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miércoles, 10 de agosto de 2016

FRANCIA, EL TRABAJO Y UN SUEÑO DEL CAPITAL

Mientras el gobierno francés busca flexibilizar el mercado laboral local, las quejas sobre las condiciones de trabajo que ya existen han ido en aumento. Como se dice, el resultado puede ser que "la mula sobrecargada se acabe desplomando".
      El asunto es: -precarizar el trabajo reduciendo o anulando derechos
           -aislar a los trabajadores entre sí, destruyendo los vínculos personales
           -intensificar el trabajo
Hace diez o veinte años no existía en Francia el agotamiento laboral. Ahora, además de existir, se debe a condiciones como las nuevas tecnologías y el llamado "despotismo administrativo", que permiten intensificar la carga con la creencia de que no hay límite alguno. Es el tipo de prácticas que quiere entronizar la ley El Khomri. No es el tipo de sufrimiento del japonés que trabaja más de lo que le piden, sino el problema del acoso no dicho como tal.
     Este acoso sucedió en la antigua France Telecom, hoy Orange, que para despedir personal recurrió al hostigamiento de tal manera que provocó 35 suicidios y 12 intentos, todo un récord. El presidente de France Telecom, Didier Lombard, fue finalmente imputado por acoso, en 2012.
      El sistema de gestión es tan aberrante que en vez de remediar el mal ha creado el Observatorio del Suicidio (tiene su página Web)  y el Observatorio del Estrés y las Movilidades Forzadas. Esto significa, salvo error de lógica, que un suicida es un empresario, puesto que al quitarse la vida crea puestos de empleo en el primer Observatorio (quienes hacen estadísticas, quienes muestrean, quienes analizan, quienes informan, quienes redactan recomendaciones, etcétera). El que pierde su trabajo y se mata, luego de haber sido acosado en la empresa (este acoso sucedió con miles de empleados de France Telecom), se puede ir de este mundo con la entera satisfacción de haber contribuido a la creación de puestos remunerados que "observen" y "gestionen" su último suspiro. Es el modelo estadounidense que, en realidad, muchos franceses toleran mal (prefieren trabajar a gestionar la desgracia del prójimo, con excepciones familiares), salvo que se dediquen a la pintura, la moda, la música, la física o la solidaridad con los poetas afganos,  el tipo de "ocupación" que adoran en Plaza de la República y que, en el último caso, forma parte de la gestión de la desgracia humana universal. Al menos se conserva cierto aire de superioridad, suficiencia y satisfacción metropolitana que ni el afgano ni el que se suicidó pueden presumir, así hayan sido los creadores de unos segmentos más -algo ociosos, pero no tan mal remunerados- de la "sociedad del conocimiento" o de la "economía de servicios".