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lunes, 22 de febrero de 2016

LATINOAMERICA: NO VOLTEAR NI AL MARCADOR

Las fuerzas de izquierda, latinoamericanas y otras han tenido como defecto depender con frecuencia demasiado de un solo líder y no de direcciones colegiadas, pese a excepciones notorias como el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) salvadoreño. Fidel Castro estuvo a la cabeza del gobierno cubano hasta que agotó a todos y se agotó a sí mismo, sin ser por ello nada comparable a los dictadores caribeños y centroamericanos. Bajo influencia cubana, el líder venezolano Hugo Chávez estaba ya en el abuso, pero el ritmo -entre otros factores- le costó terriblemente la vida. Para infortunio de los nicaraguenses, el actual mandatario Daniel Ortega impuso el personalismo luego de que por un buen tiempo el FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) destacara por su dirección colegiada. En general, este tipo de dirección personalista, a veces a ultranza (fue el caso de Stalin en la Unión Soviética, de Mao en China y el escandaloso de Tito en Yugoslavia), desresponsabiliza (al grado de crear mentirosos patológicos como Jruschov), aunque los partidos comunistas solían tener estructuras en principio destinadas a garantizar decisiones colectivas. La responsabilidad de la decisión recae en una sola persona, exonerando hasta cierto punto a otras de las consecuencias. Es así que Nikita Jruschov pudo ser uno de los peores partidarios del terror para hacer recaer luego la decisión en Stalin. El personalismo muestra una falta de cuadros (problema que podía sufrir por ejemplo la Unión Soviética luego de la terrible guerra civil de 1918-1921, o que hay en revoluciones triunfantes por las armas), pero también puede ser propio de protagonismos exagerados (Castro, Ortega, Chávez...¿o Lula?) que suponen el desinterés por el trabajo y  estructuras de equipo en las cuales se es un mortal como cualquier otro. Encumbrar líderes puede ser, en suma, una buena manera de diluir responsabilidades por las decisiones tomadas, sobre todo si hay errores, y de despreciar el equipo solidario de verdad, remplazado a lo sumo por una clientela aduladora, una "camarilla".
      Denunciar la injerencia externa es normal cuando existe, más si es violenta (bastaría con mencionar la invasión en Playa Girón, Cuba, en 1961, las agresiones bacteriológicas, etcétera...), pero no es posible suponer que todo encuentre explicación en un imperialismo realmente existente, a riesgo de que, como contraparte, se de por supuesto que en las filas propias no hay errores. Si en el culto personal se supone la infalibilidad del dirigente, en la denuncia reiterada que atribuye al imperialismo errores o fallas propias se da por sentada la infalibilidad del denunciante, del proceso y de una comunidad monolítica. De este modo también se desresponsabiliza: en  ambos casos, hay potenciales culpables (culpable el líder que un buen día, resulta, se equivocó en todo, como parece haber querido creer Jruschov,  y culpable el imperio), pero no mecanismos de detección de errores ni de corrección humilde de los mismos. Al menos el líder soviético Yuri Andropov se había sincerado: "no conocemos la sociedad en que vivimos...". No lo dirán jamás ni el mandatario venezolano Nicolás Maduro ni un intelectual latinoamericano de izquierda, así vayan perdiendo el poder por goliza. Todo por no ser culpables, que la culpa es para el villano, y entretanto se ha confundido culpa y responsabilidad, utilizando la primera para evadir siempre la segunda. Las revoluciones -como el mercado- pueden ser potentísimas máquinas de desresponsabilización más o menos colectiva, dirigentes incluidos.