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sábado, 16 de abril de 2016

UNIVERSIDAD: DEL TEATRO A LA RENTA (y II)

Que lo practicaran altos funcionarios tal vez no fuera tan extraño. Es la costumbre. Pero es que hay en la universidad pública entidades cuya función parece ser la de asumir el gasto corriente de las familias de los investigadores. ¿Las secretarias, por ejemplo? -Por favor, veme a pagar la luz o habla por teléfono para verificar las tarjetas de crédito de mi hija.
      Es encantadora la actitud de muchos universitarios, sobre todo investigadores, durante el que alguna vez fue el mes de Lolita, la Dolores que nos recordaba el deber de pagar impuestos: la fila para los deducibles es tan larga como en el resto del año lo es para saquear a la universidad pidiendo desde insumos "básicos" (computadoras, horas de llamadas de teléfono para "relacionarse" y para que de paso se enteren todos los colegas de los cubículos circundantes, pedidos de comida, etcétera) hasta tales montos de viáticos que algunos lugares deberían anunciarse ya, ahora que todo es publicidad, como agencias de viajes, de investigación, ciertamente. Los viajes para eventos académicos suelen incluir encuentros con familiares -hijas, con frecuencia- que por alguna extraña casualidad están exactamente en el mismo lugar donde se celebra el magno coloquio o se ofrece la conferencia antes de recibir el Honoris Papi o el Honoris Mami. De este modo, el viaje al Primer Mundo para visitar a la familia -mediando un speech que debe promediar los 15 minutos en algún salón de bellos durmientes- corre a cuenta del Estado que, cómo no, se debe a sus conciencias más lúcidas y críticas. Si luego luego se les nota que están pensando en contribuir "a la sociedad a la que nos debemos y que mucho nos honra", basta con ver el parque vehicular de quienes se dedican a las más sesudas indagatorias. El asunto se ha agravado desde que, con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), nuestras Adelitas cambiaron a su Juan por x o y "Kevin" cuyo nombre, además, debe decirse como si quien lo dice se hubiera de plano atragantado de tanto estatus ("Keuvin") y se lo estuviera escupiendo en la cara al interlocutor, más si el pobre se quedó trabajando para el mercado nacional. Si consideramos que el Estado debe costear todo este gasto corriente, en honor a la "amplia trayectoria" de los investigadores, podemos inferir que la aspiración de muchos investigadores no es, de ninguna manera, la de ser asalariados de Estado: deducido todo lo dicho y mucho más de lo que se suma por recompensas -que no faltan- y cargos varios, cabe la posibilidad de dejar de fingir demencia y pensar que de lo que se trata es de que el salario sea en realidad una ganancia neta para la familia entera, con opción a convertirse en renta, lo que explica la práctica frecuente del agandalle sin contemplación, si hay beneficio de por medio, y esa otra de irse a vivir a los cerros que circundan la capital y firmar los libros así: "Acumulación de fuerzas patrióticas en el periodo de Lerdo" -página final: Santa María de Tepetongo de Rodríguez-Lerma, a tantos del mes tanto del año tanto.
       Hay excepciones que se creen en algún apostolado aunque esta universidad no es muy santa, pero muchos, además, sacan la misma renta dividiendo el trabajo por dos, de tal modo que el tiempo de trabajo por un mismo salario se reduce a la mitad, suponiendo que el expositor tenga idea de qué habla. Dos investigadores o profesores se ponen de acuerdo para dividirse una misma clase cuyo Objetivo General debería ser: "al final del curso, el alumno deberá ser capaz de distinguir por qué el segundo profesor dijo exactamente lo contrario del primero" Desde luego, el argumento es que la universidad es una cantera de jóvenes discapacitados -a los que al mismo tiempo se alaba de mil y un formas, como si en los centros de rehabilitación hubiera que aplaudir- que francamente no valen el esfuerzo. En cambio, como todos lo saben e incluso lo dicen sin mayor rubor, los colegas leen mucho, más de lo humanamente posible y hasta deshoras, no pierden tiempo en comidas ni cenas en casa de tal o colega del gremio, están al tanto de lo que enseñan, se actualizan, se informan y consideran que una clase es una actividad formativa (de preferencia "magistral"), no una tertulia con aprendices ni una sesión de animación tirándole a reality-show. Los "tesoros vivientes", dedicados a sumar recompensas y a relacionarse utilizando todo lo que cae en sus manos, desde eventos hasta direcciones y consejos de revistas, luego de haber convertido su salario en ganancia neta y en renta, terminan por creer que la Universidad los premia, a ellos y a su prole, sin que tengan que devolverle nada al Alma Mater, por lo que incluso se van a dobletear o, de ser posible, a alguna actividad externa (experto, asesor, observador, etcétera...) donde puedan seguir "sirviendo a la sociedad que para nosotros es un orgullo, un honor y un privilegio", Con la tarjeta de presentación de la universidad pública, le significan a la audiencia que está en deuda y, desde hace años, la universidad se debe, gracias a estas "plumas", a los reflectores y los micrófonos que se toman por "la sociedad". Cuando "aterrizan" en un salón de clases, las vedettes ya no van a enseñar, al menos no conocimiento, sino a brillar entre sus fans, embelesados de tanto timo.