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domingo, 4 de septiembre de 2016

FRANCIA: LA VIDA EN BURKINI FASO

Francia, país de fuerte tradición cívica, está empezando a sufrir los estragos de la ocupación del espacio público por cualquier interés particular al que se le antoje hacerlo.
       Un ejemplo ha sido el debate sobre las mujeres que van a las playas francesas en burkini, traje de baño islámico que cubre todo el cuerpo, menos el rostro. No es, como quiere suponerlo Andrew Levine en Counterpunch, un puro asunto de laicidad -especialmente anti-islámico- que atenta contra el liberalismo (el supuesto derecho de cada quien a hacer lo que le venga en gana mientras no afecte a otros y no haya prohibición expresa). Se trató en Francia de prohibir el burkini y no se pudo, pero ahora resulta que hacerlo es islamofobia. Desde luego que está la agresión a la laicidad exhibiendo al islam en un lugar público. Pero es también una falta cívica, porque es imponer al público un particularismo: igual de reprobable sería que un grupo de bañistas llegara a la playa en moto con trajes de Hells Angels, que una playa no nudista fuera convertida en nudista, o que en la playa en Cannes empezaran a besarse -y más- los miembros de un grupo homosexual o de lesbianas (o que tuvieran cruceros aparte, como ocurre en México en Puerto Vallarta, desde luego que con el ánimo de exhibición y de darse importancia en auténticos shows de narcisismo). Se entiende que un obrero no se baña en overol y un rico no mete su Ferrari al agua, pero una mujer islámica puede bañarse en burkini y no ser como las demás. Encima da un alegato feminista: con el burkini se protege de ser vista como objeto sexual.
      Recientemente se organizó en la ciudad francesa de Reims un "campamento de verano Decolonial" (!), entendido como lugar de reunión de todos los que son anti-racistas. Se resolvió que el campamento (del 25 de agosto al 28 de agosto), incluido un seminario que tuvo lugar en él, fuera "no mixto", es decir, que fuera reservado únicamente a las víctimas, "personas que sufren de manera personal el racismo de Estado en el contexto francés", aunque se aceptaron "inscripciones de personas que sufren el racismo de Estado, aunque viven en otros países". En suma: quedó prohibida la inscripción para blancos. Se trataba en realidad de ocupar, aquí también, el espacio público con las ventajas de un particularismo. Lo del "racismo de Estado" o de la discriminación es muy relativo: el gabinete del actual mandatario francés, Francois Hollande, se ha caracterizado por incluir desde una andaluza como alcalde de París (Anne Hidalgo) y una mulata de Guyana como ministra de Justicia (hasta hace poco, Christiane Taubira) hasta una marroquí (Najat Vallaud-Belkacem) y otra más (Myriam El Khomri) en las carteras de Educación y Trabajo. El primer ministro francés, Manuel Valls, es un catalán nacido en Barcelona.
       Desde el burkini hasta la exclusión de blancos en el seminario "Decolonial" se trata de que los particularismos anulen el espacio público y el respeto entre iguales en el espacio cívico (la gente a lo sumo puede "tolerarse" en sus diferencias). Es como algunas iniciativas de "equidad de género" o como algunos protocolos contra "la violencias de género" (todo calcado sobre la acción afirmativa estadounidense): dan preferencia en nombre de la igualdad, privilegiando de nuevo el particular (mujer) sobre el universal (ser humano). Es la privatización legalizada del espacio público/cívico que está acompañando a la desaparición de la república. !A sus órdenes, jefa!.