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sábado, 29 de octubre de 2016

¿UNA EPOCA QUE "NO HACE EPOCA"?

Es al menos un tiempo muerto, un tiempo que no transcurre aunque la publicidad hable de un cambio incesante.
      Es tiempo muerto por el desprecio al trabajo y más si es creativo, de tal modo que la Historia sigue por inercia y no por sujetos que transformen, ocupados como están muchos en gozar de rentas. Se puede estar o no de acuerdo en mucho con el autor, pero Raúl Zibechi tiene razón cuando escribe: "la cultura extractivista es el resultado de la mutación del neoliberalismo, a caballo del capital financiero. El trabajo no tiene el menor valor positivo, lugar que ocupan ahora el pillaje y sus contracaras, el consumismo y la ostentación. Donde antes había orgullo por hacer, la cultura gira ahora en torno al pavoneo de marcas y modas. Mientras los obreros de antaño condenaban el robo, por razones estrictamente éticas, hoy se festeja la apropiación, aun cuando la víctima sea vecina, amiga y hasta familia" ("El extractivismo como cultura"). En otro artículo, Zibechi escribía hace poco: "estas clases medias (la base de la nueva derecha, nota nuestra)(y una parte de los sectores populares) están modelados culturalmente por el extractivismo: por los valores consumistas que promueve el capital financiero, tan alejados de los valores del trabajo y el esfuerzo que promovía la sociedad industrial hace apenas cuatro décadas" ("Las bases sociales de las nuevas derechas").
      El problema se agrava en la medida en que el trabajo, lejos de ser creativo, es precario y agobiante. dos tercios del total de trabajadores del planeta (dos mil millones de personas) carece de contrato laboral y protección social (sindicalización incluida), según cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) citadas por Marcelo Colussi ("Neoliberalismo: triunfo del capital sobre el trabajador").
      De remate, la ideología prevaleciente, que la hay, hace rato que dejó de considerar que la riqueza la crea el trabajo (el verdadero, no el job): dependiendo de actividades económicas que "detonan" o "dejan una derrama", se llega a creer que la riqueza depende de la decisión del inversor de invertir o no, mientras en casos problema extremos -como el de Estados Unidos, que muchos imitan- la "derrama" se limita a la buena o mala voluntad de una oligarquía que no debe ser contrariada (está integrada, según Paul Craig Roberts en The 4th media, por Wall Street, el complejo militar-industrial, el agronegocio, la industria extractiva y las corporaciones que se largaron a China e India en busca de salarios de risa), ni siquiera por quienes proponen "volver a hacer América productiva", para decirlo de otro modo. Desde luego, la telecracia, los lorocutores y quienes ejercen la prensatitución son libres de retratar este tiempo muerto como "toda una época", aunque no cree e incluso castigue la producción y la creación.