difícil hablar: "en todas las épocas, dice Orwell, citado por Hedges- existe una ortodoxia, un corpus de ideas que se da por hecho que cualquier persona razonable aceptará sin rechistar. No es que esté realmente prohibido decir esto, aquello o lo de más allá, sino que simplemente no se hace, del mismo modo en que a mediados de la época victoriana aludir a los pantalones era algo que no se hacía en presencia de una dama. Cualquiera que cuestione la ortodoxia imperante se encontrará silenciado con sorprendente eficacia. A una opinión que vaya verdaderamente en contra de lo establecido nunca se le otorgará la atención debida, ya sea en la prensa popular o en las publicaciones eruditas".
      Ni en el liberalismo ni en la socialdemocracia (los europeos son vasallos de Washington) quedan fuerzas que empujen hacia alguna reforma del sistema económico y social estadounidense y lo que depende de él. Lo que le queda a este sistema, que resiste cualquier intento de viraje (salvo que se produzca en forma muy brusca), es irse pudriendo creyendo ser lo que no es y, eso sí, arriesgándose en una de esas a una catástrofe militar si los cálculos de control internacional -requeridos para seguir llevando el tributo a la masa estadounidense-  quedan en manos de la megalomanía, ya sin ningún juicio de realidad ni de valor.