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sábado, 5 de diciembre de 2015

NICARAGUA: NEGOCIOS EN VEREMOS

Cualquiera que haya estudiado la historia de la construcción de las vías interoceánicas, como la de Panamá- estudio que requiere de un esfuerzo de algunas horas superior al que pueden hacer ciertos panameños en la Fundación Ciudad del Sabor, quienes ciertamente no harán historia del capitalismo en ningún lado, ni siquiera la de Punta Paitilla-, sabe que las decisiones de tal o cual trazado no son meramente técnicas: a finales del siglo XIX, justamente en Panamá, el francés Ferdinando de Lesseps se estrelló entre otras cosas contra un fenómeno de especulacion bursátil, que ocurría muy lejos del istmo.
     No es que algo así se vaya a repetir por fuerza en Nicaragua, pero tampoco es que el proyecto de canal nicaraguense sea pura cosa de técnica. El magnate de las telecomunicaciones chino, Wang Jing, metido a construir los 278 kilómetros de la vía del Caribe al Pacífico nicaraguenses, inauguró el proyecto en diciembre de 2014: en un acto en el que estuvo la cúpula del gobierno sandinista de Daniel Ortega (es el marido de Rosario Murillo), el empresario puso la primera piedra. El problema es que el asunto quedó ahí. La empresa HKND, dueña de una concesión de 100 años (medio siglo, prorrogable por 50 años) para hacer la vía interoceánica por Nicaragua, debía comenzar a trabajar poco después de colocada la primera piedra, a partir del primer trimestre de 2015. Sin embargo, sin dar demasiadas explicaciones, la tal empresa aplazó hasta finales de 2016 -un año más, dos en total- la excavación y la construcción de esclusas, por lo que hasta ahora no se ha pasado de la muy famosa primera piedra, si es que sigue ahí: miles de campesinos nicaraguenses que se verían afectados han protestado enérgicamente contra el gobierno de Managua.
     El Canal de Panamá, ampliación incluida, no entra demasiado en la dinámica del extractivismo porque, a diferencia de la soya, de los minerales o del petróleo en casi toda América Latina, la vía no está en manos de transnacionales, digamos tipo Monsanto, Shell u otras (pese a quienes han venido realizando la ampliación), sino en maños panameñas (cualquiera sea la forma en que se use el excedente), como pertenencia inalienable de la nación y a cargo de la Autoridad del Canal de Panamá, de tal forma que, salvo en ocurrencias de Claxon, no puede afirmarse que Panamá es un país "canalero" al mismo título que otros son "soyeros", "mineros" o "petroleros" (o digámoslo ya: !bananeros!), como si los Tratados Torrijos-Carter nunca hubieran existido ni dado lugar a un bien público, o como si importara más congraciarse con los compadritos de Claxon -y en otras tantas dedicatorias- que atender la patria. Por lo pronto, y pese a que China depreda menos que Estados Unidos (en todo caso, no llega con Gran Garrote), es Nicaragua la que está corriendo el riesgo del estrago "extractivista", sin que sea mucho más lo que se puede adelantar (salvo cierto peligro de otro descalabro de izquierda), más allá de la primera piedra y una divertida pedrada.