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jueves, 25 de agosto de 2016

CAROL MURILLO RUIZ, O DE AGUSTIN CUEVA COMO NEGOCIO

Al principio, se interesaba por el lado personal de la vida de mi padre. Ese lado que llamámos "el lado humano", como si hubiera otro. No le interesaba mucho la obra, salvo sobremanera "Entre la ira y la esperanza", título que seguramente, a Carol, le llamaba como a muchos la atención. Así me traía: entre la ira por las interminables vacilaciones y la intuición de la doblez -algo raro en una manabita- y la esperanza de que se resolviera de una buena vez a crear una antología digna de ese nombre y de ese hombre. Me la había mandado un pariente lejano, con mi mismo apellido, así que supuse que ella se estaba entrevistando con el heredero legítimo de la obra, al menos en términos de derechos de autor.
      Nos encontrábamos en cafés de la Ciudad de México, sin que se me quitara la impresión de que, bien "informada" sobre mí, me estaba jugando póker en la cara, tal vez por la avidez en sus ojos. Me propuso que yo hiciera una larga introducción, contando los años '70 en México, la ebullición intelectual, y al mismo tiempo, ese interesante "lado humano" que todo intelectual tiene, salvo yo, seguramente. Solo que, de café en café, y a medida que conseguía colaboradores o cómplices, como quiera que se nombren, la introducción que debía corresponderme se convertía ora en artículo, ora en prólogo, si es que no llegó a propuesta de prefacio o postfacio. No hubo tiempo de que me ofreciera un colofón.
      En éso, la costeña tuvo la noticia que esperaba, pues había sido donada a la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito, una biblioteca que seguramente contenía, además de la interesante colección de libros que yo conocía, algunas cosas personales de mi padre. Ese día, en la Rosario Castellanos, en la Condesa, la Castellanos tropical -o Condesa del trópico, como se quiera- tenía actitud de quien anda machete en mano y torso desnudo y no pidió ni un jugo de calcetín, que es como se conoce a veces al café americano. Tenía los nombres de los colaboradores de la antología y vería si incluía tal vez algo mío, ya me lo diría después. El muerto se había aparecido y parecía que algún favor le había hecho, porque ella se había decidido a desheredarme, entiéndase que a negarme cualquier relación con la herencia intelectual de mi propio padre. Lo noté desde que la conocí: Carol era, como se dice, "como de la familia", la clase de gente de la que solemos decir que tiene "un lado humano" mientras callamos sobre el otro.