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viernes, 26 de agosto de 2016

REY DE MIL CORONAS

                                               Habla Senador
                                               Miente a tu nación
                                               Engañando gente
                                               Ganaste un millón
                                               Pero de nada sirvió
                                               Pues tu corazón
                                               Falló al momento en que funcionó
                                               La única vez que que tu alma
                                               Quiso hablar la verdad
                                               Ya era muy tarde p'a conversar
                                               Rubén Blades, "Laura Farina"                            


¿Y tú, como me ves?, le pregunté...
-Alegre, de muchos colores, me contestó, ido por los efectos del tratamiento. La mano que antes escondía el as de la baraja ya no podía moverse como antes.


El rambler color verde agua estuvo a punto de patinar, pero todo quedó en un fuerte enfrenón.
    -Es que como la universidad tiene autonomía, había dicho, cualquier delincuente se refugia ahí.
    Fue el momento del volantazo y el enfrenón.
    -Sí, dijo con su habitual sarcasmo, pero con un gesto de malestar, en México los llaman "los amantes de lo ajeno".

La abuela le había mandado al nieto, que tiene el pabellón auricular derecho defectuoso y una disminución auditiva, una suma de miles de dólares -suficientes para algunos años de gran vida en buenos restaurantes y para compra de voluntades- destinados a la necesaria operación quirúrgica. Retuvo el monto en un banco ocultándolo a la madre y al nieto, aunque la esposa detectó el movimiento, por un estado de cuenta bancaria. El nieto se quedó con su defecto congénito, la abuela con la idea de que el dinero había sido retenido en algún eslabón del destino final -aquélla no tardaría en morir- y él, el más astuto, el eterno del as bajo la manga, se quedó con la suma ajena. Las huellas -madre, hijo, esposa- fueron borradas del libro. Era la pista, pero no despertó ninguna sospecha. Uno no repara en la fragilidad de nadie cuando la fama toca a la puerta, lista para ofrecer, pero también a llevarse su parte.
       Al poco tiempo, repitió, volvió a las andadas. Un divorcio favorable le permitió quedarse con un terreno de la ex esposa -miles de dólares más- y venderlo para hacerse de una casona al sur de la ciudad donde, vaya, cuántos desfilaron, cuántas voluntades fueron compradas y cuántos se compraron la historia que les vendieron, creyéndose los más felices compradores cuando, en realidad, estaban terminando de venderse, vaya efectos de óptica los del mercado.
      Volvió una tercera vez tras sus pasos, con otros miles de dólares, por la venta de la casa de su madre, y remató con un lujoso departamento -al final, con el monto en los bolsillos de otra amante- donde se repitió, con el juego de cuarenta y las "tertulias", el último premio y final soborno: ocurrió el desfile de las voluntades ofreciéndose a ser compradas, que es como el poder suele quererlas, y mucho.

     
       El rambler color verde agua se detuvo. Parecía que el frenazo podía atribuirse al semáforo que estaba pasando al rojo. El del volante y el testigo, casi el mudito, se quedaron en silencio, y al poco rato resultó más provechoso un cambio de conversación. Se había puesto la luz en verde, asunto olvidado.
   
        Según los científicos, que aún saben poco del asunto, transcurren siete años entre el acontecimiento clave y el desencadenamiento de la enfermedad. Algunos casos lo prueban, mi querido Carlos Enrique.