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martes, 4 de octubre de 2016

ISLA DE LOS MONJES (LOCOS)

Michel Clouscard retrató en Le capitalisme de la séduction (El capitalismo de la seducción) el papel de la casa de campo, casita o casota, como signo de estatus del citadino mundano de posguerra.
      Esa casa se convirtió en el lugar del interminable convivio y de la interminable convivialidad, en la cual cabían, en la armonía de los arribistas, desde el patriarca conservador hasta una prole de irresponsables marginales (admiradores de la banda estadounidense tipo James Dean, para seguir a Clouscard), drogadictos, homosexuales, lesbianas, alpinistas, flautistas italianos, artistas de los Art Déco extraviados y los eternos "recogidos", los más "al margen", si "exóticos" peor. Sí, cabían todos, mientras no estuviera la susodicha casa en disputa legal entre descendientes. Cuando se presentó el caso, fue ilegalmente expropiada, en nombre del "antipatriarcalismo" de toda la juventud que usufructuó el trabajo del patriarca conservador para, llegado el momento, despojarlo hábilmente, como si hubiera que repetir en miniatura Denis&Luc&Antoine Associated la actitud del cabo que despojó con mayoría y estruendo al saliente, torpe y desolado Paul von Hindenburg.
      En la casa podía reinar, se burla Clouscard, "el humor cordial, regocijado, jovial, incluso hilarante", el tipo de humor que puede permitirse la burguesía que por fin ha  "llegado": la fiesta, la fiesta permanente. Era el momento del intercambio de regalitos, del símil de potlatch, del "relax" para recibir a los amigos, lejos de la competencia citadina. Era la reconciliación, así fuera, agreguemos, por compra de voluntades: reconciliación en la cual al mismo tiempo los jóvenes recogían lo peor de antaño -la familia reducida a la disputa por la herencia- y el patriarca debía "soltarse" (!fuera rigidez!, para darle un aire juvenil al momento en que lo estaban atracando). Flojito y cooperando. Entre robo y robo, entre despojo y despojo, uno descansaba ante la chimenea y claro, entre tizones parecía que no ocurría nada. "En la casa de campo, sigue ironizando Clouscard, hay todo lo que se necesita. Uno puede seguir reventándose, si hay ocasión, entre amigos, tranquilamente". Es más, dice Clouscard, uno puede acordarse de los buenos tiempos, los de la rabia. "Después de haberse repartido los beneficios", señala el autor, beneficios que, agreguemos, terminaron por ser los del despojo del dueño de la casa y sus primeros hijos.
     "El invitado más esperado, escribe Clouscard, es el hijo. Y el más inesperado. Y el más festejado." Es la coronación de la convivialidad en medio de un decorado natural. Es "el decorado soñado por el fantasma hippie", señala el autor. Hasta puede llegar en moto, este heredero (o a pintar). Es, ya se sabe pero no se dice, el heredero. Se le festeja todo. Todo en rústico, dice Clouscard (agreguemos que "en pintura") El mismo Clouscard lo dice: puede traerse este artista "a sus amigos de los Art Deco". ¿Se habían enojado en la ciudad?Uno puede reconciliarse en la casa de campo (seguramente que a condición de aceptar el lugar en el reparto). "La comedia familiar -prosigue Clouscard- está en una de sus últimas escenas". En el corazón de la familia parecen reconciliarse el que creó el sistema y quien lo consume (parasitariamente). "Si tan solo quisiera", dice el padre. "Es tan talentoso", dice la madre. Y "todo el mundo se ha vuelto amigo". Las generaciones se invitan. Conviven atavismos y emancipación libertaria. Y le queda al hijo, el heredero, gestionar lo adquirido. Hay que calmarse un rato, en la casa de campo. Se "convivializa a la diabla", dice Clouscard. Todo ha sido una fiesta amable, cool, sin conflicto, renuente al conflicto, refractaria al conflicto, donde no podía haberlo así se hubiera preparado a un heredero -con dos secuaces- por encima de la ley.