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sábado, 26 de diciembre de 2015

CON FINURA, COMISARIA A LAS VERDURAS SVETLANA ALEXIEVICH

Premio Nobel de Literatura 2015, es un poco fuerte, porque escritora, lo que se llama escritora no es. Sus testimonios, muy numerosos y sobre temas importantes (incluyendo Chernóbil y Afganistán) en la historia de la Unión Soviética, son en verdad un tesoro muy valioso. A condición de que Svetlana Alexievich no escriba una sola línea ni abra la boca. Cuando hace lo segundo, le sale lo filistea, con esa mala mirada de ojos de insecto "a la eslava" que parece saber lo que está haciendo, una cochinada: "filisteo" es aquél que es a la vez vulgar e ignorante y Alexievich, nacida en 1948, podría oler a kilómetros a la distancia al soviético de posguerra que, al igual que un occidental promedio, opina de todo sin estar informado de nada, y encima con aire de suficiencia. Si le dicen a la señora Alexievich que se informe un poco -se lo sugirieron en buen tono funcionarios bielorrusos y rusos-, se enoja, porque a ella no le interesa "la grande", sino "lo pequeño" e "insignificante". Esta Comisaria a las Verduras no ha entendido nada de la mirada de Chéjov sobre la "insignificancia" de las damitas provincianas rusas de los tiempos del zar -a la vez insensibles y tontas, como la misma Alexievich-. Reacciona a la inteligencia (no a la intelligentsia) con la misma repugnancia que otras damitas -de la corte moscovita- descritas no sin cierto pavor por Alexander Griboedov en La desgracia de tener demasiado ingenio. Como sea, los testimonios recogidos por Alexievich -que no esconden nada, ni el terror del año 1937 sobre todo, ni las deportaciones, ni las delaciones, etcétera- son valiosísimos. Demuestran exactamente lo contrario de los títulos que escoge la Comisaria a las Verduras con tal de venderlas con precio en la "etiqueta": La guerra no tiene rostro de mujer, pero la inmensa mayoría de los testimonios muestra la disposición de la mujer soviética para ir al frente, y El fin del homo sovieticus (traducción sesgada y que en francés es La fin de l'Homme rouge, "El fin del hombre rojo") muestra una adhesión generalizada al sovietismo.
       De paso por México en 2003 como "refugiada" (pudo haber conocido a Elena Poniatowska, quien lleva décadas omitiendo la verdad sobre el 2 de octubre de 1968 en México, algo injustificable cuando ya hay archivos abiertos), la Comisaria a las Verduras no tiene más que una solución: carente de educación, inculta como tanto soviético de posguerra, finalmente opta por tirar la ética por la borda, suponiendo que conozca aquella. En El fin del hombre rojo, hay un fragmento no firmado -y que no es testimonio- que dice que Stalin mató a tantos soviéticos como Hitler: si la segunda Guerra Mundial costó por lo bajo 20 millones de muertos (por lo alto, 27 millones) y si Stalin hizo lo mismo, suman por lo bajo 40 millones de muertos o por arriba 54 millones (de una buena vez), para un país que en 1941 tenía 168 millones de habitantes. Ahora bien, la Comisaria Alexievich a las Verduras comienza El fin del hombre rojo con la siguiente cita, de Friedrich Steppuhn: "en todo caso, no debemos olvidar que los que son responsables del triunfo del mal en el mundo no son los ejecutores ciegos, sino los espíritus clarividentes que sirven al bien". Ya entrados en gastos y faltos de toda ética: ¿Por qué no seguir en cuentas alegres? A los 168 millones de habitantes (sin contar territorios anexados) podemos restarle 54 millones de muertos. Quedan 114 millones de tarados que "creyeron" equivocadamente y que, en vez de vivir en el presupuesto -como la nomenklatura a partir de Jruschov- vivieron en el error..¿Cómo se puede ser tan bruto y/o necio?
       La Comisaria Alexievich a las Verduras, en su sentimentalismo a la rusa (que no forzosamente implica bondad), típica soviética de posguerra, no distingue entre Chéjov y "La vida sigue igual", de Julio Iglesias, mientras "le suene" a emoción. Si a esas vamos, Alberto Cortéz, cantando sus "Instrucciones para ser un pequeño burgués", hacía notar en éste un "cinismo al más alto nivel/ que suele dar sensación de solvencia". Deben ser los tiempos actuales, porque es lo que abunda. Este aire es lo poco que aporta Alexievich -quien en realidad no escribe casi nada- a sus testimonios. Ni hablar, agua y ajo (a aguantarse y a joderse), como con mucho del sovietismo. En cuanto al Nobel, se lo hubieran podido dar a Miss Colombia, si la humillación ante Miss Filipinas hubiera ocurrido antes: el resultado habría sido al menos más atractivo y con lloriqueos más sinceros. Un soviético, puesto a las cochinadas, puede ser más puerco que un occidental, lo que ya es bastante.