Hitler nunca ha dejado de fascinar. Cuando alguien es enemigo de Estados Unidos, es un Hitler en potencia. Y luego hay los otros: los que quieren ser como él y lo dicen abiertamente.
Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, ha decidido luchar en su país contra el flagelo del narcotráfico. Lo hace como cuando era alcalde de Davao, donde mandaba matar a los drogadictos, usando escuadrones de la muerte.
"En Filipinas viven 3 millones de drogadictos, declaró hace poco Duterte. Me encantaría asesinarlos, agregó. Si en Alemania tenían a Hitler, en Filipinas tenemos..." (Duterte se señaló a sí mismo en el acto público). Cuando ganó las elecciones en mayo pasado, Duterte pidió: "si conocen a algún drogadicto, mátenlo, ya que sería demasiado doloroso pedir que lo hagan sus padres". Desde julio pasado, la "guerra contra las drogas" de Duterte ha arrojado 3 mil 500 muertos.
El mismo presidente filipino trató de "hijo de puta" al mandatario estadounidense Barack Obama. Esta declaración del "nuevo Hitler" no provocó ningún escándalo. El mandatario filipino también llamó "homosexual" e "hijo de puta" (también) al embajador estadounidense en Filipinas. Decididamente, el nivel de debate es de una altura cada vez mayor, seguramente porque en la cúspide está Hitler, aunque en realidad ni Duterte -ni nadie más- sean "el próximo Hitler". Es una manera de tratar de "hacer época" cuando lo que hay es podredumbre total: puede que drogadictos, pero también narcotraficantes y presidentes como el filipino. Esto no hace una Historia.
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sábado, 1 de octubre de 2016
LA PEQUEÑA DELINCUENCIA
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