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jueves, 25 de agosto de 2016

IBA A LO QUE IBA

Pasamos a la cocina, se sirvió una buena dosis de whisky y me ofreció otro tanto a mi, que no lo aguanto. Iba a lo que iba.
      -¿A qué viniste?!Dílo de una vez!, me soltó en ese departamento de Quito la última amante del señor.
     No entendí la pregunta. Según yo, iba a lo que iba, a visitar a mi padre, entre otras sugerencias por la de Erika Hanekamp, porque él se estaba muriendo de una enfermedad terminal aunque, como se acostumbra en estos casos, uno prefería creer que tal vez el desenlace fatal no llegaría, o que en todo caso, demoraría. En realidad estaba cerca, mientras la tipa me había hecho la pregunta directa y con los ojos inyectados de sangre destilada. Ni siquiera supe qué contestar, salvo alguna vaguedad  sobre la piedad filial. Se tranquilizó y me invitó a pasar, ya estando en pijama y yo vestido, a otro teatro de operaciones favorito de los medios intelectuales, un rincón de la sala. Pobre corazón/entristecido/ ya no puedo más/ soportar, canta el sanjuanito que es su canción preferida. Lo entendía perfectamente sí, pobre corazón.
      Para mi sorpresa, no se sentó en algún sillón, sino al pie del mío, todo en silencio, hasta que pasado un rato sus manos comenzaron a moverse como pidiendo perdón de algo. Yo estaba conmovido casi hasta las lágrimas mientras, con el Pichincha enfrente, las manos pasaban de los tobillos a los muslos y a las ingles. Y la hierba se movía. Se movía. Se movía. En mi infinita tontería, creí que el dolor, el trauma estaban provocando una tremenda confusión, y que pensaba que yo era mi padre. Tal vez por éso iba a lo que iba. Tuve que hacer algunos movimientos extraños pero contradictorios para significarle que, como mínimo, no era el lugar ni el momento. A pocos metros estaba en estado caso agónico mi padre y no quería sumar lo obsceno a lo macabro. Entendió, y sus manos fueron bajando lenta aunque algo dubitativamente. Al poco rato me despedí. A mi no se me había olvidado, iba a lo que iba, pese a que me había quedado con la sangre erguida.
       Ni fuerzas tuve para ponerme la pijama. Eso sí, al recostarme noté para mi tranquilidad que bajo mi pantalón no quedaba ya ningún bulto. Ni siquiera el de la cartera, puesto que iba a lo que iba.