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domingo, 28 de agosto de 2016

MEDIOS DE COMUNICACION: LICUEFACCION DEL LENGUAJE

Quienes han estudiado los lenguajes llamados "totalitarios" consideran que se caracterizan por los mismos enredos que se encuentran hoy en los medios de comunicación, los occidentales a la cabeza.
      El primer asunto es que nunca está claro de qué objeto se habla. Se trata de esconderle la pelota al público haciéndole creer al mismo tiempo que está participando en el juego. Si alguien se hubiera tomado la molestia de escuchar en Youtube los discursos en las recientes convenciones demócrata y republicana estadounidenses, hubiera descubierto quién está más próximo del fascismo (y únicamente como "proximidad"). En realidad, nadie está debatiendo nada porque el debate se canceló desde antes de que comenzara: o estás "con el amor"o estás "lleno de odio", lo que es de paso una amenaza velada, puesto que el que "odia" seguramente es intolerante y no merece tolerancia. Pamba y ley del hielo. ¿Discutir qué dijeron en concreto sobre Estados Unidos -es el tema- los candidatos? No se hizo. El sentimiento por delante -tan poco objetivo como la gritonería del otro- sirvió para partidizar a la opinión. No es el rol de un analista. Quien quiera saber quién lució como estadista -hablando de los problemas de Estados Unidos- y quién como ricacho -de los problemas no se habla en público, cuando se hablan-, puede ver los videos.
       En los regímenes llamados "totalitarios", la costumbre es escribir para un interlocutor -el poder- haciendo creer que se está escribiendo para el público, lo que hacía, por ejemplo, que más de un libro soviético apabullara con citas insulsas y totalmente huecas del extinto líder Leonid Brezhnev en el tal o cual congreso del partido oficial. Los opinólogos occidentales dan la misma impresión al grado de no arriesgar nada, salvo excepciones: es preferible el guiño de ojo a la "corriente mayoritaria", por lo que se tilda a tal o cual de "fascista" para estar in y no out, no porque se quiera informar sobre qué es el fascismo o qué pudiera ser. Da incluso la impresión de que más de uno está interesado en verse a sí mismo tomándose la foto de antifacista, una selfie obscena ("fuera de escena") delante del público y hecha para el poder. Ni se diga los portales de izquierda: están convencidos de que se escribe -con pura retórica- para el círculo de amigos, no para informar, ni analizar. ¿El público? Quién sabe. La idea de pertenencia a un espacio público con obligaciones ha desaparecido casi por completo, lo que significa que no hay "cosa pública". "Se" escribe para la "cosa nostra" Y la izquierda también, o incluso a veces más que quienes se llaman "liberales".
       Tercer asunto, en los regímenes "totalitarios" el sujeto no se asume como tal (¿pero quién se ha creído Marcos Cueva?). Se escabulle desde el discurso oficial hasta la "corriente mayoritaria", pero no asume ninguna distancia porque intuye que se paga caro. La "cosa pública" merece que se la manosee para beneficio particular, pero no un pequeño sacrificio de vez en cuando. En suma: en vez de analizar, informar, investigar, etcétera, se escurren el bulto, el interlocutor y el sujeto.