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jueves, 14 de abril de 2016

AÑOS REVOLUCIONARIOS

Recuerdo que saliendo del cinematógrafo del Chopo, lo decidí firmemente: "yo me largo a la montaña", pensé después de ver Historias prohibidas de Pulgarcito, de Paul Leduc. Sentía bullir en mi un profundo odio de clase, en especial contra la pequeña burguesía. Incluso me puse algo chusco en la animadversión: "mi nombre de guerra será Furibundo Martí", pensé.Estuve algunos días imaginándome en las faldas del volcán Guazapa mientras fumaba lo suficiente, una cajetilla diaria de Marlboro, como para preguntarme hasta donde aguantarían mis estrechos pulmones las agresiones de los helicópteros del imperio. Me venció el cigarro, sobre todo que, a decir verdad, no conocía a nadie que pudiera introducirme de contrabando y como "guanaco hijo de puta" (mi madre se hubiera opuesto) y "eterno indocumentado" en El Salvador.
      Como sea, hice mis pininos revolucionarios, aunque en un ambiente algo extraño. Un buen día, un futuro Ministro de Deportes de Haití (creo que ha ocupado diversos cargos, desde Fomento al Basquetbol, Dirección de Ayuda al Voleibol, Secretaría del Fútbol, presidencia del Consejo Nacional de Natación y Servicios de Apoyo al Handbol), Daniel Pierre-Charles, hijo de un muy prestigiado antiimperialista, aguardó hasta que yo terminara de bajarle la chava, Adrianita, para sentarse al lado mío en un descuido de la fiesta y decirme sin agua va:
      -!Mi papá es más revolucionario que el tuyo!
    Algo balbuceé sobre los ingresos universitarios, a mi juicio más bajos en el caso de mi padre (lo que, creía yo, lo ponía al borde de la proletarización, al menos en comparación con el "burgués" Pierre-Charles de Olivar del Conde), pero ciertamente quedé cabizbajo. Tenía además a mi lado a un argumento que medía bastantes más centímetros que yo, así que no dije ni pío.
     Tuve la experiencia de la solidaridad con Guatemala, con un grupo de chapines entre los cuales había un escritor, autor de Itzam Na,  cuya lentitud mental y al hablar - mientras se rascaba de modo exasperante la barba siempre con el mismo dedo escogido ex profeso - me provocaba internamente curiosas preguntas: en efecto, mientras Arturo Arias se las ingeniaba para disolver la seriedad de cualquier charla con un "sí, sí, sí" de 77 revoluciones (me estoy refiriendo,al ritmo del habla, porque la revolución guatemalteca al parecer también podía esperar), yo me preguntaba si no era el mismo escritor quien necesitaba, y de urgencia, un Comité de Solidaridad que abogara por él y contribuyera a emanciparlo de las cadenas de la opresión mental que suelen sufrir los chapines. Su mujer, Pantxika Cazaux, otra consagrada (escribió Ojo de venado), no necesitaba en cambio irse al monte. Mataba a todos con la mirada fanática de sus ojos claros, cuyo fulgor impartía órdenes apenas disimuladamente marciales al pelotón de la fiesta, y daba a entender que  debía acostarse temprano -aunque fuera con su marido, algo mujeriego y por ende ocupado- porque al día siguiente tenía que asaltar otro banco a las nueve en punto. Siendo mi responsable política, Pantxika me acusó, luego de que yo le comentara las Lettres du front guatemaltéque en una sesión de "crítica y autocrítica":
      -!Lo que pasa es que son ustedes unos pequeño burgueses!
     No había modo de explicarle que en casa compensábamos la baja de ingresos, agravada por la partida de mi padre, con un poco de tardoestalinismo, consuelo de gente de escasos recursos recibidos de la docencia (Pantxika, en cambio, pasaba tardes enteras hablándome de Lech Walesa en plan casi yihadista), ni podía decírsele a esta responsable que un burgués, grande, mediano o pequeño, según lo quisiera ordenar, tiene medios de producción y explota fuerza de trabajo. Que yo fuera asalariado de Estado sin medios de producción ni nadie a quien explotar no impedía que en cada causa revolucionaria en la que me asomaba solidariamente se me acusara de enemigo potencial-mientras se ejercía alguna velada explotación, por llamar de algún modo al arte de aprovecharse del prójimo-, sin darme tiempo siquiera de traicionar la causa e incluso de enterarme de qué es lo que la causaba.
       Todo se derrumbó dentro de mi cuando, de paseo por Managua, tomé un canión (bus) y, llegando a Las Colinas, barrio residencial y diplomático donde una familia mexicana (hoy de prominentes empresarios sandinistas) me había hospedado en un pequeño cuarto, grité "bajan en el 9", que era como era conocido el reparto, y un muy jacarandoso compa chófer gritó desde el otro lado del transporte, de modo que todo el pueblo ahí zangoloteado lo oyera:
       -!Baja la burguesía en el 9!
Era el colmo: mi papá era menos revolucionario que el de mi compañero de colegio, una vasca descarriada había cruzado el Atlántico para abofetear "pequeño burgueses" y yo era uno de los que hacía que el viaje sobrevolando el charco hubiera valido la pena, y el proletariado nicaraguense había visto en mí y con verdadero júbilo residuos del viejo régimen, para decirlo de modo amable.
       Hoy, en la Ciudad de México, hay dos restaurantes que se llaman "La pequeña burguesía", y uno de ellos, hasta hace poco, se promocionaba así: "!donde siempre quisiste estar!". Yo sigo siendo asalariado del Estado, nada más. Cuando mi jefe en turno ya no era político sino quien armaba mis horarios de clase, percibí algo de lo que los psicoanalistas llaman "proyección". Para mi jefe de universidad, Gilberto Castañeda, líder de izquierda chapín que encontró el modo de hacer lo que seguramente muchos otros no pudieron, "colocarse" con las relaciones hechas en la causa, años de guerra civil, de masacres espantosas, de vidas queridas perdidas (todavía recuerdo la de un amigo de Bruno), habían sido, para él y a pesar del exilio, algo así como cruzar Abbey Road con los Beatles, "fue una época muy bonita", me dijo Gigi muy esquivo. !Donde sin duda muchos quisieron estar!