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sábado, 30 de julio de 2016

MI TRAFALGAR: EL GRUMETE DE NELSON

                                                                                      Adiós palomas
                                                                                      Me voy ya me despido
                                                                                       Les dejo mi canción
                                                                                       (De "Yo soy norteño")

El asunto fue de tics y de machismo. Han pasado casi veinte años, pero me acuerdo como si fuera ayer. Como mi madre es extranjera, la mayoría de las veces, o casi todas, un latino no puede dejar de creer que puede seducir primero y sacar alguna ventaja, la que sea, después, que al fin y al cabo es una mujer sola, como se dice muy a la mala, de manera despectiva.
       Yo estaba en un hospital para una revisión de rutina, aunque en el estado neurotóxico habitual por esos años. Recuerdo que el jefe del equipo que revisaba mi caso repetía, refiriéndose a quien era en ese entonces mi médico de cabecera, que "David Nelson" había hecho, que había que llamar a "David Nelson", que era necesario seguir el tratamiento con "David Nelson", que "David Nelson" por aquí y que "David Nelson" por allá. Era tanta la insistencia que, para empezar, yo no sentía, en mi cama de hospital, entre catéteres y nieves de limón, que estuviera siendo atendido en México y por un simple regiomontano, sino que me veía lisiado en medio de la muy épica batalla naval de Trafalgar, en la que tal vez creía estar participando -en vez de atenderme- quien con tanto entusiasmo se refería no a David, sino al mentado "David Nelson". Al parecer, para el jefe del equipo que me atendía, la Marina Real británica del vizconde había llegado hasta Monterrey, sabrá Dios cómo, y de ahí a la Ciudad de México.
     Como parte de la anécdota, debo decir que me cobraron en ese hospital 500 pesos por tocarme los huevos: yo alegaba una especie de criptoquirdia, descenso incompleto de un testículo, algo no tan fuera de común pero que tal vez se relacionaba con la intoxicación que yo sufría, pero un médico armado con guantes de látex amarillos -también pudo haberlos tenido color de rosa- la descartó en una revisión de un minuto como máximo y en ausencia de cualquier pink lady, se entiende -más bien había el eterno riesgo de que la pink lady fuera el doctor que me revisó, aunque por la prisa tal vez fue él quien pensó que la pink lady era yo. No me dolió la brevísima revisión, puesto que no quería alargarla, sino esa tarifa con la cual hubiera podido pedir en las calles de Sullivan una esculcada similar, pero como parte de un paquete más completo .
       El vizconde regio, almirante y duque de Bosques tenía lo que, descubrí, resultó ser un grumete sonorense, también militar y médico cirujano partero, que había engendrado con fórceps la idea de que una madre francesa inquieta por la salud de su hijo es digna no de un mínimo de consideración, sino de algún diagnóstico extraído del DSM IV, aunque ya no incluye "histeria", el típico argumento del macho latino cuando él mismo ha logrado con sus malos humores, insolencias y otras agresiones sacar de quicio a una mujer. Así que el grumete la encontró "neurótica" sin siquiera conocerla. Lo mejor, para este otro que también ostentaba doble nombre, Marco Antonio, era que yo buscara, lo repito tal cual, con quien irme a la playa a jugar "a que nos aventábamos arenita", "que yo te aviento arena y tu me la avientas". Vaya con esa cursilería: Rocha me estaba bajando a puntapiés de la barca de Guaymas, en el muelle de la amargura, e invitándome sin mayor disimulo a encontrarme lo que cayera con tal de que se me quitara "la neurosis", que como todo el mundo sabe, desaparece cuando uno le avienta arenita a la chava y a uno se la avientan de regreso.
        Fue así que, ese día, Marco Antonio, segundo de a bordo del almirante David Nelson, al servicio de los peores clichés, desenfundó y disparó el primer estereotipo que cayó en su mano. Parecía tan resuelto como el Charro Avitia cuando cantaba "ábranme cancha/que quiero entre la raza - cantar como se canta-allá por mi región ". Una conocida había venido a visitarme al hospital, y por lo visto, a Marco Antonio le urgía que a mi me urgiera una novia, pero mi madre estaba en el cuarto de hospital conversando conmigo. Así que Rocha la urgió, muy urgido él:
        -Señora, !usted se sale!, ordenó Marco Antonio a la voz de "ya", de "!firmes!" o toque de caballería, porque iba a cargar y debía pasar mi visitante femenina como si estuviéramos todos en urgencias, si es que no cerca ya de "terapia intensiva", por darle ese nombre (no suena mal).
      El grumete acababa de demostrar, además de cobardía (después cobró además la estadía en el cuarto al precio de revisión por criptoquirdia) y disposición para aliarse con el primer cártel familiar que viniera a visitarme, que desconocía dos cosas: una, los hombres que no hacen mucho ruido, y dos, los que cuando hay motivo demuestran su valor.  ¿Para qué seguir? El no era el azote de los malditos, ni bronco ni mujeriego, ni hombre de ley: apenas un fulano con aire de valiente y éso, nada más fuera del hogar, según decían las malas voces (¿compensaba su inferioridad en casa embistiendo extranjeras fuera del hogar?) y en situaciones de ventaja. Mientras yo le hablaba de "Sonora querida/tierra consentida" y de Gilberto Valenzuela, etcétera, él me había respondido muy "de dicha y placer" que yo- te- tiro- arenita y tu- me -tiras- la- arenita, al borde del cubetazo de agua, la palita y tal vez hasta la musiquita del vals "Sobre las olas". Solo me faltaba una de Juventino Rosas. Buscando al admirador del Sahuaripa, me había topado, por segunda vez en mi vida, con un miembro de la especie sonoguacha: el grumete acomplejado y medio bravucón -no le alcanzaba para más- del regio Nelson.